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   Junio de 2000

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Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura.

 
Val del Omar y algunos aragoneses

Artículo Completo!!

Val del Omar (1904-1982) arrostra en España una doble incomprensión o un desconocimiento por partida doble: el de los intelectuales monocordes (es decir los que a estas alturas creen que la cultura sólo pertenece a quienes detentan un vago humanismo literario y no, también, a la ciencia y a la tecnología) y el de los intermediarios mediáticos blandos (es decir quienes propenden más a jalear la seguridad de lo archiconocido que al descubrimiento de los tesoros poco accesibles).

Cuando en 1974 Amos Vogel, en su libro seminal Film as a Subversive Art, califica la película Aguaespejo granadino de José Val del Omar, visionada en la Expo de Bruselas de 1958, como «una de las grandes obras desconocidas de todo el Cine mundial», consigue suscitar, más de diez años después, la atención de algunos esforzados cinéfilos del eje Madrid-Barcelona. Gracias a ese aval imperial, Aguaespejo, junto con Fuego en Castilla, inauguran en 1982 -poco antes de fallecer Val del Omar en accidente de automóvil- la antología del Cine de Vanguardia en España en el Centre Pompidou de París. Pero eso fue hace más de un cuarto de siglo, cuando España reestrenaba un régimen democrático todavía vacilante con disparos en el Congreso de Diputados. Todavía hoy, muchos españoles, e incluso muchos autores de libros repetidos sobre el cine español, siguen sin enterarse de que Val del Omar es uno de los artistas y de los tecnólogos más importantes de los cien años confusos de historia del cine mundial. Es lógico aunque lamentable: tampoco se han enterado -en plena algarabía Almodóvar y su oscar machaconamente preanunciado- de que El sol del membrillo de Víctor Erice ha sido proclamado por un amplio conjunto de directores de filmotecas y cineclubes (o sea, gente mucho más lúcida que el sindicato de intereses gremiales que decide los oscars) como la mejor película mundial de la década de los 90.

Renacimiento de Val del Omar

¿Qué pasa en este país alegre y confiado, como siempre, pero dramáticamente más ignorante que nunca? ¿Sigue despreciando cuanto ignora o, sencillamente, ignora abúlicamente lo que no le mastican en las televisiones una y otra vez o en los periódicos tartamudos que se dedican a leerse unos a otros?

Hacia mediados de los 80, María José Val del Omar -auténtica productora, financiadora y sobre todo creyente en la obra de su padre- emprendió su renacimiento. Yo la he ayudado, antes y después de marcharse ella a las galaxias, pero la energía sigue siendo suya. El tecno-artista que nació en Granada en 1904, vivió el viaje iniciático en el París de los 20, realizó centenares de fotografías y decenas de documentales etnográficos en las Misiones Pedagógicas de la República, subsistió en la postguerra en actividades varias de imagen y sonido, inventando más de cuarenta prototipos industriales para una industria audiovisual que no se atrevía a innovar sino sólo a traducir (como ahora), produciendo, dirigiendo, rodando, montando, sonorizando e interpretando una obra cinematográfica corta pero de altísima densidad: se ha dicho que «un minuto de Val del Omar pesa cien, mil veces más que la caterva de películas que contaminan nuestras salas cada vez más pequeñas y nuestras televisiones cada vez más numerosas». Val del Omar prolonga en Madrid su largo exilio interior aunque interviene en numerosos congresos y reuniones internacionales, particularmente de la Unión Internacional de Técnicos de Cine, UNIATEC, pergeñando siempre proyectos ambiciosos y estrellándose siempre con la mediocridad burocrática y el subdesarrollo industrial de la España de entonces. Sus últimos años, encerrado en su laboratorio de Picto Lumínica Audio Tactil (PLAT) todavía existente tal cual lo dejó, los dedica a experiencias multimedia con rayos láser, vídeo, proyecciones múltiples y formatos heterogéneos.

