PAN DE ORO El hijo del imaginero María de Heredia durmió mal la noche anterior a mi nacimiento, y ese día madrugó más de lo acostumbrado. Despertó a las criadas e hizo que le trasladaran su amplio y solitario lecho de viuda reciente desde la cámara a la sala, abierta al sur a través de un par de magníficos balcones. Mi padre había muerto apenas hacía dos meses. Así que fui hijo póstumo. Seguramente aquel trance tan extremo para mi madre provocó mi nacimiento prematuro. Llegué a este mundo un siete de junio de mil quinientos cuarenta y siete en la calle San Pablo de Zaragoza, cuando las campanas de la iglesia del barrio acababan de anunciar la hora tercia con su timbre mudéjar. Segura de que yo iba a nacer, mi madre había ordenado retirar los cortinajes de los balcones y la luz recién amanecida del inminente verano alcanzó la estancia, donde bailaron doradas como pececillos las motas de polvo que surgían de los rincones en sombra. Hacía algo de calor y abrieron. El bullicio y el trajín del mercado, no muy lejano a mi casa, llegaban con nitidez, mezclando los gritos de reclamo de los vendedores clavados tras sus bancadas con el ir y venir de las gentes, que de trecho en trecho forman corrillos y mentideros. De la arqueta donde guardaba las mudas mi madre sacó su camisa más querida, que ella misma había confeccionado a la morisca y bordado con tiras carmesíes, y se la vistió. Esa arqueta se la hizo mi padre, que fue escultor y mazonero y algo pintor, y está toda adornada de preciosa marquetería a la italiana, en la que pequeños cupidos muy serios bailan con delfines como flores de acanto, entre diversas panoplias triunfales y jarrones con lirios. Mi padre era italiano. María de Heredia, la viuda de Pedro Milano, se subió a su lecho y mandó luego a una de las mancebas en busca de su comadre, Agustina López, y de la partera, y aguantó los primeros dolores en su cama acuclillada mientras la iba buscando el sol, sujeta con fuerza a un retrato de mi padre, que había pintado un colega llamado Martín García unos años antes. Juraba impropiamente e increpaba la imagen de mi difunto padre de manera tan ofensiva, que las vecinas que iban llegando a la casa pensaban que el parto estaba haciendo entrar en ella la locura o alguna extraña forma de posesión maligna. Mi madrina Agustina López me dijo al cabo de los años que a mi madre le atravesó en este lance una ausencia tan profunda, sintió en sus adentros un abismo de tal hondura, que mientras duraron los dolores y el parto ni gritó ni suplicó ningún alivio, tan sólo profería terribles reproches contra quien la había abandonado con un hijo a medio camino de este mundo y otros cuatro más sobrevivientes del primer matrimonio del difunto, mis hermanos Pedro, Juan, Ana y María, todos por entonces aún menores de edad. Según me contó mi madre, mi padre y su anterior mujer tuvieron otros dos hijos más, ya muertos antes de que naciera yo. Mi madre era todavía joven cuando me parió. Había cumplido veinticinco años un mes antes. Mi padre falleció pasados los sesenta. Entre ellos mediaban pues tantos años que se hacía difícil contarlos. Por eso cuando se casaron, los chicos de la calle y muchos más venidos de otros barrios hicieron sonar los cencerros durante horas, hasta que mi padre harto ya les lanzó un montón de monedas para que les dejaran en paz. Es la costumbre. No sé si se amaron. Mi madre me dijo que fueron felices los casi dos años que vivió mi padre después de la boda. Aunque, ya digo, si la hubiera podido entender cuando llegué a este mundo no parece que hubiera sido posible creerla, entonces. Toda la vida, aún después de casarme a mi vez, he continuado viviendo en la casa familiar de la calle San Pablo, donde durante mucho tiempo casi todo siguió igual que el día de mi nacimiento, exceptuada la presencia de mi padrastro y de mis dos nuevos hermanos, con los que tuve gran afinidad, aunque nunca consiguieron paliar mi condición sentimental de huérfano, ya que civilmente no lo fui en efecto desde el nuevo casamiento de mi madre. Mi padrastro, que se hizo cargo con mucha voluntad de mí y de los otros hijos