| Artículos del mes. Junio de 2002 |
| Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. |
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Ya he perdido la cuenta de las veces que me hice el propósito
de comenzar la recopilación,
en imagen y notas, de los peirones, cruceros, vía crucis,
calvarios, picotas y humilladeros
sitos en las encrucijadas de los caminos, cabañeras,
azagadores, cordeles, cañadas, trochas y veredas de la región
aragonesa. Sé también que no es fácil por lo extenso y desperdigado
de su radio
de ubicación y, cómo no, por la cantidad de ellos, pese a que se han
perdido muchos de estos hitos por abandono de sus mentores -la gran
mayoría de ellos eran levantados por las familias más pudientes
o algu-no de sus individuos por de-voción, agradecimiento ante algún
favor o simplemente como
colaboración al marcaje de los caminos, sus encrucijadas y pasos
necesitados de señalización-,
olvido de quienes debían restaurarlos -algunos son de propiedad
municipal- y derribo por quienes
les impedían la menor de sus maniobras laborales o urbanísticas -paso
a campos de labor, granjas
o naves industriales y las más de las veces la pura
especulación. En este recuento de torpezas
no debemos olvidar las llevadas a cabo por las alcaldías,
consejerías o los ministerios de
Fomento que han tirado cuantos encontraban en las cercanías
de los caminos que construían.
Para su conocimiento y referencia histórica -hay escasa bibliografía
que dedique estudios monográficos a estas piezas arquitectónicas de
menor identidad, por lo cual únicamente son tratadas de pasada, sin
prestarles atención- podríamos retrotraernos a los más remotos
tiempos del ser humano como tal, ya que éste ha procurado dejar
constancia de su paso por los lugares que empleaba sistemáticamente
para sus desplazamientos; bien sea para la búsqueda de caza, nuevos
pastos, o simplemente para su tránsito comercial o guerrero. La
difícil orografía, las inclemencias atmosféricas y el desconocimiento
de éstos y otros itinerarios, les llevó a la sencilla conclusión de
la necesidad de marcar aquellos lugares, tanto para apoyar la bondad
de su tránsito como para asegurar, a su vez, ante los malos
espíritus, la protección de sus dioses y, posteriormente, santos
y vírgenes. Éstos intercederían para la seguridad y continuidad de
sus actividades, tan necesarias para la vida de la comunidad.
Su origen es muy posible que se remonte al sencillo acto individual
(hoy aún se practica por pas-tores y montañeros) de amontonar lajas y
piedras planas de distintos tamaños hasta llegar a levantar un
pequeño montículo que destaque sobre la línea del horizonte, o al más
antiguo de poner en pie una serie de piedras alargadas, monolitos que
pueden llegar a superar los tres metros, a un lado y otro de los
caminos y en los altos pasos de montaña, haciendo de jalón o faro -no
siempre ciego pues podían aportar a su estructura un lugar para la
linterna-
y testigo en las copiosas nevadas que ocultaban los antiguos caminos.
Ejemplos para recordar serían:
los pilones de "El Picocho" de Villanueva de Huerva, en Zaragoza; de
"San Cristóbal" de Alba, en Teruel, y los de "Pelopín" de Yosa de
Broto y "Manchoa" de Otal, en Huesca. En cuanto a los monolitos,
cabría tomar como muestra los de "Las Lágrimas" de Sádaba, en
Zaragoza; "Los Mojones" de La Iglesuela del Cid, en Teruel.
