Trébede   Artículos del mes.
   Marzo de 2000

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Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura.

 
Homenaje a María Moliner.
Claves para el centenario

Artículo Completo!!

María Moliner es, para la mayoría de la gente, un nombre y un libro en dos tomos -su impresionante Diccionario de uso del español. Como mucho, se identifica a nuestra protagonista con la imagen de una mujer seria, de pelo gris recogido en un original, personal, moño, y de mirada penetrante tras los cristales de sus gafas: la fotografía que se difundió a raíz de su candidatura para ocupar un sillón en la Real Academia Española en 1972. Así, pese a ser prácticamente una contemporánea nuestra (murió en enero de 1981 -hace escasamente veinte años-), lo cierto es que no podemos recordar sus gestos, sus ademanes o su voz (difundida, con todo, a través de la radio, en una reciente edición del programa Fin de siglo). Tampoco sabemos de ella, como conocimiento compartido, generalizado, algo que vaya más allá de lo que tenga que ver con su talento como lexicógrafa y con la formidable fuerza de voluntad que refleja su obra, considerada frecuentemente como una verdadera proeza en su género.

No es tarea sencilla, pues, afrontar la organización y la coordinación de los actos con que el Gobierno de Aragón quiere conmemorar el centenario de doña María Moliner. Y ello, porque es claro el riesgo de deformar una realidad que no se conoce, en el aspecto más esencial, de forma directa. Se me dirá que esa situación suele producirse en la mayoría de los homenajes que se dedican a las personas ilustres. Pero yo me atrevo a subrayar lo singular de este caso. Por eso, la conmemoración del centenario del nacimiento de María Moliner implica un primer compromiso ineludible: se trata, en buena parte, de presentar, «de dar a conocer», a un ser humano, de méritos excepcionales, de la manera más exhaustiva y, al mismo tiempo, más fiel posible.

Biografía completa

Un eje fundamental, pues, en las actividades del centenario que nos atañe ha de ser la recuperación y la difusión de la vida y de la obra de María Moliner, con todas las implicaciones que esa tarea conlleva. Quisiera, en ese sentido, agradecer muy de veras a la revista Trébede el valioso trabajo que ha hecho al preparar este número monográfico, que ofrece un amplio abanico de perspectivas para comprender y valorar a doña María Moliner, y, sobre todo, para acercarla a todos los lectores, y que constituye, además, una ejemplar iniciativa, porque la conmemoración del centenario que nos ocupa, siendo un deber del Gobierno aragonés, es una ocasión que nos estimula y obliga a todos, más allá de lo puramente oficial. Aunque existe una interesante y cuidada bibliografía sobre la vida y la obra de María Moliner (el libro de Pilar Faus Sevilla, por ejemplo, sobre La lectura pública en España y el Plan de Bibliotecas de María Moliner -Madrid, Anabad, 1990- o numerosas reseñas, artículos, e incluso una monografía bastante reciente -Estudios sobre el «Diccionario de uso del español», Cádiz, Publicaciones de la Universidad, 1998- que tienen por objeto su producción lexicográfica), conviene destacar que todavía falta una biografía completa de la Dª. María -libre de imprecisiones e inexactitudes-. Biografía que debe permitirnos determinar mejor sus orígenes -aragoneses por los cuatro costados, según reconoció ella misma en alguna entrevista, y ubicados, al parecer, en torno al Campo de Cariñena, al menos en el caso de su madre, doña Matilde Ruiz Lanaja-. Este aspecto es especialmente interesante para comprender mejor el ambiente familiar en el que María Moliner creció y maduró, y cuya precisión debería contribuir a iluminar la trayectoria de sus primeros años madrileños (entre 1904 y 1912 / 1914), y el retorno a Zaragoza para hacer el bachillerato (1918) y estudiar la carrera de Letras (rama de Historia: 1918-1921), tras el penoso abandono de la familia por parte de su padre, que se marchó a la Argentina hacia 1912. En relación con esta etapa de la vida de la Dª. María, habría que aclarar también la relación de su familia con la Institución Libre de Enseñanza, donde parece que estudiaron sus hermanos, pero no ella (aunque está fuera de duda su trato epistolar posterior con D. Manuel B. Cossío y el contacto con la I.L.E. en los años treinta). Convendría, asimismo, determinar los planes de estudio que siguió María Moliner y los textos que pudieron servirle de guía. Es clara la vocación de la Dª. María por los temas lingüísticos -hay que recordar que, antes de llevar a cabo su ingente labor lexicográfica, impartió lecciones de gramática en la Escuela Cossío de Valencia, en cuyo Patronato trabajó de forma muy activa durante los años de la República, en la etapa vital que me parece de mayor plenitud para ella-, pero nada sabemos del origen de esos intereses lingüísticos en términos generales, y poco de las posibles fuentes (sobre todo, remotas) que pudieron servirle de inspiración. La propia confección de su diccionario ha sido explicada en sus aspectos quizá más anecdóticos, pero debe reflexionarse más sobre la propia elaboración del texto -las revisiones a las que lo sometió su autora y las que encargó don Dámaso Alonso desde la editorial Gredos, subordinadas siempre, claro está, al criterio de ella.