de mi padre y del que he heredado el oficio de comerciante, quiso instalar su almacén en los bajos de la casa, que ocupaba el taller de escultura de mi padre. Mi madre se negó. Y allí siguió la habitación, varada, lugar privilegiado de juegos para mis hermanos y para mí. Tampoco consiguió mi padrastro que nos mudáramos de casa, por lo que él tuvo que buscar otro alojamiento donde ejercer sus tratos con trigo, aceite y vino, ya al lado de la ciudad vieja, frente al mercado y a la puerta de Toledo, en la esquina de la calle de la Sal. Como a veces andaba fuera de Zaragoza durante días, yo aprovechaba sus viajes para pensar que él también había muerto, como mi verdadero padre. Nunca se lo conté a mi madre, aunque yo creo que me hubiera entendido. He tenido siempre remordimientos, porque la invención infantil se hizo realidad pocos años después, justamente cuando mi padrastro acababa de iniciarme en el negocio familiar, del que tuve que ocuparme enteramente antes de lo previsto y muy a mi pesar, pues desde pequeño lo que me gustaba era trastear con las gubias, los cinceles y los pedazos de madera que conservábamos en lo que fue el obrador de mi padre. A María de Heredía se le ponían los pelos de punta. Tenía la convicción de que tanta estatua y tanto retablo tallados por su primer marido no le habían servido a éste sino para vivir en un continuado desasosiego que de ninguna manera quería para ninguno de sus hijos. Y aunque yo me pasaba las horas muertas mal despellejando tocones, mi madre se negó rotundamente a confiarme a ningún maestro imaginero que me enseñara decentemente el oficio. Mas bien apremió y acosó a mi padrastro para que mejor antes que tarde me llevara a sus negocios y a alguna de sus salidas fuera de la ciudad: se trataba de que le cogiera afición a esto del comercio. He de admitir que al final la adquirí, aunque para entonces mi mentor ya había fallecido. La necesidad no fue ajena a este resultado tan deseado por mi madre. Debo añadir que a ésta no le faltaban razones para sentir aversión por la profesión artística. Mi padre se había ido de este mundo mal encarado con más de la mitad de la humanidad, la cual nunca supo reconocer sus verdaderos anhelos y le obligó obra tras obra, encargo tras encargo, a repetir fórmulas y formas, y rostros y gestos que llegó a aborrecer. La enfermedad que le sepultó era, según los doctores, de carácter nervioso, y según mi madre su trabajo y sus continuados berrinches y frustraciones debieron tener mucho que ver en que se le declarara el mal y en que lo hiciera con tal gravedad que terminó matándolo. No acabaron aquí las desgracias. Si mi madre impidió que yo entrara como aprendiz de imaginero, mi padre, un año antes de morir, había dispuesto todo lo contrario para mi hermano Juan, encomendándolo a su compadre y padrino del muchacho, Tomás de Berasátegui, también maestro de retablos y de imágenes, además de marido de mi madrina Agustina López. Mi hermano en verdad fue un magnífico escultor, tempranamente reconocido tanto por sus colegas como por quienes pagaban su trabajo, y no le faltaron encargos importantes enseguida. Parecía que él iba a enderezar en alguna forma la suerte de mi padre, porque manteniendo la pureza de estilo y apegado al espíritu clásico conseguía el aprecio y los elogios que aquel no logró nunca, sino cuando renunció a ello y se entregó a expresiones más extrovertidas y tortuosas, tan apreciadas por la piedad sentimental de la sociedad al uso. Tal y como suele decirse, en el fondo nunca se sabe cómo acertar. Sin embargo, Juan murió también, con tan sólo veintitrés años, de una repentina y fulminante infección que se lo llevó en días. La sala baja de nuestra casa, el taller de mi padre, que mi madre se había empeñado en resguardar por respeto y porque además era la herencia de mi hermano, y donde éste se había instalado consiguiendo revivirla, fue entonces verdaderamente clausurada. Nadie pudo volver a entrar en esta habitación hasta después de la muerte de mi madre. Quiero aclarar que ella no lo sabía pero en su corazón era tanta la animosidad como la admiración hacia