| Artículos del mes. Julio-Agosto de 2000 |
| Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. |
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Buñuel nunca se confesó un cinéfilo: el cine fue su profesión, su
herramienta de trabajo y arma para explicar y explicarse el mundo, un
instrumento que él contribuyó a perfeccionar incorporando poesía a un
lenguaje que comenzaba a construirse y que se encontraba en un momento de
profunda convulsión. Aún hoy el cine de Luis Buñuel sigue siendo el más
representativo del movimiento surrealista. En otro aspecto Buñuel fue
también un adelantado: sus películas realizadas en México fueron el germen
de lo que se ha denominado «tercer cine», la creación de una industria
cinematográfica en el tercer mundo capaz de competir en los mercados
exteriores, al tiempo que se adaptaba a las condiciones de la producción
local.
A pesar de estas peculiaridades que le otorgan un puesto destacado en la
historia del cine, a pesar de los múltiples galardones y reconocimientos
que recibió, a pesar incluso de su temprana dedicación al comentario de
films en revistas de vanguardia, Buñuel se mantuvo alejado de los ambientes
cinematográficos; nunca devoró películas y reconoció que no asistía con
frecuencia a las sesiones cinematográficas; más bien, confesaba que no veía
cine. De hecho, en sus memorias, entrevistas y declaraciones escasean las
referencias al cine y las opiniones sobre otros directores. En su
autobiografía tan sólo destaca su doble descubrimiento del cine; en 1908,
cuando asistió a su primera sesión cinematográfica, y en 1924, cuando viajó
a París y se encontró, de golpe, con el surrealismo y con el cine que se
proyectaba en los cines parisinos. Son sólo dos impactos, pero tan
profundos que llegaron a determinar su vida y, de alguna manera, la
historia del cine.
¿Qué cine fascinó a Buñuel a lo largo de su vida? A pesar de su escaso
entusiasmo y parquedad al hablar del cine de otros, Buñuel dejó algunas
pistas de cuáles fueron las películas que le interesaron, sobre todo en su
época de formación; para no entrar en conjeturas, será útil atender a las
películas que recordaba con mayor viveza, las películas sobre las que
escribió -en Cahiers d'Art y La Gaceta Literaria fundamentalmente- y sobre
las que deslizó opiniones especialmente reseñables, las películas que le
gustaron tanto que animó a otros a que las programaran y, ¿por qué no?, las
películas que le obsesionaban y sobre las que volvía una y otra vez.
Las imágenes que vio en su infancia
Tal vez sea preciso empezar por las películas que vio en su infancia, en el
zaragozano cine Farrusini, de las que tan apenas guardaba un recuerdo
preciso pero que le produjeron un vivo impacto, hasta tal punto que tal vez
podríamos preguntarnos si a lo largo de toda su vida no fue intentando
recuperar la memoria de aquellas viejas películas de su niñez, si su
filmografía no será el vano intento de remedar aquel cerdo con faja de
comisario de policía, o aquel fantasma de un paralítico asesinado por su
esposa, o aquel ojo de la luna destrozado por el vehículo del primer
viajero espacial... Al igual que el orsonwelliano Kane buscó inútilmente
durante toda una vida su trineo Rose-bud, Buñuel pudo ir, durante toda otra
vida, tras sus recuerdos infantiles:
«En 1908, siendo todavía un niño, descubrí el cine. El local se llamaba
Farrusini. Fuera, sobre una hermosa fachada con dos puertas, una de entrada
y otra de salida, cinco autómatas de un organillo, provistos de
instrumentos musicales,atraían bulliciosamente a los curiosos. En el
interior de la barraca, cubierta por una simple lona, el público se sentaba
en bancos. Conmigo iba siempre mi nurse, desde luego.»
«Casi no me acuerdo de las películas que vi durante aquella época y a veces
las confundo con otras que vería después en Madrid. Se proyectaban las
películas de Max Linder y de Méliès, como El viaje a la Luna. Las primeras
películas americanas llegaron un poco después, en forma de cintas cómicas y
folletines de aventuras. Recuerdo también los melodramas románticos
italianos que hacían llorar.»