Una mujer del siglo XX

La recuperación de la vida y de la obra de María Moliner supone también la recuperación de muchas más cosas: una forma de ser mujer en el siglo XX, por ejemplo, especialmente singular en su generación. Como universitaria zaragozana, la joven Moliner compartió las aulas del viejo edificio de la Magdalena con cinco o seis muchachas más -una minoría, naturalmente-, de cuyos nombres nada sabemos; pero todavía más sorprendente resulta su primer trabajo en Zaragoza -que alguna compañera suya, archivera como ella, ha vinculado con la Diputación y ha recordado gratificado con 250 pesetas (según queda recogido en el programa, ya citado, Fin de siglo)-; y aún más destacable es el hecho de que, en 1922, recién terminada la licenciatura, doña María obtuviera plaza por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y fuera destinada al Archivo de Simancas.

María Moliner forma parte, pues, del todavía reducido grupo de mujeres universitarias de la España de los años 20: inteligentes, decididas, tenaces, y, aun claramente minoritarias en su tiempo, nada snobs -todo lo contrario, marcadamente naturales y sencillas-. Así recuerda hoy Carmen Caamaño, a sus 90 años, a María Moliner, nueve años mayor que ella: "Era una mujer muy natural, que se comportaba y se manifestaba con una soltura y una seguridad que no eran corrientes entre las mujeres de su generación; se advertía que se había educado en un colegio no religioso, con muchachos y muchachas, y que estaba acostumbrada, tras su paso por la Universidad, al trato con los profesores y con los compañeros". Carmen CaamañoŠ, símbolo ella misma también de tantas cosas admirablesŠ: entre ellas, la colaboración activa en las Misiones Pedagógicas de la República, en Madrid, que impulsó en Valencia con tanto entusiasmo María Moliner y en las que participó igualmente, con cargos de responsabilidad importante, su hermana, Matilde Moliner, catedrática de instituto.

En efecto: recuperar la vida de María Moliner supone también recuperar un ambiente, unos ideales, un programa de vida en el ámbito de la educación, en especial, en lo que respecta a la formación escolar y a la introducción a la lectura, sobre todo a través de las bibliotecas populares (o bibliotecas públicas actuales).

Así, en los años de la República (los años valencianos del matrimonio Ramón-Moliner), la figura de la Sra. Moliner es paradigmática para comprender la fe en la cultura y en la edu- cación como motores del cambio de la sociedad española que sentían muchos españoles de la época, particularmente los grupos intelectuales y, en concreto, los sectores afines al ideario de la Institución Libre de Enseñanza, con la que simpatizaba claramente el grupo de matrimonios que alentaron la Escuela Cossío de Valencia en 1930, entre los que se encontraban los Ramón-Moliner. En ese sentido, dentro del centenario que nos ocupa, resulta obligada la reedición de las contribuciones que María Moliner redactó en aquellos años: su comunicación al «Congreso Internacional de Bibliotecarios» (1935); las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas (1937), que figuran como texto anónimo; y el Plan de Bibliotecas (1939) que Pilar Faus Sevilla denomina de María Moliner recordando a su autora (los dos últimos textos aparecen incluidos en el libro de la propia Pilar Faus Sevilla).