el arte de la escultura y la mazonería. Sus sentimientos mezclaban actitudes de reverencia y distancia, típicamente propias de alguien que no terminaba de entender ni las razones ni los mecanismos de las artes. En cualquier caso todo era para ella un poco mágico, porque las imágenes parecían surgir desde otras dimensiones, oscuras y divinas, manejadas con habilidad por las manos de su marido, de las que se desprendían luego para tener como un aliento propio que no dejaba de asustarla. Yo creo que en el caso de María de Heredia habría que hablar de una emoción intensa e incontrolada, algo así como el convencimiento de que al casarse con mi padre se había situado bajo la influencia de una maldición de la que luchaba por escapar con todas sus fuerzas. Y desde luego no iba a consentir que yo también me adentrara en esas medias luces por nada del mundo. A mi entender, estaba rotundamente equivocada: yo podía haber sido un amable y feliz artesano constructor de retablos en esta ciudad, tan parecida a las de Italia según dicen los viajeros que la frecuentan, aunque no sea verdad, y con los que me entretengo muchas veces hablando en mi almacén o junto al atrio de la iglesia de Santiago, lugar de reuniones frecuentes y a menudo agitadas, porque es tradición que hasta aquí venga a congraciarse la gente desunida. O sea que tal como manejo trigo o aceite, y voy y vengo, y me considero un ser afortunado, igual pudiera haber seguido mi primera y natural inclinación al trabajo de la madera y el barro y la piedra sin haberme considerado jamás maldito ni un desarraigado, sino que hubiera así también vivido conforme y satisfecho, de la misma manera que tantos otros dedicados aquí a la imaginería o a la pintura, que cumplen con su trabajo con más o menos perfección según sus méritos y cualidades. Mi madre pensaba que el aire de la desgracia llegaba desde fuera. Pero no es eso. Mi padre hubiera sido infeliz en cualquier circunstancia, y mi hermano hubiese muerto en todo caso. Por no hablar del azar, al que yo, debido a los avatares de mi profesión, bien conozco y le guardo considerado temor. Pietro Milano no proyectó en su juventud terminar sus días en Zaragoza. Ni siquiera se llamaba Milano. Se le conoció con ese apodo en esta ciudad como una manera de individualizarle por su origen y procedencia. Es una costumbre muy implantada. Milano se convirtió finalmente en mi apellido y es el de mis tres hijos y así será hasta que nuestra estirpe se extinga, sin que jamás haya yo sabido el verdadero nombre de mi familia, que ya dejó de serlo, por no ser dicho . Otra muestra más del respeto debido al azar, capacitado para delinear vidas o apagarlas. Sé que mi padre llegó a Milán desde la pequeña y cercana villa de Lodi, donde había nacido, y sé también que por entonces tenía entre quince y dieciocho años. Algunos colegas de profesión que en Zaragoza le trataron mucho y alcanzaron luego a tratarme a mí, y especialmente su compadre Berasátegui, me contaron que él siempre habló con gran admiración del fresco que en este tiempo el renombradísimo pintor Leonardo da Vinci llevaba a cabo en la iglesia de Santa María de la Gracia, representando una santa cena que Pietro Milano no olvidaría nunca. De hecho fue a Milán en compañía del que era su maestro en Lodi, en una botiga de piedrapiqueros, el arquitecto Giovanni Battagio, para ver a Leonardo pintar, porque la fama de la cena llegaba ya a muchos lugares, no sólo por su hermosura, sino también porque se decía que en alguna cosa esa obra estaba signada malamente. Animado por la gran actividad social y artística que se respiraba, mi padre se quedó en Milán decidido a salir adelante en esta ciudad que entonces tenía todavía confianza en sí misma, aunque por poco tiempo, si bien eso él no podía saberlo. He oído que los primeros años del siglo hubo gran incertidumbre en la región del Milanesado y en Italia en general. Nada que ver con la época anterior, cuando grandes artistas como el mismo Leonardo, o el gentil arquitecto Bramante, a las órdenes de quien anduvo mi padre un breve tiempo participando en las obras de la ornamentación