El cine que admiró
En sus entrevistas da fe de esa confusión: «Las primeras imágenes que vi y
me llenaron de admiración eran las de un cerdo. La película, que recuerdo
perfectamente, era de dibujos en colores, lo que significaba que los habían
pintado imagen por imagen. El cerdo llevaba una faja de comisario, sombrero
de copa y cantaba. Un fonógrafo colocado detrás de la pantalla emitía el
sonido.» [La primera película que recuerdo es] «Una de un paralítico
asesinado que me impresionó mucho. Había un matrimonio que vivía en una
casa aislada en el campo: se veía a un paralítico en un sillón y a su
mujer. La mujer lo mataba. Luego el fantasma del paralítico se aparecía en
aquel sillón y la mujer gesticulaba horrorizada»
El cerdo policía, el fantasma inválido, el ojo destrozado de la Luna eran
imágenes fantásticas que se unían a las visiones reales del carnuzo o de la
Semana Santa calandina. Un arsenal de imágenes que le acompañarían a lo
largo del siglo.
El período comprendido entre 1924, su primer viaje a París, y 1928, fecha
en que realizó Un chien andalou, su primera película, nos aporta los mejores documentos
sobre las películas que Buñuel admiró: se trata de su época de formación,
un momento en que se deslumbró por las vanguardias, lo nuevo, lo innovador.
Se unió a un movimiento al que incorporó su bagaje adquirido durante su
estancia en la Residencia de Estudiantes y, también, sus recuerdos de
infancia y adolescencia, tanto de las tradiciones atávicas de su Calanda
natal como de sus primeros descubrimientos zaragozanos, a los que también
pertenecía el cine. Colaboró activamente en revistas y pronto dejó la
poesía e hizo crónicas del cine que veía en las pequeñas salas
cinematográficas parisinas. Desde París mantuvo su relación con la
Residencia de Estudiantes, a la que facilitó programas de cine de
vanguardia. Dirigió un número especial de La Gaceta Literaria dedicado al
cine... Todo ello son otras tantas pistas para que podamos descubrir los
momentos cinematográficos que fascinaron a Buñuel en esa época, una época a
la que, por cierto, se mantuvo fiel durante toda su vida... ¿Por qué no
habría de mantenerse, también, fiel al cine que vio en esas fechas de
surrealismo y amor a la innovación?
Detengámonos en primer lugar en el cine cómico, las películas de Ben
Turpin, Harold Lloyd, Charlot, Buster Keaton, Harry Langdon, un cine del
que Buñuel escribió: «El programa de cine más representativo del cine mismo
y más puro que todas las tentativas de vanguardia que se han hecho. Para la
minoría y para la mayoría, para los no podridos de transcendencia y de
arte. Los mejores poemas que ha hecho el cine». Una opinión que depuraba al
hablar de Buster Keaton, un actor al que amaba, como
todos los surrealistas, y al que dedicó un ejemplar artículo, como Alberti
le había dedicado un poema y Lorca una obrita de teatro: «[Buster Keaton]
Asepsia. Desinfección. Liberadas de la tradición, nuestras miradas se
recrean en el mundo juvenil y temperado de Buster, gran especialista contra
toda infección sentimental».
Si al llegar a París Las tres luces, de Fritz Lang, fue la película que le
decidió dedicarse al cine, al convencerle del lado artístico que tenía el
nuevo lenguaje, luego escribiría con pasión de algunas otras películas:
como fue el caso de Rien que les heures, de Cavalcanti, de la que dijo que
era música visual, cine subjetivo; en ella destacaba Buñuel algo a lo que
se mantendría fiel más tarde: Cavalcanti no hace ninguna concesión al
espectador, éste ha de poner de su parte la sensibilidad para que la
película funcione. Interesado por el romanticismo destacó la primera
versión cinematográfica de La dama de las camelias, de Fred Niblo, que
situó entre las películas más perfectas que se hicieron para la pantalla y
en la que destacó que, por primera vez, Margarita y Armando se aman en el
silencio y en la luz, y por ello su amor resulta emocionado y discreto.
Volvió a Fritz Lang para comentar Metrópolis, el más maravilloso libro de
imágenes que se ha compuesto, según sus propias palabras. Desde las páginas
de Cahiers d'Art y La Gaceta Literaria habló de otras dos obras singulares,
Avaricia, de Von Stroheim, que caracterizó como un film «magnífico,
repugnantemente magnífico [...] de lo más insólito, atrevido y genial de
todo cuanto haya podido crear el cine» y La pasión de Juana de Arco, de
Carl Dreyer, que resumió con una apasionada frase: «Hemos guardado una de
sus lágrimas, que rodó hasta nosotros, en una cajita de celuloide. Lágrima
inodora, insípida, transparente, gota del más acendrado manantial».
