Trébede   Artículos del mes.
   Abril de 2003

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Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura.

 
Prisionero en San Juan de Mozarrifar
Artículo Completo!!

Al acabar la guerra civil, era tal el número de presos del Ejército de la República que en Zaragoza (no contabilizamos los centenares de hombres y de mujeres recluidos en cárceles municipales, castillos y otros locales en toda la geografía, la media geografía aragonesa pues en la zona liberada desde el principio por los rebeldes ya se había hecho la correspondiente limpieza) tuvieron que habilitarse, además de la prisión provincial de Torrero y de la de mujeres de la calle de Predicadores, otros edificios como el convento de Casablanca, en la carretera de Castellón, y una fábrica de papel en el pueblo de San Juan de Mozarrifar. Según cálculos de Ramón Rufat (En las prisiones de España, México, 1966, págs. 94 y 95), el número de presos en la ciudad de Zaragoza podía elevarse fácilmente a unos 15.000, contando los que estaban hacinados en las cárceles mencionadas anteriormente y los que estarían recluidos en comisarías, cuarteles de la Guardia Civil y locales de la Falange.

Rafael Gimeno, nació en Aliaga (Teruel) en 1915. En la guerra civil fue a alistarse voluntario a Valencia en 1937, siendo encuadrado en el batallón Juan Marcos; en noviembre estaba metido ya en la vorágine de la toma de Teruel. Luego fue a Motril y a Madrid donde acabaría en las filas del «Campesino». Llegó a alcanzar el grado de capitán. Al acabar la contienda y una vez rotos todos los documentos y desaparecidas sus insignias, volvió a Aliaga. Allí fue apresado, acusado de destrucciones -inexistentes- de la iglesia y del saqueo de casas de derechistas. Probablemente gracias al interés del juez, que se trasladó al lugar de los hechos para comprobar las acusaciones, no fue fusilado inmediatamente, pero sí trasladado a la prisión de Torrero en Zaragoza donde, en medio de grandes penurias de espacio y alimentación, estuvo siete meses internado.

Al cabo de este tiempo, recuerda Rafael que fueron sacados unos 50 presos y trasladados a un convento de Casablanca. «Y allí había ya una cincuentena de chavales que los llevaban los fascistas a estudiar porque era de ellos, claro; y había una carpintería y pidieron si había algún carpintero entre los presos, y salió uno, Custodio Aznar. La carpintería estaba en la misma cocina y, claro, pues ese ya se puso también a repartir rancho...» La circunstancia de tener a un amigo repartiendo comida le vino bien a Rafael, pese a los impedimentos: un guardia, a latigazos, impedía que los presos volviesen la cabeza para mirar el plato de sus compañeros, pero Rafael estableció una consigna con Custodio: una tos al llegar, avisaba al carpintero trasmutado en cocinero de que Rafael estaba allí y entonces aquél metía el cazo más profundamente, sacando más comida.

También en Casablanca montaron una especie de empresa artesanal haciendo petacas de papel, estuches y anillos con monedas de dos pesetas a escondidas hasta que fueron descubiertos por un guardia nuevo, que era de Villastar (Teruel) y que, en vez de castigarlos, les pidió que le hicieran un estuche para su novia, metiéndoles en el salón para que no pasaran frío y asimilándolos a los del servicio de la limpieza, que cogían el rancho los primeros, lo que le permitía a Rafael volver a reengancharse con otro cazo. Por este procedimiento, Rafael sobrevivió bastante bien e, incluso -comenta con ironía-le permitió engordar.