El uso de la piedra es muy antiguo, desde la prehistoria las piedras
marcaron todo tipo de referencias prácticas y espirituales: taulas,
alineamientos, crónlech, dólmenes y menhires son algunos de los más
representativos. Del menhir nacen los hitos o mojones y miliarios que
los romanos van a sembrar por todo el tejido de calzadas que
comunican su imperio (hemos de hacer mención a la costumbre,
posteriormente pagana, de arrojar piedras al pie
de los altares de sus deidades, en especial a Mercu-rio dios de los
caminos y del comercio y que en un tiempo, no muy lejano, hemos visto
repetido en los óbolos que se dedicaban a las ánimas, supersticio-nes
de carácter religioso que hemos contemplado repetirse en actos
religiosos domésticos como es el de trazar cruces sobre el pan, sobre
la mies durante la siega y, cómo no, el miedo a darle una patada a
cualquier piedra cercana al camposanto por si ésta era el ánima de un
fallecido). Como estos monolitos, posteriormente se levantaron los
mojones, peirones, rollos y cruces que habían de suplir en la
religión cristiana todos los atavismos paganos, por más naturales que
éstos fueran, llegando a suplantarlos en esta larga colección que no
ha podido ocultar los restos del pasado.
Las etimologías y los santos
No es fácil el recopilar por medio de imágenes y notas todos y cada
uno de los ejemplares de esta pequeña arquitectura rural que forman
el extenso y desperdigado patrimonio aragonés, fundamentalmente
levantado a lo largo de cuatro siglos con fines religiosos y como
señalización. Queda un buen número de ellos (pasan de 2.000
ejemplares), pero se han perdido muchos más de entre todos aquellos
que jalonaron el caminar de los viajeros que cruzaban la variada
orografía de una tierra rica en contrastes, sin más orientación que
estas puntuales referencias y el propio conocimiento del trayecto.
Para comprender el uso por el que se habían erigido cada uno de estos
curiosos obeliscos, hay que comenzar con su enumeración tal como
podemos encontrarlos en la nomenclatura oficial o popular:
Peirón o pairón, conocido en otros lugares de Aragón como capilla,
pilaret, pilón y pilar, pues de todas estas formas y alguna más
podemos oírlo nombrar dentro del territorio enmarcado por los límites
de la histórica Corona de Aragón, zona en la cual están más
extendidas sus funciones de orientación, protección y votiva o de
recuerdo.
Afirmar la procedencia de esta palabra es algo incierto, ya que cada
autor hace que su ascendencia parta de una lengua distinta, creando
con ello un amplio campo de trabajo que desconcierta en el estudio de
decisiones finales. Veamos algunas de estas ideas, que si no nos
aclaran la autenticidad de la raíz, sí nos enriquecerán en cuanto a
posibilidades.
Peirón es un vocablo que viene del latín vulgar pilare: hito o mojón
que se pone para señalar los caminos, aunque diversos autores hacen
derivar esta palabra de la raíz griega åéñù: "atravesar"; de la
latina per: "a través de" y del participio iens: del verbo "ir". En
el Diccionario Etimológico Aragonés de José Pardo Asso, impreso el
año 1938 en Zaragoza, peirón o pairón (de pagus: "aldea"), lo
referencia como columna u obelisco conteniendo alguna imagen y que se
halla únicamente a la entrada de las aldeas. El DRAE (Diccionario de
la Real Academia Española) no recoge esta palabra.
Tiene relación con los vocablos, también descendientes del latín
pila: Pila, montón, rimero, columna o cúmulo, y Pilar, pilón y
abrevadero, ya que podemos verlos, en algún caso, junto a alguno de
ellos. De todas las maneras el peirón es el de mayor representación
en las provincias de Teruel y Zaragoza, escaseando conforme nos
desplazamos hacia el Prepirineo. En esta zona montañesa existe la
denominación peirote, muñeco al cual se vilipendia por su quietud y
que en otras zonas se denomina como "pasmarote", algo quieto y sin
expresión -sin duda, lo más parecido a un monolito o a cualquiera de
los peirones que podemos ver en las orillas de los caminos. Pardo
Asso da la locución pairo como muñeco que se pone para que el toro
vaya a él -de nuevo algo que denota quietud, inmovilidad. Se hace
derivar de peiro, Pedro o piedra, cuyo aumentativo terminaría en ser
un peirón.
