Cani marcó y agachó la cabeza. Seguro que fue el gol más doloroso de su carrera, pero la volea que se clavó en la portería de César Sánchez nada más comenzar el segundo acto fue el principio del fin para el Real Zaragoza en El Madrigal. Sin una sonrisa, abrazado por Forlán y con tímidos saludos a los compañeros que se acercaron a felicitarse, el jugador se marchó hacia su campo sabiendo que ya era aún más protagonista del partido. Demostró, con una segunda parte mucho mejor que una gris primera, que es un futbolista decisivo. Un dato: Tres partidos y 318 minutos llevaba el Villarreal sin marcar y tuvo que ser él quien abriera el casillero de goles del submarino amarillo este curso ante el equipo de toda su vida. Así es la vida. "Fútbol es fútbol", diría Boskov.
En ese tanto Cani resumió quizá el difícil cambio de vida que ha tenido en los últimos meses. Su salida agitada de Zaragoza, cláusula de rescisión mediante, y su tímida llegada a Villarreal, donde hasta ayer apenas había ofrecido destellos de su calidad y hasta probó el banquillo en Riazor. Desde ese gol, el mediapunta aragonés debe dar un paso adelante en su nueva etapa, aunque no resulta fácil brillar en un equipo en el que todo, sobre todo el balón, gira en torno a la calidad de Riquelme.
Tímidos silbidos
Cani repartió muchos saludos, algunos cariñosos, como a Zapater, antes de empezar, pero como está escrito el inicio del choque dejó al margen las amistades. Comenzó bien, con un pase que José Mari remató alto, pero se fue diluyendo poco a poco, incapaz de avanzar en la banda izquierda, donde Ponzio y Diogo supusieron a menudo una barrera infranqueable. Un disparo que rechazó Juanfran fue su otra acción destacada en la primera parte, pero acabó preso de un partido que parecía superarle. Hasta escuchó silbidos después de perder dos balones consecutivos.
Pero la mala decoración para el de Torrero cambió tras el descanso. Un saque de banda en la parte derecha del ataque local acabó en la cabeza de José Mari, el despeje demasiado centrado de Piqué y la volea de Cani, seca y rasa, imposible para César. No es su especialidad el gol --el de ayer es el noveno desde su debut en la élite--, pero el fútbol tiene estas cosas. No hay peor cuña que la de la propia madera. El Zaragoza lo ha comprobado en sus carnes en los últimos tiempos --Villa y Yordi le marcaron goles la temporada pasada, por ejemplo-- y Cani añadió otra muesca más a esa funesta estadística.
El tanto tuvo un efecto revitalizador en el juego del futbolista zaragozano. A partir de ahí se le vio más suelto, como en una buena jugada en el área ante Ponzio que acabó en un mal remate de Forlán. Cani empezó entonces a enseñar a El Madrigal qué futbolista es, algo que en el Zaragoza se sabe de sobra. Por eso, y porque es zaragocista, resulta incomprensible verlo con una camiseta amarilla, con otro escudo diferente al del león rampante.
El partido terminó con un último detalle de Cani, una asistencia a Riquelme en la que se anticipó Ponzio. Pero ya había decidido mucho antes el choque con un gol que cambió el devenir de la cita y que fue toda una estaca clavada en el corazón de su exequipo.