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      Estás en: Arte y Cultura/ Ramón J. Sender


     
    OPINIÓN
    Un anarquista de 'Espartaco'

    Julián Casanova
    Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza

    Ramón J. Sender era, a comienzos de la Segunda República, un anarquista del grupo Espartaco y corresponsal en Madrid del periódico de la Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) de Cataluña Solidaridad obrera. Formaba parte, para ser más precisos, de ese núcleo notable de periodistas, escritores y aficionados a la escritura que ponían su pluma al servicio de la revolución. Tenían una fe inquebrantable en el poder revolucionario de la cultura, y de ahí los tremendos esfuerzos que la hacían por redimir al pueblo de la ignorancia, causa, según ellos, de la opresión y de la desigualdad. Manifestaban su radicalismo anarquista al margen de cualquier compromiso con los sindicatos.

    Perder el tiempo en reuniones, organizar a los trabajadores, no era lo suyo. Su discurso teórico marcaba siempre una distancia clara con el del obrerismo militante. Eran publicistas librepensadores. Nada que ver con los afiliados y dirigentes que cotizaban en los sindicatos de la CNT. Junto a Sender, había otros nombres ilustres: Felipe Alaiz, Isaac Puente, el ya veterano Federico Urales (padre de Federica Montseny) o Jacinto Toryho.

    Todos ellos se mantuvieron en el anarquismo en esos turbulentos años de la República y de la guerra civil, y algunos, como el médico Isaac Puente, el principal divulgador del comunismo libertario, fueron cazados por la contrarrevolución asesina del verano de 1936. Ramón J. Sender abandonó a esos compañeros de lírica subversiva mucho antes.

    A finales de 1932 ya estaba reflexionando sobre la necesidad de un cambio en las actitudes del anarquismo. Así se lo dijo el 16 de octubre de ese año en una carta que le escribió a su "compañero y amigo" Eusebio Garbo, veterano anarquista, delegado de la CNT en la Asociación Internacional de Trabajadores. Todo había cambiado con la llegada de la República, le decía al novelista aragonés. El Estado decretaba ahora leyes sociales y no sólo reprimía; promovía jurados mixtos "que sistemáticamente dan la razón al obrero". En fin, que no era el momento de soñar con el comunismo libertario, "con el cielo y los jardines de Mahoma". La solución estaba en otro lugar: en la acción política.

    Dejó el grupo Espartaco. Se alejó de Solidaridad obrera, el periódico obrero más influyente del momento. Dijo adiós a los anarquistas de la "buena fe seudorrevolucionaria" y se ilusionó con el "carácter socializante" de la República. Hasta que tan sólo tres meses después de esa carta llegó la masacre de los campesinos de Casas Viejas a tiro limpio de los guardias del tristemente célebre capitán Rojas. Sender viajó a ese pequeño pueblo gaditano con otro ilustre publicista, Eduardo de Guzmán, y no se creyó la versión oficial. Relató sus impresiones en Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas, firmado en Madrid en febrero de 1933 y publicado un año después. En el ejemplar dedicado a su familia, escribió: "la primera gran decepción para los que creíais en la República".

    También él había creído. Pero así de acelerada corría la historia en aquellos años, que no le dejaba a uno ni permanecer dos días con la misma idea. Y no era nada para lo que tenía que llegar: el asesinato de su mujer, Amparo Barayón, el de su hermano Manuel, el largo exilio,... el derrumbe del pequeño mundo que vivió Sender, Espartaco.

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