Con este nombre se conoce a una figura arquitectónica de pequeñas
dimensiones, en forma de pilar o columna de sección cuadrada,
raramente circular y muy escasamente octogonal. Construcciones de
piedra o ladrillo, mayormente revocadas con cal o yeso, de forma
prismática y de 2 a 3 metros de altura -aunque podemos verlos llegar
a los 5 e incluso a los 7 metros-, y 0,50 metros de lado o de
diámetro -también en este caso podemos verlos de 1 metro.
Generalmente, están emplazados sobre una grada -plataforma- de uno o
varios escalones desiguales -peldaños- de piedra; sobre ella, una
basa o plinto que sustenta el tronco, rematado éste en su parte
superior por un cuerpo -cabecero o
edículo- abierto por una o varias capillas u hornacina, donde se
guarda, en el mejor de los casos, el santo a cuya advocación se ha
erigido o se encomienda el lugar y el camino. El cimacio de
coronación o cubierta suele ser un tejadillo o chapitel, a dos o
cuatro vertientes si el peirón es prismático, o cónico si éste es
cilíndrico; pueden ser planos o con teja,
en cuya cumbrera se coloca como remate una cruz de hierro.
Las advocaciones que más fervor alcanza corresponden a san Roque,
abogado defensor contra la peste; santa Bárbara, protectora ante las
tormentas; san Antón, protector de los animales domésticos; san
Cristóbal, un santo protector y conductor de los viajeros a buen
término; san Blas, abogado de la garganta; san Antonio de Padua, san
Juan Bautista, san Miguel, san Pascual Bailón, san Gregorio, san
Isidro, san Jorge, san Ramón Nonato, san Pedro Mártir de Verona, san
Vicente y san Bartolomé, así como Nuestra Señora del Pilar, del
Carmen, del Rosario, santa Águeda, santa Lucía, la Purísima
Concepción, santa Valdesca, santa Quiteria, los inseparables santos
Abdón y Senén o Sebastián y Fabián y, cómo no, las Almas o Ánimas
son, con algunos patronos locales, igualmente devociones que tienen
un gran predicamento entre los habitantes del medio rural.
Contra los males terrenales
Cruz y crucero -cruz de término. La cruz es de construcción y uso muy
similar al peirón, formado, como éste, por una grada de piedra sobre
la cual apea un largo o, a veces, chaparrudo prisma cuadrado,
rematado por un chapitel a cuatro vertientes y cruz de hierro en el
vértice (como se puede comprobar, carece de imagen, mas no de
advocación), es propia de la provincia oscense, y se localiza en
cualquier espacio que puede estar cercano o alejado de las
poblaciones, en cuyo caso marca el paso de viejos caminos y senderos
o cabañeras. No dejaremos de contemplarlas en lugares que han de
suscitar la necesidad de una protección ante los males terrenales
bien sean enfermedades, plagas y accidentes o como recuerdo de este
mal ineludible como es la muerte: balsas, puentes, campos, montes,
pueblos y caminos.
Menos representado que el peirón y la cruz, al crucero o cruz de
término lo podemos encontrar más extendido en la provincia de Huesca,
Cinco Villas y el Bajo Aragón, y en ejemplares sueltos en el resto de
las comarcas de Teruel y Zaragoza. Lo localizamos situado en el
centro de la villa o en cualquiera de sus salidas y encrucijada de
caminos, siempre cercanos al núcleo habitado (es una rareza
encontrarlos en parajes apartados de la urbe). Formó parte importante
de la exposición pública de los reos, supliendo la labor que en otras
regiones correspondía a la picota, con la cual es confundida no pocas
veces. Constaba de un largo fuste de sección circular, cuadrada,
hexagonal u octogonal que se elevaba sobre un plinto, basa o zócalo;
una grada de planta cuadrada o circular con uno o varios escalones; y
era rematado por una cruz, anverso con crucifijo y reverso con la
Piedad o Quinta Angustia (excepcionalmente un escudo, el Cordero u
otra representación religiosa), sobre un capitel de iguales lados que
el fuste y normalmente decorado con arquillos y figuras.
