Toda
la vida, aún después de casarme a mi vez, he continuado
viviendo en la casa familiar de la calle San Pablo, donde durante
mucho tiempo casi todo siguió igual que el día de mi
nacimiento, exceptuada la presencia de mi padrastro y de mis dos
nuevos hermanos, con los que tuve gran afinidad, aunque nunca
consiguieron paliar mi condición sentimental de huérfano,
ya que civilmente no lo fui en efecto desde el nuevo casamiento de mi
madre. Mi padrastro, que se hizo cargo con mucha voluntad de mí
y de los otros hijos de mi padre y del que he heredado el oficio de
comerciante, quiso instalar su almacén en los bajos de la casa,
que ocupaba el taller de escultura de mi padre. Mi madre se negó.
Y allí siguió la habitación, varada, lugar
privilegiado de juegos para mis hermanos y para mí. Tampoco
consiguió mi padrastro que nos mudáramos de casa, por lo
que él tuvo que buscar otro alojamiento donde ejercer sus
tratos con trigo, aceite y vino, ya al lado de la ciudad vieja, frente
al mercado y a la puerta de Toledo, en la esquina de la calle de la
Sal.
Como
a veces andaba fuera de Zaragoza durante días, yo aprovechaba
sus viajes para pensar que él también había
muerto, como mi verdadero padre. Nunca se lo conté a mi madre,
aunque yo creo que me hubiera entendido. He tenido siempre
remordimientos, porque la invención infantil se hizo realidad
pocos años después, justamente cuando mi padrastro
acababa de iniciarme en el negocio familiar, del que tuve que ocuparme
enteramente antes de lo previsto y muy a mi pesar, pues desde pequeño
lo que me gustaba era trastear con las gubias, los cinceles y los
pedazos de madera que conservábamos en lo que fue el obrador de
mi padre. A María de Heredía se le ponían los
pelos de punta. Tenía la convicción de que tanta estatua
y tanto retablo tallados por su primer marido no le habían
servido a éste sino para vivir en un continuado desasosiego que
de ninguna manera quería para ninguno de sus hijos. Y aunque yo
me pasaba las horas muertas mal despellejando tocones, mi madre se negó
rotundamente a confiarme a ningún maestro imaginero que me enseñara
decentemente el oficio. Mas bien apremió y acosó a mi
padrastro para que mejor antes que tarde me llevara a sus negocios y a
alguna de sus salidas fuera de la ciudad: se trataba de que le cogiera
afición a esto del comercio. He de admitir que al final la
adquirí, aunque para entonces mi mentor ya había
fallecido. La necesidad no fue ajena a este resultado tan deseado por
mi madre.


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