Su peripecia vital la ha resumido muy bien el profesor Román Gubern de la Universidad de Barcelona (en Insula Val del Omar, 1995): «Val de Omar fue un profeta y un visionario del cine que se anticipó a su tiempo y a la industria audiovisual, contra cuya indiferencia le tocó bregar. Cuando murió en 1982 estaba empezando a desarrollarse en los laboratorios anglosajones la cultura tecnológica de la imagen digital, que tanto podría haber contribuido a resolver o a simplificar algunos de los ambiciosos planteamientos técnicos en que se fundamentaba su neopercepción audiovisual. Val del Omar no pudo disfrutar de las ventajas digitales para la producción de imágenes y de sonidos, mientras los poderes de Hollywood -con la Industrial Light and Magic de George Lucas a la cabeza- se apropiaban de este juguete para invadir el mundo con sus espectáculos de calderilla circense. Val del Omar se convertiría definitivamente en una figura irrepetible del cine mundial».

Pues bien, como todos los profetas, visionarios o adelantados a su tiempo renacen después de morir, he aquí algunos hitos de ese incesante renacimiento:

En 1986 el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, MNCARS, abre la Exposición Procesos. Cultura y Nuevas Tecnologías con la premonición valdelomariana, obvia en el año 2000, de que la cultura del futuro pasará por la electrónica. Varias de sus ponencias técnicas en congresos internacionales y, más visualmente, muchos collages de Val del Omar, elaborados al final de los 70, expresan su fascinación por las tecnologías emergentes y la necesidad de fundirlas en nuevas formas de expresión y de conocimiento.

En 1989 se inaugura en Córdoba la Filmoteca de Andalucía y en sus locales moriscos, junto a la Mezquita, la Sala José Val del Omar ofrece diariamente películas más o menos interesantes, incluso alguna vez algunas de Val del Omar, aunque paradógicamente no el completo Tríptico elemental de España. Paradojas del alma andaluza.

En 1992, la misma Filmoteca de Andalucía y sobre todo la Diputación de Granada y su primer valdelomariano José Luis Chacón, editan Val del Omar sin fin, un cofre con tres volúmenes que contiene documentos técnicos, ideológicos y biográficos, poemas y vídeos del autor. El Ministerio de Cultura lo premió como el mejor libro técnico del año pero más contundente es que tal cofre constituye el libro más voluminoso jamás dedicado a un cineasta en el mundo, acaso porque Val del Omar no era propiamente un cineasta (él se autocalificaba de «cinemista») sino muchas cosas más.

En 1994, el Festival de Venecia, Mostra Internazionale d'Arte Cinematrografica, homenajea a Val del Omar, proyectando Aguaespejo granadino y Fuego en Castilla y estrenando el docudrama Ojalá Val del Omar, realizado por un grupo de jóvenes entusiastas valencianos, capitaneados por Piluca Baquero y Cristina Esteban.

Homenajes y reconocimientos

Subproducto del homenaje veneciano son homenajes múltiples en sitios variados: Muestra del Atlántico en Cádiz, Festival del Cinema Fantástico en Sitges, Semana de Cine Experimental de Madrid, Imagen del Futuro del Instituto Europeo de la Imagen en Barcelona, Asociación de Escritores Cinematográficos de Andalucía en Sevilla, Bazar de las Sorpresas en el Festival de Cine de San Sebastián, Festival Cinema Joven de Valencia, proyecciones en la RAI italiana con ocasión del centenario del cine, etc. Más recientemente, en 1999, homenajes en Maguncia y Berlín, etc.

Nuevo libro en 1995, Ínsula Val del Omar, editado por el Consejo Superior de Investigaciones (CSIC) y la Semana de Cine Experimental de Madrid y prologado por mi amigo el filósofo-ingeniero-catalán-hindú Salvador Pániker. Efectivamente Val del Omar fue y todavía es una isla quijotesca o una ínsula extraña como las de san Juan de la Cruz, lo cual es asaz anómalo y maravilloso en un mundo en que las gentes prefieren las tierras firmes y como mucho los archipiélagos con islas bien trabadas unas con otras.

En 1996, por fin, después de muchas zarandajas de cuyos detalles prefiero no acordarme, conseguimos que se ultime el montaje de Acariño galaico gracias a un joven cineasta aragonés, Javier Codesal y al profesor de la Universidad Complutense de Madrid Rafael R. Tranche. Así puede ultimarse el tercer movimiento (o el primero según prefería Val del Omar) de la gran sinfonía audiovisual Tríptico elemental de España que empieza, en diagonal, en el barro de Galicia, crepita en el fuego de Castilla y se hace agua y vegetal en Granada. El Tríptico se estrena en mayo en Granada y durante dos semanas de diciembre en el MNCARS en Madrid.