Fueron destrozados un buen número de ellos o, en el mejor de los
casos, trasladados a las plazas de los pueblos, así como absorbidos
por el crecimiento urbano y, por ello, los vemos formando parte de
las viviendas o de algún tapial, tal como sucedió con los peirones.
La mayor parte de sus crucifijos de coronamiento fueron desmontados
-museos y casas privadas-, supliéndoles una sencilla cruz de hierro.
Cumplieron su cometido de señal jurisdiccional o de término y aviso
de poder judicial civil, religioso y militar. Las cruces vamos a
verlas representadas descubiertas o con un cubierto a cuatro aguas,
en templete cilíndrico -Aínsa, Zaragoza y Zuera- u octogonal -Borja y
Tarazona. Su situación más habitual era cerca de las entradas y
salidas de los pueblos y pequeñas ciudades (en las grandes han
desaparecido por mor del urbanismo al ser ampliada su zona urbana o
industrial a costa de la rústica, con la consiguiente modificación de
caminos) donde han tenido la suerte de ser trasladados -según la
sensibilidad de los ediles- a un nuevo emplazamiento dentro del casco
urbano, preferentemente en la plaza del mismo o de nueva creación.
Rollo, columna de piedra, de ordinario rematada por una cruz
metálica, que en lo antiguo era insignia de jurisdicción y que, en
muchos casos, servía de picota. Comúnmente confundido con el crucero
por compartir servicio.
Hito, del latín fictus, flojo. Mojón o poste de piedra, por lo común
labrada, que sirve para conocer la dirección de los caminos y como
señalización de los límites de un territorio, no cuenta con
crucifijo. Confundido con el rollo.
Mojón, señal permanente que se coloca para fijar bien los linderos de
heredades, términos y fronteras, suelen tener grabadas una cruz o
tres. Señal que se coloca en despoblado para que sirva de guía.
Humilladero o santiguadero, el DRAE lo define así: «Lugar devoto que
suele haber en las entradas o salidas de las poblaciones y junto a
caminos, con una cruz o una imagen», en claro paralelismo con el
peirón tradicional de Aragón. Más popularmente habría que definirlos
como: «edificios que tienen el aspecto de pequeñas ermitas con un
sencillo atrio para cobijo de la lluvia y el sol». En Aragón se
llaman así las cruces bajo cubierta sobre cuatro o más columnas -Cruz
Cubierta- y que en Huesca las conocemos como esconjuraderos.
Picota, rollo o columna de piedra o de fábrica, que había a la
entrada de algunos lugares, donde se exponían las cabezas de los
ajusticiados o los reos a la vergüenza pública. En algunos casos se
cubría con un tejadillo a cuatro vertientes sobre otras tantas
columnas. Ha sido confundido habitualmente con el rollo que, en
realidad, se levantó como símbolo de jurisdicción o autoridad
eclesiástica, de un señor o del mismo rey.
Horca y argolla, del latín forca, instrumento de piedra o madera con
travesaño que se empleaba para colgar a los reos de muerte, en el que
permanecían expuestos hasta que se consideraba suficiente como
escarmiento -en Aragón son varios los lugares que conservan esta
toponimia. La argolla se solía usar en los casos similares a la
picota, en penas que consistían en exponer al reo a la vergüenza
pública, sujeto por el cuello con una argolla a un poste. En Aragón
-sobre todo en Teruel- la vemos colocada en las columnas de los
trinquetes o lonjas de las poblaciones.