del coro de Santa María de la Gracia, trabajaron en Milán al amparo del gobierno y las iniciativas del señor Ludovico el Moro. Pero a mi padre le tocaron los años malos, e ingresó en las responsabilidades y aspiraciones de la vida adulta en medio de continuas guerras, de las que nada sabía. Feo asunto. La juventud pide puertas al futuro, y la guerra las atranca de golpe. Aunque no todas. Porque precisamente las contiendas que nos llevábamos españoles y franceses en Italia por aquellos tiempos tuvieron en Milán escenario principal y excusa aparente, por ser la región paso medianero entre el resto de Italia y Europa, y en alguna manera fueron la causa de que finalmente mi padre terminara estableciéndose en Zaragoza. Él quería por encima de todo trabajar y prosperar, tener su taller y su gente, contratar sus propios encargos, esculpir su pedazo de vida. Pero ya pronto fue consciente de todas las dificultades con que tropezaba. Italia era un volcán. En Milán tornaron los tiempos, que ya no estaban para muchas alegrías ni muchos dispendios artísticos. Y en otros lugares de Italia la competencia era difícil de superar, por no hablar de Roma, meta de casi todo el mundo y donde había tantos genios y tantos casi genios intentando entrar al servicio del Papa o de la nobleza que era impensable para alguien como mi padre marchar allí a abrirse hueco. Entonces llegó la oportunidad de venir a Aragón. Lo explicaré. Juan de Lacasa era un curioso personaje dedicado con sagaz ahínco al comercio, cuyas actividades y viajes por distintos países eran aprovechados en no pocas ocasiones para desempeñar alguna que otra misión no demasiado confesable en el mundo de la intriga política. Su fácil disponibilidad sería recompensada, después de que Carlos I jurara los fueros para ser rey de Aragón, con su pertenencia al consejo real. A Milán llegó aquella vez con el encargo de contactar con los principales nobles locales opuestos al dominio de los franceses, que se habían vuelto a hacer con la región hacía poco tiempo, y alentar una posible revuelta que apoyarían a continuación fuerzas españolas y del papado. La tentativa no llegó a nada de momento, pero determinó el resto de la vida de mi padre, ajeno por supuesto a todas esas maquinaciones aunque enredado circunstancialmente en ellas. Micer Juan de Lacasa tenía por las obras artísticas el interés propio y edulcorado de los hombres algo pagados de sí mismos, que han conseguido hacerse con un lugar relevante en la sociedad y piensan que el arte proporcionará un brillo aún más especial a su vida y aun lo multiplicará. Una actitud arribista sin duda, pero muy común en verdad. Así que además de mercadear con provecho en Milán e intrigar con poco, el señor de Lacasa tomaba buena nota de cómo allí se construía, cuál era el estilo dominante y los elementos más vistosos con que los principales encargaban sus monumentos para las iglesias y levantaban sus palacios, cómo eran las imágenes de pintura que adornaban los muros o qué actitudes inflamaban las estatuas de retablos y sepulcros. Todo le admiraba. Milán no dictaba patrones en Italia en materias artísticas, era más bien una ciudad segundona, pero ciertamente para un ciudadano aragonés de una pequeña villa pirenáica, aunque viajado, cuanto allí se hacía debía ser un dogma. Una mañana entró, como ya lo había hecho otras, en Santa María de la Gracia. Era la iglesia favorita de mi padre, más que la excelsa catedral milanesa. Y allí también estaba éste aquel día de luz anarajanda, repasando con la vista algunos de sus trabajos en el coro. Entablaron conversación, no sin cierta dificultad a causa del idioma porque mi padre sólo hablaba entonces su estrecho milanés y cuatro frases latinas mal aprendidas, sobre el primor con que habían sido realizados los numerosos y dispares motivos de la decoración del coro y sobre la sencillez y hermosura general de la iglesia, con sus limpias naves bajo amplios arcos. Yo imagino que Pietro Milano fue intuyendo la oportunidad que se le podía presentar de la mano del señor de Lacasa, aunque no dudo que la amistad que al parecer surgió entre