Debo
añadir que a ésta no le faltaban razones para sentir
aversión por la profesión artística. Mi padre se
había ido de este mundo mal encarado con más de la mitad
de la humanidad, la cual nunca supo reconocer sus verdaderos anhelos y
le obligó obra tras obra, encargo tras encargo, a repetir fórmulas
y formas, y rostros y gestos que llegó a aborrecer. La
enfermedad que le sepultó era, según los doctores, de
carácter nervioso, y según mi madre su trabajo y sus
continuados berrinches y frustraciones debieron tener mucho que ver en
que se le declarara el mal y en que lo hiciera con tal gravedad que
terminó matándolo. No acabaron aquí las
desgracias. Si mi madre impidió que yo entrara como aprendiz de
imaginero, mi padre, un año antes de morir, había
dispuesto todo lo contrario para mi hermano Juan, encomendándolo
a su compadre y padrino del muchacho, Tomás de Berasátegui,
también maestro de retablos y de imágenes, además
de marido de mi madrina Agustina López. Mi hermano en verdad
fue un magnífico escultor, tempranamente reconocido tanto por
sus colegas como por quienes pagaban su trabajo, y no le faltaron
encargos importantes enseguida, como la que sería su última
obra, el retablo del señor san Bernardo que le mandó
hacer su excelencia el arzobispo don Hernando. Parecía que él
iba a enderezar en alguna forma la suerte de mi padre, porque
manteniendo la pureza de estilo y apegado al espíritu clásico
conseguía el aprecio y los elogios que aquel no logró
nunca, sino cuando renunció a ello y se entregó a
expresiones más extrovertidas y tortuosas, tan apreciadas por
la piedad sentimental de la sociedad al uso. Tal y como suele decirse,
en el fondo nunca se sabe cómo acertar. Sin embargo, Juan murió
también, con tan sólo veintitrés años, de
una repentina y fulminante infección que se lo llevó en
días. La sala baja de nuestra casa, el taller de mi padre, que
mi madre se había empeñado en resguardar por respeto y
porque además era la herencia de mi hermano, y donde éste
se había instalado consiguiendo revivirla, fue entonces
verdaderamente clausurada. Nadie pudo volver a entrar en esta habitación
hasta después de la muerte de mi madre. Quiero aclarar que ella
no lo sabía pero en su corazón era tanta la animosidad
como la admiración hacia el arte de la escultura y la mazonería.
Sus sentimientos mezclaban actitudes de reverencia y distancia, típicamente
propias de alguien que no terminaba de entender ni las razones ni los
mecanismos de las artes. En cualquier caso todo era para ella un poco
mágico, porque las imágenes parecían surgir desde
otras dimensiones, oscuras y divinas, manejadas con habilidad por las
manos de su marido, de las que se desprendían luego para tener
como un aliento propio que no dejaba de asustarla. Yo creo que en el
caso de María de Heredia habría que hablar de una emoción
intensa e incontrolada, algo así como el convencimiento de que
al casarse con mi padre se había situado bajo la influencia de
una maldición de la que luchaba por escapar con todas sus
fuerzas. Y desde luego no iba a consentir que yo también me
adentrara en esas medias luces por nada del mundo. A mi entender,
estaba rotundamente equivocada: yo podía haber sido un amable y
feliz artesano constructor de retablos en esta ciudad, tan parecida a
las de Italia según dicen los viajeros que la frecuentan,
aunque no sea verdad, y con los que me entretengo muchas veces
hablando en mi almacén o junto al atrio de la iglesia de
Santiago, lugar de reuniones frecuentes y a menudo agitadas, porque es
tradición que hasta aquí venga a congraciarse la gente
desunida. O sea que tal como manejo trigo o aceite, y voy y vengo, y
me considero un ser afortunado, igual pudiera haber seguido mi primera
y natural inclinación al trabajo de la madera y el barro y la
piedra sin haberme considerado jamás maldito ni un
desarraigado, sino que hubiera así también vivido
conforme y satisfecho, de la misma manera que tantos otros dedicados
aquí a la imaginería o a la pintura, que cumplen con su
trabajo con más o menos perfección según sus méritos
y cualidades. Mi madre pensaba que el aire de la desgracia llegaba
desde fuera. Pero no es eso. Mi padre hubiera sido infeliz en
cualquier circunstancia, y mi hermano hubiese muerto en todo caso. Por
no hablar del azar, al que yo, debido a los avatares de mi profesión,
bien conozco y le guardo considerado temor. Pietro Milano no proyectó
en su juventud terminar sus días en Zaragoza. Ni siquiera se
llamaba Milano. Se le conoció con ese apodo en esta ciudad como
una manera de individualizarle por su origen y procedencia. Es una
costumbre muy implantada. Milano se convirtió finalmente en mi
apellido y es el de mis tres hijos y así será hasta que
nuestra estirpe se extinga, sin que jamás haya yo sabido el
verdadero nombre de mi familia, que ya dejó de serlo, por no
ser dicho. Otra muestra más del respeto debido al azar, dueño
de delinear vidas o apagarlas.

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