A partir de 1996-97 llegan los estudiosos universitarios: por ejemplo, el Institut Universitari de l'Audiovisual de la Universitat Pompeu Fabra analiza el Tríptico; también el Colegio de Arquitectos de la Andalucía Oriental, en sus cursos en Motril; más arquitectos: dos jóvenes lombardos presentan su tesis en el Politécnico de Milán sumergiéndose en al Alhambra y en el ojo de agua de Val del Omar; otra joven investigadora de la Universidad de Yale, que prepara su tesis sobre la representación de España en las vanguardias de los años 30, contrapone Buñuel a Val del Omar.

Buñuel y Carlos Saura.

Ya que estamos en el Centenario de Buñuel seguramente sería oportuno, aunque demasiado largo, explayarme en ese último punto, es decir Val del Omar versus Buñuel. Sugiero a los interesados que me lean en el libro específico o en el catálogo que está publicando el Festival de Cine de Huesca de este año, y que está dedicado al Centenario de Buñuel y también a Val del Omar.

Después de redactar ese ensayo, me topo en esta revista (nº 35, febrero de 2000 «El siglo de Buñuel») con una queja de Carlos Saura que dialoga con Buñuel y le dice: «¿Es Tierra sin pan un punto y aparte en tu filmografía? ¿Porqué no seguiste ese camino extraordinario? Más todavía, ¿porqué ningún cineasta español siguió ese camino?»

Pues bien, ese camino extraordinario lo está siguiendo el propio Saura en sus últimas películas que son, no de realismo social, sí documentales dramáticos de la España andalucista o de la Argentina del tango. En ellas Saura, con la ayuda de la exquisita fotografía de Vittorio Storaro, consigue elevar el documental musical a la categoría de cine-arte, en absoluto ligado a la literatura. Más aún, Val del Omar, mi querido Carlos Saura, siempre siguió ese camino extraordinario aunque tú lo conociste cuando eras el joven pseudoairado que, como tantos otros a la moda de los 50-70, querías hacer la revolución o la revolucioncita con las crípticas alusiones políticas en películas rodadas en una España anormal.

Otro cineasta de éxito, tanto en el franquismo como en la democracia, Luis García Berlanga, ha escrito nada menos que esto (en el prólogo de Val del Omar sin fin, 1992): «Val del Omar ha sido un lujo en nuestra cultura y en cine pudo haber sido mucho más que un realizador sensible y poético, como buen granadino de raza, mucho más que un hombre de hallazgos científicos precursores de toda la tecnología actual, mucho más que un romántico luchador contra viento y marea sobre todo contra su personal patrimonio. Val del Omar pertenece al escogido elenco de personalidades de esa España posible que no acaba de nacer: simplemente tendría que haber sido la cabeza gestante de un cine español que hubiese unido calidad tecnológica, invención y lirismo; en definitiva de una gran empresa fallida, la de nuestra Cinematografía».

Fuertes palabras para una tarea colectiva. Pero Val del Omar, muy en su ínsula, partía fieramente de sí mismo y de la realidad documental, en absoluto esteticista, sino del ultrarrealismo místico, comunalista y heterodoxo, trascendiéndolo no sólo con imágenes de una profundidad disturbadora, sin parangón en la historia del cine, sino con sonidos y músicas también creados o recreados por él. Su Tríptico elemental de España, que fue una sinfonía incompleta, ya está completo, aunque Mª José y yo lo queremos completar de nuevo: con sonido diafónico, desbordamiento de la imagen y otras técnicas valdelomarianas. Pensamos que las grandes obras de arte siempre están vivas y hay que completarlas y acercarlas en cada generación.