ellos fuera sincera. Lo que no creo es que mi padre pensara que todo sucedería tan rápido. Él y micer Lacasa se verían a menudo desde ese día, hablarían de muchas cosas probablemente, excepto de una con toda seguridad: de los asuntos que en secreto había estado desempeñado en Milán el mercader aragonés. Así que cuando éste apresuradamente debió salir de la ciudad y le propuso a mi padre que le acompañara hasta Aragón para que le construyera en la villa de Jaca una capilla donde se enterraría al llegarle la hora, Pedro Milano hubo de decidir de un momento para otro, y ese día él sabía que ponía en juego todas sus cartas. Los franceses habían finalmente descubierto la trama, y mi padre quedaba tan en peligro como los propios implicados, porque había sido visto en reiteradas ocasiones en la compañía del conspirador. No tuvo por tanto mucha posibilidad de elegir. Emprender el camino, seguramente sin retorno, era una apuesta fuerte. Pero quedarse era una temeridad. De cualquier manera tendría que huir por lo menos hasta que las cosas cambiaran, y no se sabía cuando eso podría ocurrir o si ocurriría. Además en Milán tampoco había disfrutado de muchas satisfacciones ni en su profesión ni en sus andanzas sentimentales, que más bien habían sido escasas y frágiles. Las ilusiones aparecidas a su llegada a la ciudad, hacía tiempo ya que se habían extinguido, y en definitiva le daba igual un lugar que otro, nunca son tantas las diferencias. Concluyó pues que lo mejor era llamar de nuevo a la fortuna. Juan de Lacasa le proporcionó una montura y ambos, junto a un par de criados del aragonés, partieron una noche hacia el sur, hacia Génova, donde debían subir a un barco que los llevaría hasta Barcelona. No sé mucho de cómo fue el viaje. Los compadres de Pedro Milano me contaron siempre que él sobre todo les habló del mar, y que lo hizo como de un misterio que escapara en gran parte a su comprensión. Fue la única vez que vio el mar. Nunca lo había hecho hasta entonces y ya no volvería a hacerlo. No hubo ya para él en adelante más aventura que la de procurarse un honrado y mediano porvenir, ni más viajes que los que realizó dentro del reino llevado por las ocupaciones del oficio. Pienso que todo eso no fue poco. Aunque sé, porque lo he intuido en sus obras muchas veces, que mi padre no pensó así, que siempre consideró viniendo a esta tierra tampoco consiguió gran cosa en definitiva. Como hijo suyo podría reprocharle semejante sentimiento, que en poco significado lugar nos deja a mí y al resto de mis hermanos y a sus dos esposas. Pero no puedo sino entenderle, a pesar de que yo sea sin duda una persona mucho más conforme con mi vida que lo que él debió serlo con la suya. Quizás es porque no le conocí y, sinceramente, siempre le he añorado. Todo parecía comenzar bien. Después del viaje realizado bajo los designios de un invierno riguroso, mi padre y Juan de Lacasa llegaron a Zaragoza algo antes que la comitiva del propio rey Carlos, quien tenía que ser coronado en Aragón. Imagino la impresión que le causaría la ciudad conforme iba poblándose de gentes importantísimas, trasegando entre plazas y palacios, renovando con su presencia la apariencia de las calles y casas, que se acicalaban especialmente para albergarles, e introduciendo en el cotidiano transcurso de las cosas un paréntesis de celebraciones, festejos y expectativas que se creería fuera a durar para siempre. Mi padre tuvo que pensar que aquí se abriría ciertamente camino sin muchas dificultades. Y así fue en un principio, a pesar de que la competencia entre escultores y pintores era grande por entonces en la ciudad y nadie podía descuidarse en ese sentido porque era muy fácil ser desplazado por otro en las preferencias de la gran sociedad. Luego, pasados los primeros tiempos e impresiones mi padre tuvo que darse cuenta de que esto no era Italia, y que los principales dedican su dinero fundamentalmente al ornato piadoso de las iglesias, o que cuando alguna vez mandan hacer pinturas o esculpir bultos para sus casas, también la mayoría de las veces son imágenes con las que únicamente se quiere satisfacer