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Nadie
en verdad presta demasiada atención a la vieja locomotora.
Varada definitivamente en el lugar que antaño atravesó
esforzada tantas y tantas veces, es una reliquia plantada justamente
en medio del tráfico terrible de los automóviles, que
exhiben con prepotencia un sin fin de voraces y aceleradas muecas.
Pobre abuela. La intención de quienes eligieron este escenario
como su último destino fue seguramente buena: sin duda recordar
de forma permanente que aquí estuvo el camino de hierro por el
que el antiguo ferrocarril saltaba de una a otra orilla del Ebro. Pero
la actual avenida de Valle de Broto, en el zaragozano barrio
del Actur, abocada al moderno puente de La Almozara, no es
sitio para el reposo ni la memoria. Ni para el tiempo lento que la
vetusta locomotora evoca: gran avenida de hermosísmos árboles
y caminos desperdiciados, porque apenas nadie pasea por aquí ni
puede detenerse a escudriñar en las historias y chismes que
guardará entre sus aceros pintarrajeados esta antigüedad.
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Cuando,
según dicen, no falta mucho para que alcance esta ciudad un
nuevo tren vertiginoso, apodado "el AVE", que lo
transformará todo -excepto los hermosos atardeceres que en
Zaragoza suceden sobre el río- conviene apoyarse en la
historia para no perder las referencias ni la medida.
Y
recordar no los fastos y festejos de las inauguraciones decimonónicas,
en las que la ciudad brillaba como eclosionante y prometedor punto
de intersección, ante la presencia de reyes y políticos.
Sino recordar en qué quedó tanto futuro posible.
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Acordarnos
del desinterés local y de las dificultades con que fue
creciendo el ferrocarril en la ciudad y en Aragón. Para , como
suele insistir el tópico, no repetir la experiencia ahora que
parece que de nuevo otro tren nos va a cambiar la vida. Porque en
aquel entonces ambas orillas del Ebro tardaron diez años desde
la llegada del ferrocarril a la ciudad en estar unidas por este medio.
Porque se tendió un puente sin espacio para los viandantes y se
perdió una oportunidad de abrir la ciudad al otro lado del río.
Porque casi todo se hizo desde fuera pensando en otras tierras y otras
gentes y no se aprovechó el momento para ordenar el urbanismo
de una ciudad que fue subordinada a variados intereses. Entonces. ¿Y
hoy?.
Cuando
cada mañana tengo el privilegio de contemplar a esta abuela,
tan sola y silenciosa, no me conmueve ciertamente la tentación
ineludible de la nostalgia anaranjada de las postales ni de los
sonidos amortiguados: bella, por inútil ya, estampa de otra
historia que contar. Me atenaza más bien el miedo a que de
nuevo quienes deben no sepan hacerlo bien, o no quieran. No es esta
hora de repasar causas ni contabilizar culpas. Pero muchos jamás
decidimos nada, si bien pagamos a menudo ineludiblemente un alto
precio por las decisiones que dejamos que otros tomen. Ojala nuestra
vieja locomotora pueda sentir esta vez orgullo de ser un símbolo.
Ella trabajó ya lo suyo.
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©
2000 De las fotografías, Miguel Angel Latorre.
©
2000 Del texto: Luisa Miñana.
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