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la habana
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sAntiaGo |
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Abandonar La
Habana de noche, cercados por la penumbra que reina en ella y por la
restricción de gasolina, es como andar pidiéndole a Ogún
que no nos deje ir. Pero nos vamos, atravesando la isla hasta Santiago
de Cuba, la perlita negra, asomada tímida y precavida al mar
tras el viejo puerto, tras la verde bahía, a los pies de Sierra
Maestra, bajo el sol omnipresente. La ciudad colonial se trazó
a base de subir y bajar calles empinadas, como en huida inútil
de ataques de corsarios, de embates de huracanes y terremotos.
Castigada y renacida, Santiago de Cuba tiene cierto aire aventurero y
novelesco, opuesto a la señorial y sofisticada Habana. Santiago
es ciudad populosa y pícara, pero acogedora y entregada al
visitante. Una calidez desbordada nos empequeñece: la
amabilidad y alegría de sus gentes es menos sutil que en La
Habana, más franca; el tórrido calor acecha durante
buena parte del día y acaba por dejar varado junto a una
cerveza al ingenuo turista rompecalles. |
La vida aquí
construye citas más pequeñas. Y lo hace con letras de
canciones, de las que los santiagueros conocen centenares y que se
dedican unos a otros en cualquier ocasión propicia. Una de las
más especiales son las "noches santiagueras", que se
celebran un sábado de cada mes, y durante las cuales la ciudad
es inundada por un inúmero gentío y música y
bailes y cerveza y ron hasta el amanecer. Recurrente carnaval que
motiva, claro está, al olvido periódico. Es un clamoroso
espectáculo, una renovación saturnal oficiada al ritmo
ascendente de la marea que persiguen los bongós, las claves,
las guitarras... y que estalla con propio resplandor, sobreponiéndose
a las débiles luces urbanas. En Cuba la noche es noche, por lo
menos en estos tiempos de limitación económica. |
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Pero en Cuba
el sol nace en Santiago. Se detiene sobre el Morro largo rato y se
cuela por las ventanas, por los parques, por los cerebros, bendición
de vida, tiempo sin fisuras, que los habitantes de la ciudad suelen
convertir en inacabable conversación sobre todo lo divino y
humano, - en Cuba el artificio de la dialéctica es de índole
genético, no hay duda- , en larga partida de cartas, en
inteligentísimo paladeo del ron sacrosanto, en intenso disfrute
de la amistad y del conocimiento de la gente que hallan en su camino.
Durante el día se diría que todo el mundo anda en las
calles, en las tiendas pulcras de contados artículos, ganándose
la vida de allá para aquí, yendo y viniendo los niños
a colegios e institutos en colorida procesión. Al atardecer sin
embargo, Santiago va recogiéndose lentamente y, lugar de
provincias al fin, de pronto la actividad se concentra en torno a los
hoteles, el Parque Céspedes, la Casa de La Trova, los locales
de baile, poco más; el resto se aquieta.
¿Cómo
irse sin proponerse al momento volver? Ya sé que casi todo el
mundo lo dice. Será, es, por algo. No lo duden quienes aún
no hayan tenido la fortuna de acercarse a la sabiduría mágica
de las gentes de Cuba, estos niños grandes a los que la vida ha
enseñado duramente. No se olviden quienes no hayan todavía
disfrutado del intenso verde y el dramático rojo de la vegetación,
quienes no hayan hollado sus habitadas y variopintas carreteras donde
todo, todo, todo es posible, de sus ciudades abiertas siempre al
trasiego de tiempos sin tiempo. Hagánme caso, no se mueran sin
asomarse a la bahía de Santiago poco después de amanecer
y al Malecón cuando atardece. Así se resume la creación. |
Copyright
textos. Luisa Miñana |
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