el más precario sentimiento religioso, sin otra aspiración tendente por ejemplo al placer que proporciona la franca contemplación de algo hermoso. Y cuando alguno posee figuraciones paganas de actitudes muy explicitas raramente son expuestas en las estancias más frecuentadas; hoy en día, después de las nuevas ordenanzas de Trento, muchos menos aún que antaño. Esta forma de trabajar constreñida y pacata no satisfacía el orgullo del escultor y arquitecto Milano. Por eso no tiene nada que ver lo que de su taller salió hacia diferentes villas del reino con algunas de las obras que yo he conservado en mi casa a buen recaudo. Ya hubo bastante con el lío de los dibujos de desnudos, digamos poco pudorosos, que alguien mal intencionado sacó de la casa de mi padre e hizo llegar hasta las personas menos apropiadas. Fue un gran disgusto que dio lugar incluso a algún lance de sangre y a que la Inquisición pusiera el ojo en la familia, aunque no se tomó la cuestión demasiado a pecho afortunadamente. Tengo que añadir confidencialmente que la madre de mis hermanastros era de la familia San Juan, cristianos recientes, y si ello no incomodaba mucho normalmente, siempre era una buena excusa a añadir cuando surgían otras vicisitudes. Tomás de Berasátegui me contó una vez lo que pasó, y sé que la carrera de mi padre sufrió por todo ello. Durante un tiempo no hubo mucho trabajo, y únicamente en los últimos años de su vida, cuando las aguas volvieron al cauce, dispuso de nuevo del favor de una buena parte de los señores eclesiásticos y de algunos burgueses y nobles que renovaron sus encargos de retablos y capillas. Es un asunto del que prefiero no hablar mucho, en parte porque me llena de ira y en parte porque quién sabe si no podría volver a perjudicar de alguna forma otra vez a mi familia. Soy un hombre que cuida su posición. Pedro Milano era al parecer mucho menos práctico y más generoso en sus reacciones y actitudes personales. Si no llega a ser por la directa protección del señor de Lacasa y la simpatía con que algunos miembros del clero de Aragón, como el señor obispo Conchillos de Tarazona, le miraban por entonces hubiese tenido muchos más problemas debido a las cuestiones que cuento y que en realidad él mismo, claro está, provocaba, y eso no terciaba bien con sus intenciones de construirse aquí una vida de cierto éxito . Mi padre debió ser una pura contradicción. Hay mucha gente que no puede evitarlo. Pedro Milano era, no me cabe duda, de los que necesitan el reconocimiento público para estimarse a sí mismos y para confiar en sus propios logros. Pero también era de los que se niegan a pagar el tributo que los demás exigen a cambio. En esta ciudad tan hermosa, pero tan provinciana, raramente se tiene en consideración una obra de arte por sí misma, por su valor estético o su capacidad de conmover al espectador, sino más bien por cómo se pliega al gusto predominante y contribuye al lucimiento social de quien la costea. Es así. Repito que esto no es Roma, ni Florencia, donde, aunque sucede en el fondo lo mismo, por lo menos nobles y burgueses poseen un relativo buen juicio en el campo de las artes, y hasta algunos son muy hábiles entendidos en estos asuntos, según me cuentan mis colegas italianos. Mi padre habría debido dejarse de lamentaciones y apreciar en su valía haber podido llevar una vida digna en una ciudad que al fin y al cabo hizo aprecio de su trabajo. Eso es lo que decía mi madre cuando hablaba de él. Yo no estoy muy de acuerdo. A veces dejo el almacén y visito en la ciudad alguna de las iglesias en las que mi padre dejó obra. Lo dije antes: nada que ver con lo que yo conservo en casa. Y tengo una hipótesis al respecto. La de la renuncia. Yo he creído siempre que cuando Pedro Milano se dio cuenta de que sus esculturas no gustaban al público, lo cual para él tuvo que ser un golpe enorme, instintivamente las resguardó de los intrusos. Decidió que sus creaciones más queridas no atravesarían la soledad del taller y que allí permanecerían, formando parte sólo de su tiempo y de sus angustias por los fracasos acumulados, que nadie en realidad más