| Artículos del mes. Julio-Agosto de 2000 |
| Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. |
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Afortunadamente la sensibilización en relación con el Patrimonio Artístico
se está incrementado, tarde, pero se está incrementando, lo que asegura su
salvaguarda para nuestro disfrute y el de las generaciones venideras. Otra
cosa diferente son las motivaciones de fondo y los objetivos, que ponen de
manifiesto supuestos conceptuales que, en la medida en que no son sólidos,
no garantizan que esté asegurada una adecuada conservación del mismo.
Particular papel en esta motivación y en los planteamientos ha desempeñado
el asunto del Patrimonio Emigrado de la Franja de Aragón colindante con
Cataluña. La reivindicación está relacionada con la nueva configuración del
mapa administrativo de España, con el consiguiente reconocimiento de
identidades diferenciadoras, y la afirmación de que la titularidad de ese
Patrimonio es de las parroquias para las que fue generado. No obstante,
concretar adecuadamente la aplicación de tales deducciones no es posible si
no se tienen en cuenta el resto de circunstancias históricas y los
principios jurídicos sobre los que se apoya toda la problemática.
El Patrimonio, como todo bien comunal, está protegido por unas reglas de
juego, unas leyes civiles relacionadas con su protección y con la
propiedad, pero en el caso de este Patrimonio, que es religioso, también
por unas leyes para el funcionamiento interno de la iglesia, que en la
parte que afecta a este Patrimonio han sido incorporadas al ordenamiento
jurídico español en la medida en que España, como país soberano, establece
acuerdos internacionales, y en concreto los ha establecido con la Santa
Sede. Pero, ni siquiera dicho esto queda todo clarificado, dada la
complejidad administrativa de España, donde la compartimentación autonómica
ha supuesto una fragmentación de funciones y poderes, que no es la misma
para todas las comunidades ni fueron transferidas al mismo tiempo.
Conciencia social consolidada
Todavía hay otro elemento para el juicio formulado sobre este patrimonio:
es la conciencia social formada y consolidada en torno a todo Patrimonio
Histórico-Artístico, y, por lo tanto, también sobre el Patrimonio
religioso, que matiza el derecho de propiedad, de manera que de ser
absoluto y de libre disposición ha pasado a ser percibido como «bien de
interés común». Finalmente, el análisis de la cuestión, no puede, por otra
parte, hacerse al margen de las circunstancias en que este Patrimonio
emigró, y la forma en que los pueblos, en otro momento identificados con
las parroquias, lo han redescubierto. Sólo teniendo en cuenta todos estos
parámetros se puede clarificar el tema. Clarificado, será más fácil
defenderlo y la reivindicación se podrá hacer en los términos justos.
Empezando por el orden inverso de lo expuesto, hay que recordar que en la
práctica totalidad de los casos en que el Patrimonio ha emigrado, hay
excepciones por supuesto, el fenómeno de la dispersión fue posible como
consecuencia de la desvalorización que cada una de las piezas tenían en el
lugar de origen. Las circunstancias, por ejemplo, de dispersión de piezas
como los Evangeliarios de Jaca, actualmente en Nueva York, o el Terno de
San Valero de Roda de Isábena, en Barcelona, son desconcertantes. El valor
y significado de piezas como las tapas de aquellos dos libros, eran
desconocidos no sólo por la propiedad sino por toda la sociedad aragonesa,
lo cual llena de rubor y vergüenza. En este caso no hay excusa ni
justificación, pues eran piezas que habían sido expuestas en Madrid en 1892.
A raíz de esta exposición que conmemoraba el centenario del descubrimiento
de América, se puso de manifiesto que, al valor estético y crematístico se
añadía, sobresaliendo, el significado histórico que estas obras tenían para
Aragón, al estar una de ellas dedicada nada menos que por la reina Felicia,
esposa de Sancho Ramírez. Este rey es consolidador del incipiente reino de
Aragón, y su esposa lo dedicó a Jesús Nazareno, de la Catedral de Jaca.
Estos trabajos sobresalientes artísticamente, tras un rosario de
poseedores, están expuestos actualmente en el Museo Metropolitan de Nueva
York, siendo prácticamente nulas las posibilidades de recuperar las piezas
para Aragón.
El Terno mal llamado de san Valero, de Roda de Isábena, fue descubierto
porque en la catedral de Lérida sus restos habían sido empleados para el
embalaje de otras piezas. Expertos y conocedores de la época, como eran el
coleccionista Plandiura y el director del Museo de Barcelona, Folch Torres,
pugnaron por poseer esos despojos, de incalculable valor, hasta el extremo
de tener que litigar en los tribunales.