Volver a los caminos
Para establecer una correspondencia entre el peirón que se mantiene y
algunos de los desaparecidos, bien vale la pena recorrer las calles
de nuestros pueblos y, en algunas de sus fachadas, veremos capillas u
hornacinas donde se guarda la imagen de un santo o una virgen -suelen
dar nombre a la calle en la cual están dispuestas-, éstas son el
resultado del derribo del peirón y la posterior ubicación de la
imagen.
Igualmente debemos recordar los portales-capilla y las
capillas-portal (normalmente con su correspondiente advocación) que
daban entrada a muchos de nuestros pueblos y que marcaban igualmente
el comienzo o final de cada uno de los caminos.
En el territorio aragonés podemos encontrar un buen número de
representantes de estos modos de indicar o advertir, proteger y
guiar, tanto a caminantes como a los propios habitantes de cada lugar.
Para su mejor conocimiento, deberíamos volver a recorrer todos
aquellos viejos caminos, veredas, cabañeras y azagaderos que, como
una extensa tela de araña, cubrieron la tierra del antiguo e
histórico reino aragonés. Para conocer su estado tras las
restauraciones, nos bastaría con acercarnos a ver los que han sufrido
los desmanes realizados en un vano intento de hacerlos «más bonitos»,
cuando su hermosura radica en la propia vejez y la tradición que
acopia consigo a lo largo de los años. Es conveniente rehabilitar,
nunca sustituir.
Ejemplos de materiales empleados podríamos resumirlos en tres grupos:
de piedra -san Andrés de Mainar, san José de Peracense y el Pilar de
Almudévar-; de ladrillo -san Miguel de Huesa del Común, san Antón de
Monegrillo y san Vicente de Calatayud-; mixto -el Cabezuelo de
Navarrete, que se corona con una linterna-, como muestras más
representativas entre una gran cantidad a elegir.
Por sus formas arquitectónicas en: cilíndricos -el Pilar de Lechago,
san Roque de Bordalba, el Pilar de Cunchillos y las Almas de Atea-;
cuadrados -san Gregorio de Bisimbre, san Antón de Roda de Isábena y
los Santos (Fabián y Sebastián) de Torrelosne-gros-; mixtos -Ntra.
Sra. del Pilar de Visiedo, Sagrado Corazón de Longares y Santiponce
de Novallas.
Como curiosidad podemos ver el de san Antón de Bailo, en Huesca, que
tiene limosnero para que cada viajero o peregrino dejase su óbolo o
caridad -ésto se hacía tradicionalmente en todos-, tanto para su
conservación como para los indigentes y enfermos que llegaban a la
villa. Asimismo, tenemos uno con reloj de sol, el de Ntra. Sra. del
Pilar de Orcajo, en Zaragoza.
Los hay, y en buena cantidad, levantados por motivos votivos como el
de los Santos de Fuentes de Rubielos, en Teruel, en el cual se puede
leer una curiosa oración en la baldosa que ocupa la hornacina o el de
La Forma de Cosuenda, en Zaragoza, donde una larga explicación ocupa
todo el edículo pormenorizando los hechos que dieron lugar a su
alzamiento.
Para los cruceros nos servirían de muestra -el de la cruz Negra del
monasterio de Veruela de Vera de Moncayo y el de la Reina de Sos del
Rey Católico, en Zaragoza; de Loarre y Jabarillo, en Huesca; de
Singra (un culto al mal gusto) y santo Domingo de Alcañiz (derruida y
en trance de ser reconstruida), en Teruel- aunque no deberemos dejar
de visitar la Cruz Blanca y San Vicente de Caspe, san Severo de
Luesia, de Luna, en Zaragoza; de Fonz, Santa Engracia de Loarre,
Abay, Torre del Abad, Bailo, Estadilla, Alquézar y un largo etc., en
Huesca; Santa Eulalia del Campo, Mora de Rubielos, Manzanera, La
Codoñera y otros, en Teruel.
Rafael Margalé Herrero. Cosmocartógrafo
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