que él entendía como tales. Hubo excepciones, pero no muchas. En alguna ocasión talló algún bulto por encargo si así se lo exigieron en los contratos, pero a regañadientes ya que tenía obligatoriamente que respetar temas y fórmulas pactadas. Por eso prefería dedicarse a labrar frisos y columnas y a cincelar relieves decorativos. Eran para él labores más mecánicas, menos absorbentes y personales, más fáciles de acomodar a modelos reiterados y al dictado del gusto colectivo. Yo sin embargo creo que era un magnífico arquitecto y decorador, y que debería haberse empleado más en esta faceta de su trabajo. Estimo que era peor como imaginero. Pero él se empeñó en considerase a sí mismo como un escultor por encima de todo. Ese fue su error, me atrevo a pensar: no conocer sus límites. Error, porque precisamente el halago general lo logró con sus empresas como constructor de retablos. Pobre hombre. Nunca consiguió estar conforme consigo mismo ni con los demás. Pero yo lo entiendo. Él quería imponer los criterios, y quería ser apreciado por lo que le diferenciaba de los demás, no por lo que le igualaba con ellos. No soportaba la mediocridad. Y el caso es que yo pienso que sus obras son correctas, pero no excepcionales, aunque a mí me parezcan fabulosas, porque son de mi padre. Por eso quizás, siendo prácticos, habría debido despreciar menos los gustos y preferencias de la sociedad gracias a la que vivió con decoro, sino con holgura, porque allí estaba realmente el lugar que le correspondía. Hubiera tenido menos problemas cuando surgió el incidente de los dibujos de desnudos de atrevidas invenciones, que ya comenté, y que corrieron por la ciudad, ciertamente ayudados por la mano maliciosa de la mujer del señor Damián Forment, debo decirlo por justicia, con el que mi padre tuvo sus más y sus menos en alguna que otra ocasión. Aunque también es muy posible que todo eso le importará muy poco. Cuando uno tiene una idea de sí mismo tan arraigada y establecida lo lógico es defenderla y tratar de imponerla contra viento y marea. Por eso yo no estoy de acuerdo con lo que decía mi madre de mi padre, aunque jamás hubiera actuado como éste. Sigo teniendo el almacén en el portal donde lo abrió mi padrastro, en la esquina de la calle de la Sal, casi frente a la Puerta de Toledo, al lado de la plaza del mercado y ya muy cerca del río, desde el que en invierno llega una niebla tan oscura y mojada que apaga las antorchas y en verano un aroma agraz a peces podridos. Es un lugar que me satisface, porque además de permitirme contemplar la espléndida arquitectura del Arco de Toledo, con sus dos torreones circulares y almenados llenos de solitarias evocaciones y melancolías, pues en ellos se albergan las cárceles del Rey y del Justicia y esto impone una cierta y permanente reflexión en torno a la precariedad del destino de cada persona y de sus circunstanciales acaeceres, digo que también me deja la ubicación de mi alojamiento estar puntualmente al cabo de la calle de las últimas noticias y de los rumores que recorren los centros de la ciudad. Los jueves es día de almodí y, tras asistir a la contratación de las partidas de trigo que abastecen la ciudad, muchas veces doy un paseo que siempre acaba conduciéndome hasta alguna de las iglesias donde están las cosas de Pedro Milano. Es una hora en la que la mitad de la población anda por el mercado, y de todas partes se alza un bullicio ensordecedor y multiforme de voces atravesándose y carros arrastrados y campanas sentenciando el transcurrir de la mañana, y ondean en el aire, sobre todo en primavera, los olores y colores mezclados de las hortalizas, los cueros, la colindante carnicería de la ciudad, los animales que traspasan y las numerosas gentes diversas, con sus ropas nuevas o gastadas, cruzando de un lado a otro la plaza, o quietas con devoción ante los bancos de mercancías. Nunca deja de asombrarme este tópico espectáculo que me acompaña desde mi nacimiento y jamás me cansaré de contemplarlo. Inmerso en esa fiesta de lo cotidiano puedo concebir un cierto sentido para muchas sinrazones de esta vida y hasta la ciudad