Eran momentos en que gentes con sensibilidad estética, recursos económicos
y visión de futuro, vieron la posibilidad de salvar de la desidia y
abandono piezas de singular valor que estaban ignoradas en los pueblos del
Alto Aragón. Generalmente, anticuarios que sabían a quien les interesaría y
podían venderlas por cantidades insignificantes, recogieron de almacenes,
bóvedas, baptisterios y escaleras de las torres de las iglesias, piezas que
no merecían ninguna atención para los del pueblo, que en algunos casos
vieron una oportunidad en su
venta. En Capella se llegó a realizar un reportaje fotográfico sobre las
piezas a vender, lo que permite deducir una clara intencionalidad de
desprenderse de obras como el retablo de San Bartolomé, actualmente en los
Estados Unidos. El párroco de Arén vendió la escultura de la Virgen de
Piedrafita para reparar el suelo de la iglesia. Fue la oportunidad para que
algunos curas lograran unas pesetillas, si no eran más que reales, para
compensar sus menguadas economías y las de las iglesias. Así es como
desaparecieron obras específicas del arte del Alto Aragón como son los
frontales románicos de Betesa, Chía, Casbas, Estet, Gésera, Güell y otras
tablas y piezas medievales. Pocas fueron las veces en que el pueblo
manifestó un interés, y entre ellas estaría la manera como se hizo la venta
de las piezas de un Calvario medieval, efectuada por el párroco de Fanlo.
Así, emigraron piezas que están dispersas por todo el mundo, ocupando, en
ocasiones, destacados lugares en importantes museos y colecciones
particulares. Paralelamente, y lo cierto es que, en parte con retraso, el
obispo de Lérida mandó recoger todas aquellas piezas menospreciadas para
acumularlas en el Museo del Seminario, precisamente para que los
seminaristas se sensibilizaran con el arte que tenían que custodiar cuando
fueran sacerdotes. En el trasfondo había ignorancia y desinterés, tanto en
el clero como en el colectivo de feligreses. Con bastante posterioridad los
obispos de Huesca, Jaca y Barbastro, rescataron del olvido y salvaron de la
pérdida, obras que estaban menospreciadas en las parroquias para exponerlas
en los respectivos Museos Diocesanos.
Menosprecio con ignorancia
Este menosprecio con ignorancia, también es elemento que hay que tener
presente frente a esa súbita conciencia colectiva que ha surgido en los
pueblos, que no sólo no sabían lo que habían perdido hacía décadas, sino
que en muchos casos, algunas décadas después seguían manifestando
ostentosamente su indiferencia. Y cuando digo esto lo afirmo con
conocimiento de causa, al ver reacciones y contestaciones a la hora de
intentar recomponer y hacer el seguimiento de algunas de estas piezas
cuando preparé la publicación Patrimonio emigrado1. Frente a esta
constatación social ha surgido y se ha fraguado una conciencia en los
pueblos, que les ha llevado a reclamar derechos para recuperar lo que por
dejadez, en muchos casos, perdieron. Al respecto hay que precisar que ese
patrimonio surgió con una función prioritariamente religiosa, y que tal
como la sociedad actual quiere que se desenvuelvan los comportamientos
colectivos, hoy, no sin dificultad, se puede identificar parroquia y
pueblo, aunque por inercia social todo el mundo bautice a sus hijos, no
renuncie a la Primera Comunión y se entierre por la parroquia.
En estas circunstancias, el ordenamiento interior de la iglesia pone al
obispo como administrador de los bienes de su diócesis, incluidos los de
las parroquias a las que se reconoce la titularidad de las piezas. El
carácter centralizador de la administración eclesiástica pone de esta forma
los bienes a salvaguarda de veleidades y circunstancias temporales. Este
ordenamiento ha sido asumido por la administración civil, primero con los
Concordatos, y luego, con los Acuerdos que los sustituyeron. Es por esto,
que la administración civil aragonesa, ha sido cauta quedándose
prudencialmente al margen en el contencioso que las diócesis de
Barbastro-Monzón y Lérida tienen ante la Santa Sede, sin olvidar y
reconocer que, en esta fase del contencioso, el Gobierno de Aragón ha
colaborado poniendo medios materiales y humanos para aclarar las cosas.