Una fábrica de yute

Pero poco duró esta situación de relativa tranquilidad. Cuando llevaban siete meses en Casablanca, los volvieron a llamar llevándolos a San Juan de Mozarrifar. Rafael no se acuerda bien del edificio, recordaba que posiblemen- te fuera una fábrica de yute o de papel, y que pasaba un canal cerca. En San Juan, los amigos formaron una agrupación, una caja de resistencia clandestina que consistía en que el que recibía cinco duros de giro, tenía que poner uno en la caja para acudir en ayuda de quien estuviera necesitado en un momento determinado. En el caso de Rafael le vino muy bien la caja de resistencia pues cayó enfermo con pulmonía y estuvo al borde de la muerte, pero sus compañeros lo cuidaron dándole leche y propiciando su recuperación.

De ambos campos recuerda sendas anécdotas que, curiosamente, tienen que ver con el clero. En Casablanca, todos los domingos salía el cura al balcón, los presos formados, y les largaba un sermón. «Ya cada día, pues le tiraba a lo suyo: un día les tiraba que si a los santos, que si a éstos, que si a lo otro... Y un día dice: Pues hoy vamos a tocar otro tema. Os voy a hacer dos comparaciones que son dos realidades. Mirad, hay dos clases de robos y dos clases de crímenes. Si una modista que no tiene más que una aguja, que tiene que comer con ella, se tiene que dar la vida con esa aguja, se la roban, dice, eso es un pecado gravísimo, un pecado muy gordo porque le han quitado todo lo que tenía. Sin embargo, le roban a un millonario cien pesetas, dice, eso no es pecado, es un pecado leve porque tiene muchas. Nosotros decíamos: Pues es verdad. Dice: Pues lo mismo pasa con la muerte. El matar a un ministro de Dios, eso es un pecado gravísimo, eso es de lo más malo que hay porque estamos muy pocos. Sin embargo, el matar a un obrero, eso no es pecado, porque hay muchísimos, muchísimos obreros. Y decíamos: Cabrón, hijo puta, maricón, pero venía el látigo por detrás, sabes. Me acordaré toda mi vida de ése, ¡oh!, qué maricón».

La anécdota del campo de San Juan de Mozarrifar tiene que ver también con un sermón: «Pues llegó el día de la comunión pascual, que es la fiesta de los presos y hay que pasar a, huy, huy, huy... nos hacían pasar, vamos, a confesar y luego a tomar la comunión. Pero del pueblo nada más nos negamos dos, un cuñado del tío Custodio y yo, yo dije que no pasaba por ahí, que no paso. Los del pueblo, los demás han pasado por miedo y hostias, y digo yo: Mecagüen Dios, si nos han de sacar, ya nos sacarán, ya, si no, aquí estaremos. Y conque nada, por la tarde allí a confesar todos, allí en el patio; allí se ponía un cura, en el otro rincón, y ya otro, otro cura, ¡hala!, los confesaban y al otro día a tomar la comunión. Llegó a la misa y ¡hala!, que pasen los que han confesado a tomar la comunión.

Y pasarían, si estábamos, cuántos estaríamos, mil quinientos o dos mil estaríamos lo menos allí, pasarían pues una cincuentena. ¡Ah, rediós!, se pone el tío a predicar arriba el cura, allí nos trató de todo que quiso, de todo lo que le dio la gana: que no nos iba a dar la libertad, que allí nos íbamos a pudrir, que éramos malísimos, no sé cuántos, a todos los que no pasamos. Luego, al poco ya que acaba su sermón dice: Bueno, a ver cuántos han redimido en este momento; a ver, que vuelvan a pasar. Ya pasaron quince o veinte. ¡Ah, rediós!, entonces sí que se le despertó la boca, dice: Esos, estos que han pasado ahora, estos son los más malos que se puede conocer; con esos que se han quedado ahí y que han dicho que no pasan y no pasan, y no pasan, con esos iría yo al fin del mundo a ganar cualquier guerra, esos son hombres. Pero estos son unos falsos y por eso habéis perdido la guerra...».

Rafael recobró la libertad al cabo de estos siete meses. Tuvo más suerte que otros miles de reclusos a los que el franquismo no perdonó su lealtad a la República.

Herminio Lafoz. Historiador

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