El Gobierno de Aragón tiene constancia de la presencia de un siluro en las aguas del Ebro en Alagón, a más de 150 kilómetros del asentamiento más cercano, y de la aparición de pirañas en los embalses de Mequinenza y Ribarroja y en áreas de baño próximas, según explicó a El Periódico de Aragón el jefe del Servicio de Biodiversidad de la consejería de Medio Ambiente, Manuel Alcántara.
La introducción de especies ha hecho que más del 60% de la fauna de los ríos aragoneses tenga un origen foráneo y haya acabado colonizando los cauces y desplazando a las colonias autóctonas. El desequilibrio no es peor que el que se da en Doñana (área española de mayor riqueza piscícola). Una de las causas principales es la importanción de nuevas razas para la pesca. El black bass llegó así y hoy es uno de los peces más extendidos. Tampoco la trucha arco iris es autóctona.
Por otro lado, la brema blanca, un pez de origen centroeuropeo similar al carpín y considerado como la última incorporación a la fauna aragonesa, fue detectado por primera vez al vaciar Barasona hace una década. Alcántara considera que, al tratarse de un ejemplar adulto, no sería el único del pantano.
Tanto el caso de las pirañas del Bajo Ebro, como en el del siluro de Alagón, señaló, se trata de traslados intencionados que pueden acabar provocando desequilibrios ambientales e incluso "problemas de salud pública cuando se asienten y crean colonias". En ninguno de los dos casos existen poblaciones asentadas sino apariciones esporádicas.
Difícil aclimatación
De hecho, el siluro encontraría dificultades para aclimatarse al tramo medio del Ebro por su estacionalidad y poco calado. Sus únicas colonias estables se hallan en los pantanos de Mequinenza y Ribarroja, a donde llegó en 1974. Este pez sin escamas, que puede llegar a pesar cien kilos, medir 2,5 metros y vivir 30 años, habita en aguas tranquilas y profundas, donde convive con el lucioperca, y se alimenta de peces, anfibios, roedores e invertebrados acuáticos.
También es difícil la aclimatación de la piraña o pez con dientes , un pariente lejano de la carpa procedente de ríos y lagunas latinoamericanas de aguas más cálidas que la cuenca del Ebro. Se alimenta de insectos y peces, e incluso comerse cualquier animal. Se excita con la agitación de las aguas y el olor a sangre.
Por el contrario, otras dos especies foráneas sí se han asentado con fuerza en la cuenca. Una es el cangrejo americano, animal con altísima tasa de dispersión que ha arrinconado a las poblaciones autóctonas hasta prácticamente hacerlas desaparecer en los tramos bajos de los ríos. Está considerado gran depredador carnívoro, aunque también se alimenta de hierba y detritus, lo que dispara su presencia en el agua.
La otra es el mejillón cebra, un molusco muy agresivo e invasivo que fue detectado en el curso bajo del Ebro en el 2001. Hoy ha colonizado el río desde su desembocadura hasta el embalse de Mequinenza. Su altísima capacidad de dispersión y adaptabilidad a cualquier terreno fluvial disparan sus efectos desequilibradores de los ecosistemas. El principal, que al alimentarse de fitoplancton incrementa la presencia de materia orgánica en el agua. Viaja en las patas de las aves y los cascos de las barcas.
Penas con hasta dos años de cárcel
El Código Penal castiga con hasta dos años de cárcel la introducción o liberación de "especies de flora y fauna no autóctona de modo que perjudique el equilibrio biológico". La pena de prisión puede verse sustituida por una multa que puede superar los 215.000 euros para el infractor. El Código también prevé agravar las penas cuando la liberación de animales alóctonos dificulte la reproducción o migración de especies amenazadas. En ese caso, el culpable del desequilibrio ambiental será castigado, además de con la prisión o la multa, con una "inhabilitación especial para el ejercicio del derecho de cazar o pescar por tiempo de dos a cuatro años".