Nadie está contento de la velocidad de su conexión a Internet. Nunca es suficiente. Pero para poder cuantificar exactamente lo mal que va, hay que recurrir a instrumentos de entidad, y luego saber leer los resultados.
Bits y Bytes a toda vela
Una de las obsesiones más frecuentes del cibernauta es la velocidad de navegación. Nadie está suficientemente contento con su conexión, y la verdad es que motivos parece que no faltan.
Cualquier vulgar conexión de acceso a Internet pasa por una serie de eslabones que propician siempre pérdidas de velocidad, nunca ganancias... Al margen de la velocidad nominal del módem, escalón básico de la conexión, está la calidad de la instalación interior del teléfono al que conectamos, la calidad del par que nos une a la central telefónica, el tipo de central, eso sin hablar de lo que nos espera al otro lado: las condiciones del servidor de acceso a Internet de nuestro proveedor de acceso.
Y no se crean, que cuando dejamos la línea normalita del teléfono para ir a por mejores servicios, tampoco es oro todo lo que reluce: aquí la sopa de letras nos rodea con la RDSI, el ADSL o el acceso por cable.
En todo caso, hay dos conclusiones muy rápidas: para poder quejarse, primero hay que medir la velocidad, y luego, saber comprender los resultados del "velocímetro", que no son lo mismo los kbits/segundo que los kbytes/segundo...
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