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Desde el mismo momento en que se dignó
poner un pie en este mundo, Venancio Cienfuegos, a quien todos
conocían un poco en broma y otro poco de pitorreo por el "apagao",
supo por voz de la comadrona que atendió a su madre en el
parto que le esperaba una muerte trágica, que cuando el
tambor sordo de su corazón redoblara en su pecho el último
latido, la sangre se le desparramaría por el suelo al igual
que a un cerdo en el día de su San Martiño
(*). Pero lo que Venancio Cienfuegos nunca
supo, lo que nunca llegó a presentir y ni siquiera pudo
imaginar era que la iba a cagar.
Los indicios que hacían presagiar tan
drástico y dramático final eran inequívocos.
Todos los adivinos y brujos del lugar lo confirmarían con
el tiempo, e incluso las echadoras de cartas ocultarían el
resultado de sus adivinaciones tras un rictus de tragedia para no
herir su sensibilidad: Había nacido con el cordón
umbilical enroscado al cuello, casi a punto de reventar de
asfixia, con las venas de las sienes hinchadas y la cara más
morada que el hábito de un nazareno. Y aunque años más
tarde, en las tertulias de taberna con los amigos, se lo tomase a
broma y explicase que aquel incidente era una primera actitud de
reivindicación ecologista, una huelga de aire en protesta
por la polución, sabía que esa forma de nacer no le
conduciría a nada bueno y como señalaban los
augurios, inexorablemente, su sangre se derramaría en el
punto y final.
Pero a Venancio Cienfuegos, en realidad, no
le importaba lo que le pudiera deparar el destino. Vivía
aterradoramente encadenado a su presente inmediato. El tiempo era
un espejo en el que sólo se reflejaba el paso de los
fantasmas, una latitud transparente en el devenir secuencial del
universo, un silogismo del que nunca se podría deducir la
certeza de que iba a continuar existiendo durante los minutos
siguientes. Incluso cuando despertaba de un sueño tenía
ciertas dudas a cerca de si lo real eran las escenas vividas en
los brazos de Morfeo y sus treinta y ocho años una
pesadilla o viceversa. Opinaba que no merecía la pena
malgastar ni un mal pensamiento en las cuestiones del futuro
porque para él lo importante era el presente, el presente
continuo, ese presente indefinido que solamente se acaba con la
muerte.
Así, solía afirmar ante sus
amigos que después de la muerte no hay nada:
-¡Te conviertes en un cagao!-
Y, cuando alguien insistía para que
fuera más explícito, comparaba la vida de todas las
personas con las aventuras y desventuras de un osado e intrépido
flato. Decía que la vida de los humanos y de casi todos los
seres vivientes es como una burbuja de aire que aprovecha el mínimo
descuido para colarse en la boca, ya sea al comer o al respirar, o
incluso oculto en el espeso camuflaje que proporciona el interior
de un garbanzo del cocido. Una burbuja que después de
realizar un largo viaje por el cuerpo, de resbalar por las más
acentuadas pendientes y perderse en mil revoltosos remolinos sale
al exterior para fundirse con la nada, lo que equivale a ganar el
cielo en el lenguaje de los cristianos.
El paladar es la primera etapa, la estación
de partida donde se saca el billete y se inicia la trepidante
tournée. De ahí las fuerzas del destino proyectan al
viajero por el tobogán de la infancia y de la adolescencia
hasta el estómago, donde los jugos gástricos le
pegan un buen repaso, a modo de centrifugadora en programa
intensivo, y lo someten a una o múltiples pruebas de fuego.
Esa es la etapa en que al ser humano le entra la depresión
y los demás en lugar de echarle un cabo le amargan la vida,
lo torturan o le dan por el saco sin contemplaciones, sin
necesidad de que se baje los pantalones.
(*)San Martiño:
Día en que se mata el cerdo. |