Pero fue a Lirios rotos. de D. W. Griffith, a la que dedicó el mejor
elogio, el ser la fundadora de la cinematografía moderna, desde la
concepción de Buñuel: «La fotogenia comienza en 1913, cuando, surgido
Griffith, coloca el cine por obra y gracia del gran plano, entre las bellas
artes -escribió Buñuel, para precisar más adelante- El gran poema del plano
fotogénico lo dio Griffith en 1919 en Le lys brisé (Lirios rotos)».
Además, Buñuel programó para el cineclub de la Residencia de Estudiantes
películas como Entreacto, de René Clair, Picabia y Satie, La fille de
l'eau, de Jean Renoir, Moana, de Flaherty, L'etoile de mer, de Man Ray y
Robert Desnos, El difunto Mathias Pascal, de Jean Epstein, o El abanico de
Lady Windermere y La viuda alegre, de Lubitsch. Y no podemos olvidarnos de
su veneración juvenil por Adolphe Menjou, de quien dijo que sus bigotes,
que también encarnan el cine y su época, subsistirían en las vitrinas del
porvenir.
Su mejor cine: el que no realizó
Todo su cine puede resumirse en un solo argumento: la imposibilidad de
alcanzar el objeto de deseo. Su filmografía también es un ejemplo de ese
imperativo: hizo 32 películas, entre ellas tres que, todavía hoy, están
consideradas entre las diez mejores películas de la historia del cine y
otras muchas que obtuvieron importantes premios. Sin embargo, quedaron en
el cajón de su memoria tantos proyectos como películas realizó, y entre
ellos se encontraban los que pudieron haber sido sus mejores trabajos.
Aunque no hubiera sido así, entre los proyectos no realizados estaban
algunos de los más queridos: sus dos primeros guiones, el argumento de la
que, afirmó, hubiese sido su mejor película y guiones basados en algunas de
sus obsesiones. Éste también fue el cine que fascinó a Buñuel, como una
parábola de lo que él creía que era la vida del hombre: la permanente
búsqueda de lo imposible.
Con Ramón Gómez de la Serna colaboró en lo que hubiera sido su primer
guión, El mundo por diez céntimos, en el que el proceso de producción de un
periódico servía para enlazar una serie de cuentos de Ramón; un proyecto
que no se llevó a la práctica por el desinterés de Ramón y que habría de
causar una enorme decepción en Buñuel, que había sido fiel discípulo del
autor de Cinelandia. A este proyecto habría de referirse en numerosas
ocasiones, en cartas, entrevistas y memorias, como también lo hizo sobre el
guión de Goya, que abordó por encargo de la comisión encargada de organizar
en Zaragoza el centenario de la muerte del pintor de Fuendetodos; sobre
este proyecto volvería en dos ocasiones posteriores, como muestra de su
interés por Goya, con quien tenía más elementos en común de los que
habitualmente se señalan. Tal vez su decepción por no poder abordarlo en
ningún momento de su vida hizo que no explicitase más los rasgos goyescos
de su cine.
Ilegible hijo de flauta, que abordó a lo largo de una tormentosa relación
con Juan Larrea, uno de los poetas que más había admirado, sería otro de
sus proyectos no realizados y, por ello, más decepcionantes. Buñuel
declaró: «Yo quisiera hacer de Ilegible un film puramente poético, sin
mensaje de ninguna clase». Su film deseado y, como tal, inalcanzable. Como
inalcanzables habrían de resultarle los proyectos de El monje, de M.G.
Lewis, al que habría de volver una y otra vez, hasta abandonarlo
definitivamente, y por el que profesaba una constante veneración, y de
Lá-bas, uno de los argumentos que más le habían interesado pero que no pudo
abordar finalmente.
Seguramente los films no realizados fueron los que más le fascinaron y
entre ellos no podemos olvidar su trabajo sobre Johnny cogió su fusil, una
novela que le entusiasmaba y cuya adaptación por el propio Trumbo le
decepcionó, o su guión Alucinaciones en torno a una mano muerta, que fue
plagiado en una secuencia por Robert Florey, causándole una amarga
impresión.
Luis Granell Pérez. Geógrafo y periodista, portavoz de Crefco |
| | ¿Qué es Trébede? | Nuestra revista | E-mail | © Cremallo de ediciones S.L. 1998.
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