Por el contrario, es sobradamente conocida la posición de la administración
civil de Cataluña que, invocando disponibilidades estatutarias, quiere
impedir que los bienes artísticos, y lo que es más desconcertante de
acuerdo con lo anteriormente dicho, los bienes religiosos, salgan de la
región catalana. Es la razón de la existencia de otro contencioso ante el
Tribunal Constitucional.
En este contexto se ha ido desarrollando una sensibilidad social en dos
ámbitos y en dos tiempos diferentes. Por una parte, y no necesariamente
relacionado con el asunto de la Franja, está cuestionada una propiedad
absoluta respecto a la titularidad de los bienes artísticos e históricos,
al ser considerados por la sociedad «bienes de interés cultural», y
consecuentemente de interés colectivo o social. Eso implica que el
propietario, incluida la iglesia, no puede disponer arbitrariamente de
estos bienes y que la sociedad asume su parte en el papel de tutelaje o
protección. No se anula la propiedad pero se matiza la posesión, sin que
ello implique desposesión, a no ser por dejadez o desidia.
Esta nueva valoración generalizada es diferente de esa otra apreciación que
ha surgido en los pueblos de donde originalmente salieron los bienes, que
de la tarde a la mañana han descubierto que fueron suyos, y, ahora los
reclaman desde una postura idéntica a la de los padres biológicos de un
niño que un día perdieron o les fue sustraído por no ofrecer la atención
que debían darle, y que en otro momento lo reclaman aduciendo la auténtica
paternidad. Esta conciencia es la que se ha fraguando preferentemente en
aquellos pueblos que son los de la Franja de Aragón, y, por proximidad se
ha extendido a los pueblos cercanos, que en algunos casos, reclaman lo que
quizá se ha salvado porque, a tiempo fue puesto a buen recaudo. Lo cierto
es que la reivindicación se ha circunscrito preferentemente a los bienes
artísticos relacionados con el Museo Diocesano de Lérida, cuando el
problema es mucho más amplio al haber obras dispersas por los mejores
museos del mundo.
La realidad es que aquel conjunto se presenta como una oportunidad para su
recuperación, mientras que la recuperación del resto de piezas emigradas es
de tal dificultad que prácticamente resulta insuperable. Los argumentos que
sugieren concentrar fuerzas por razones tácticas para recuperar los bienes
depositados en Lérida, pueden estar, al mismo tiempo, amortiguando la
responsabilidad con respecto al resto de los bienes artísticos dispersos en
otros puntos, en conjunto de muy superior valor y significación.
En definitiva: el patrimonio disperso es considerable, y lamentablemente
emigró casi siempre por indiferencia. La compartimentación administrativa
de España forzó el replanteamiento diocesano, y las leyes canónicas piden
que estos replanteamientos se hagan también a nivel de bienes. Esta
administración es asumida por el ordenamiento civil español. Los obispos,
de acuerdo con su funcionamiento interno, tienen la obligación de llegar a
un acuerdo en este problema, así como la obligación de salvar en el nuevo
destino este patrimonio. Es opcional reincorporarlo a los pueblos de
origen, pero se lo tendrán que plantear con detenimiento, sobre todo dadas
las causas que motivaron esta emigración. Esta última decisión viene a su
vez corroborada por el hecho de que actualmente estos bienes hoy están
revestidos de una dimensión social, que relativiza el ámbito de lo que fue
lugar de origen, pidiendo garantías de seguridad y conservación, que en la
mayor parte de las ocasiones no pueden ofrecer los pueblos que poseyeron
las piezas. Todo ello sin minusvalorar la razón primigenia por la que
fueron hechos, la religiosa.
Así las cosas, es de recomendar sensatez y contención a algunos pueblos,
que se han constituido en tutores de un patrimonio cuando lo cierto es que
si se salvó es porque fue puesto a mejor recaudo, y en cualquier caso, si
existe es porque la fe de sus antepasados lo hizo posible con una finalidad
religiosa. Mientras tanto los mecanismos se han de incrementar para que no
sólo ningún otro bien se pierda, sino para custodiarlos adecuadamente como
en el mejor de los museos. Sólo teniendo las cosas claras, las motivaciones
pueden ser sinceras. Entonces será cuando evitaremos hacer de la
reivindicación de los bienes de la Franja, o de cualquier otra pieza, la
ocasión para el pillaje en que se puede convertir la oportunidad del
momento.
Antonio Naval Mas. Profesor de Historia del Arte y Responsable de Patrimonio en el Obispado de Huesca. |
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