Otros aragoneses

A vuela pluma recuerdo a otros aragoneses que han cruzado y desembarcado en la ínsula Val del Omar. Por ejemplo Florián Rey con quien Val del Omar colaboró, creo que como operador, en la segunda versión de La aldea maldita, año 1941. Pero mucho antes, al final de los años 20, Florián Rey fue quien más tempranamente creyó en las técnicas del joven Val del Omar de forma que podían «transformar el arte cinematográfico»: gracias a Rey, en la revista La Pantalla, un Val del Omar de 28 años expone algunas de sus técnicas cinematográficas: el objetivo de ángulo variable (actual «zoom»), la pantalla cóncava, la imagen panorámica y la iluminación táctil. Esta última sería premiada por Fuego en Castilla 3en el Festival de Cannes en 1961, el mismo año en que Buñuel consigue la Palma de Oro con Viridiana. Pero, también, Florián Rey facilitó a Val del Omar algo muy profundo, que le marcó para siempre a él y a su hija Mª José: le sugirió orientalizar su apellido desde el originario «Valdelomar» al «mucho más granadino Val del Omar». Éste aceptó la sugerencia con entusiasmo, siendo desde entonces tal apellido, único, exclusivo, otra ínsula extraña.

Más aragoneses, en este caso aragonesas, alrededor del joven Val del Omar: María y Matilde Moliner, compañeras de Val del Omar en las Misiones Pedagógicas de la República, junto con Luis Cernuda, Carmen Conde, Rafael Dieste, Ramón Gaya, Eduardo Torner, María Zambrano, etc. Me han emocionado los señaladores de página que Trébede ha editado con ocasión del otro centenario, el de María Moliner (nº 36, mayo de 2000). En uno de ellos María escribe con sabia suavidad: «Hay que hacer que los libros duren, para que otros obtengan con su lectura la misma alegría y el mismo deleite que nosotros hemos tenido.»

Pues bien, Val del Omar, que también amaba los libros y tanto leyó (particularmente poesía y ensayos filosóficos o científicos) comienza su Manifiesto de la Asociación Creyentes del Cinema, 1935, después de haber rodado más de 40 documentales para las Misiones Pedagógicas y el Museo del Pueblo, de esta forma:

«POR INSTINTO. Yo quería fugarme del negro de los libros. Quería irme hacia la imagen luminosa. Como las mariposas son atraídas por la luz.»

He ahí dos escaleras empinadas hacia la lucidez: muchos, muchos libros, algunas, pocas todavía, películas. El amor infinito que María Moliner depositaba en los libros y el amor infinito al cine de este «poeta de las imágenes y los sonidos» que según Manuel Villegas López fue Val del Omar, están unidos por la infinitud, más allá de sus propias historias, donde «siempre, se naufraga siempre», como dice una voz en Aguaespejo. ¿Cuántos amantes infinitos quedan hoy sea de los libros sea de las películas? ¿No estamos asistiendo a un final suicida en que las burdas técnicas del mercadeo y la publicidad han hecho de la cantidad de unos y otras el único baremo del canon y del avance en el conocimiento del alma humana que toda obra de arte debe pretender?

Visionario Val del Omar, o por mejor decir audiovisionario, pues sus sonidos y no sólo sus imágenes pretenden nada menos que hacer ver y oír lo que es invisible e inaudible, es decir lo inefable, como lo pretenden los pocos que se atreven a peregrinar a esa tierra incógnita, la mística, o en palabras de Val del Omar, a la Meca Mística. Para ese viaje abismal, Val del Omar ha de crear instrumentos exclusivamente suyos: no sólo los del doble lenguaje audiovisual sino también los de la luz y del tacto, y del movimiento de los cuerpos y de todos los sentidos: la Diafonía, la Tactilvisión, el Cromatacto, el Palpicolor, el Bi-Standard, el Intermediate 16-35, el Desbordamiento Apanorámico, la Óptica Biónica, etc. ¿Qué significa este aluvión de tecnologías que Val del Omar no consiguió imponer en la España subdesarrollada que le tocó vivir?

Más suerte tuvo otro visionario, que se marchó a París con sus visiones a principios de siglo: el aragonés Segundo de Chomón. Ambos grandes visionarios, el primero en al etapa fundacional del cine, el segundo en sus postrimerías actuales, coincidirían, después de morir, en la Bienal de la Imagen en Movimiento de 1992 en el Museo Reina Sofía de Madrid. Pero esto -las visiones de los grandes, escasos visionarios de la historia del cine español- es ya historia para otra ocasión.

Gonzalo Sáenz de Buruaga. Economista y escritor cinematográfico

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