me parece de corazón alegre, cuando a menudo sólo veo calles estrechas azuzadas por un cierzo helado que se empeña en enroscarse entre las torres de sombras verdes. Soslayando con respeto temeroso la picota donde las autoridades castigan y ejecutan sus sentencias en sí nunca del todo justas,- y que no sé por qué razón está situada justo al lado del almodí y muy cerca de mi puerta, por lo que estoy condenado a soportar su presencia día tras día,- dejo a un lado la plaza del mercado y me arrimo a la muralla vieja, a lo largo de la calle de la Albardería. Este muro que dicen romano es buena protección tanto contra el frío y el viento del invierno, como contra la abrasadora y tórrida luz del estío. Es bien cierto que de todas formas la muralla ya casi no es visible, incorporada como ha ido quedando en buena parte de su perímetro a las casas que se han construido a su abrigo, aprovechando la sólida mampostería con que está edificada. Eso, cuando no ha sido directamente derribada para levantar suntuosas habitaciones como éstas de los condes de Morata, que cuando yo era niño construía el virrey Martínez de Luna, y para contemplar cuya fachada detengo mi paseo siempre unos momentos: no hay salvajes, como los aquí erigidos, en ninguna leyenda de las que se cuentan del Nuevo Mundo, ni tan gigantes ni con tan fiero aspecto, ni que cobijen el paso a tan magnífica hacienda con tan excelso patio, como éstos. Varias veces he servido mercancía a sus dueños y una y otra siempre me admiro de la elevación y señorial presencia de sus columnas jónicas, y del aire tan distinguido y sobrio de los corredores. Pura arquitectura. Es otro mundo. Por el trenque llamado de la Puerta Nueva que hay junto a las casas principales de Morata entro en la ciudad y sigo hasta la iglesia de San Felipe. Si quien me lea ha estado en alguna ocasión en Zaragoza y ha visitado sus muchas y famosas iglesias, podrá si acaso recordar que en ésta de San Felipe hay un bien considerado retablo de madera, todo él revestido de policromía y pan de oro. Lo hizo mi padre junto al imaginero Picart. Mi padre labró todo al romano sus columnas y entablamentos, sus basamentos y pilastras y todos los huecos donde Picart colocó sus figuras de santos y escenas del sagrado evangelio. Han pasado desde entonces ya muchos años, más de cincuenta, y la obra está bastante sucia y ennegrecida por el humo y el sebo de las velas. A pesar de ello puede apreciarse la buena factura del conjunto. Es más, me da por pensar que, aunque Picart siempre aseguraba haber tallado la imaginería al completo, no sería de extrañar que la mano de Milano anduviera a lo escondido en alguna de las figuras. Es ésta de San Felipe la iglesia que más frecuento por hallarse cerca de mis quehaceres, y porque su luz azulada le deja a mi vista encontrar siempre diferentes matices en superficies, bultos y gestos de los relieves y esculturas. En otros templos de la villa hay, como ya he dicho, retablos de mi padre, como en otras muchas del reino. Pero yo aquí vengo a buscarle, a buscar los trazos de un trabajo bien hecho que me permitan pensar en una vida bien vivida a la vez. A menudo pienso qué quedará de todo esto dentro de quinientos o mil años. Sería una lástima que nada perdurase, que por ejemplo una guerra o el capricho de un rico señor diera al traste con algo en lo que hubo tanto en juego. Cuánta precariedad. Pero no menos sería escalofriante que un trabajo del que mi padre no se sintió demasiado orgulloso atravesara el tiempo y fuese observado generación tras generación por millones de ojos. Cuántos percibirán realmente la belleza y el sufrimiento que encierran estas maderas. Qué dirán los entendidos. Cuántas cosas ignorarán y en base a qué conceptos mantendrán sus opiniones. Inexplicablemente son cosas que agitan mis pensamientos y producen, en la serenidad con la que procuro apaciguar mi carácter algo melancólico, cierto desasosiego. A esta iglesia vengo a buscar seguramente algo de trascendencia en mi propia vida, vengo a buscar los recuerdos que no tengo de mi padre, las historias que no puedo evocar, el cobijo de su querencia.