Nacido en Sabiñánigo en 1948, Mariano Viejo Lobera se considera un pintor de formación autodidacta pese a sus estudios de ingreso y preparatorio en la Escuela de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona. Fue miembro del Colectivo Plástico de Zaragoza.
De 1971 a 1973 se interesa por un paisaje con cierto realismo y técnica suelta mediante la supresión de elementos formales, mientras que cuando es urbano siente predilección por mostrar el paso del tiempo a través de las fachadas. Si a principios de 1974 el paisaje se muestra con suelta factura, en ocasiones cercano a la abstracción, y con vivos toques de color, a mediados del mismo año incide en reflejar las paredes envejecidas, sobre las cuales puede incorporar figuras humanas que simbolizan la soledad del ser humano. Nada más iniciarse el año siguiente, en 1975, incorpora grafitos a paredes agrietadas, con el uso del óleo y tierras sobre tela o madera, y a mediados la obra se transforma de forma radical, puesto que se interesa por unos temas de tipo crítica social. Con un predominio de grises, pardos, negros, etc., muy afines al tema, el fondo se divide en dos planos de distinto color y separados por una estrecha banda, lo cual sirve para situar una figura o muchedumbres con señalado realismo y en actitudes naturales. En ocasiones suprime los rasgos faciales o plasma las siluetas para sugerir al hombre anónimo y sin personalidad, manipulado.
En 1982 inaugura una exposición, Pintura-Pintura, que presenta un cambio radical. Estamos ante unas sutiles y variadas abstracciones, sin vínculo con la tendencia Soporte-Superficie, con franjas geométricas que acogen a marcados colores, áreas nubosas y detalles móviles, para mostrar, a veces, un paisaje enmascarado repleto de misterio.
Aunque la obra se expusiera antes, el catálogo para la muestra en las Cortes de Aragón, abril de 1989, evidencia otro cambio total. La sobriedad de colores se alía con unos fondos monocromos que sirven para acoger el tema primordial. Formas tipo menhir, espirales, arcos y dólmenes nos indican su interés por épocas prehistóricas con una manifiesta austeridad plástica.
Tras un período de transición, exhibido en 1998, con el uso de purpurinas, oros y platas, así como el interés por las formas de carácter simbólico y mitológico, su última etapa presenta unas abstracciones de fuerte y contrastado colorido, rojo y azul, blanco y negro, entre otros, que se caracterizan por los planos informales idóneamente compuestos.