Renovación pedagógica

Pero no sólo debemos recuperar esos textos: es necesario también reeditar otros claramente relacionados con ellos y que se hallan agotados: el propio libro de Pilar Faus, prologado por Vicenta Cortés Alonso, alumnas -ambas- de la Escuela Cossío valenciana, por ejemplo, o La escuela Cossío de Valencia. Historia de una ilusión (1930-1939) -Valencia, Generalitat Valenciana, 1984-. Y hay que recuperar también otros nombres -y los rostros- que fueron el alma de tantas palabras en el sendero de la renovación pedagógica y cultural en aquellos años treinta, entre los que destacan los de algunos aragoneses -me recordaba recientemente Vicenta Cortés el de José Ignacio Mantecón, amigo de toda la vida de Luis Buñuel, y el de Juan Vicens de la Llave. La vida de María Moliner, más bien, del matrimonio Ramón-Moliner, es, asimismo, el símbolo de muchas familias de profesionales tras la guerra civil: los que vieron desmoronarse sus ilusiones, sus esperanzas, sus objetivos, al término de ésta; sufrieron represalias y experimentaron en sus carnes la marginación social, esencialmente desde las esferas oficiales, y, a pesar de todo ello, supieron encontrar en la dedicación abnegada a la familia y en la dimensión cradora de su esforzado trabajo profesional el camino no sólo para restañar las profundas heridas de la tragedia vivida, sino para dejar una huella de sus convicciones intelectuales y morales: un testimonio vivo que sirviera de puente entre el proyecto que se truncó y el que, desde el fondo de sus almas, trataban de forjar desde su presente: En ese sentido, la elaboración del Diccionario de uso del español da idea de la fuerza interior y del vigor intelectual de Dª. María que invirtió más de quince años de trabajo, prácticamente sola, para sacar adelante esa obra monumental, hoy conocida en todo el mundo.

Promocionar la lectura

Así pues, dentro de los objetivos de la comisaría de este centenario, figuran como centrales la realización de un libro comprensivo de la vida y de la obra de María Moliner, que permita una interpretación plural y especializada de su protagonista, así como la elaboración de materiales audiovisuales que nos la acerquen más directamente al público, junto con el montaje de una gran exposición, que pueda itinerar, y que recupere la figura no sólo de ella sino, como he señalado, de los ambientes y de las épocas en los que transcurrió y se desarrolló su vida.

Pero yo creo que traicionaríamos a Dª. María Moliner si redujéramos la conmemoración del centenario de su nacimiento a una revivencia de ella misma, de su obra y de los sucesivos marcos en los que una y otra se inscribieron (siendo esta tarea, con todo, indispensable). Porque, como se percibe de inmediato, María Moliner fue esencialmente una mujer de acción, de iniciativas y, sobre todo, de tenacidad para llevarlas a buen puerto. Por eso, el otro eje esencial de este centenario me parece que debe convertir a la figura de Dª. María en el motor de acciones que conduzcan a resultados positivos, de corto y de largo alcance.

Bibliotecas aragonesas

En esa línea, esta conmemoración obliga a las instituciones públicas y privadas de Aragón a un compromiso particular en la promoción de la lectura y en la dotación adecuada de las bibliotecas aragonesas. Y ello, no sólo en lo que respecta a los materiales bibliográficos, sino a las instalaciones, a la conexión con las redes informáticas, y a la interrelación bibliotecaria, y todo ello, con especial proyección en los medios rurales. En otro orden de cosas, el centenario del nacimiento de María Moliner ha de propiciar el encuentro de los principales lexicógrafos del mundo hispánico. No sólo para recordar la excelencia de la obra de Dª. María, sino para marcar directrices o para adoptar medidas que puedan tener una repercusión útil en el dominio de la lexicografía hispánica, que está transformándose a pasos agigantados (baste recordar la reciente aparición del Diccionario del que es autor el equipo dirigido y encabezado por D. Manuel Seco o los trabajos en fase de realización -y las obras ya publicadas- por Luis Fernando Lara en México y Manuel Alvar Ezquerra en España, por citar sólo dos ejemplos muy representativos -sin olvidar, claro está, el enorme esfuerzo de modernización que está llevando a cabo la Real Academia Española-).

La conmemoración que se va a iniciar el próximo 30 de marzo debe proponerse como objetivo, finalmente, la proyección mundial de María Moliner: ciertamente, su diccionario se conoce en todo el mundo (si hay un país que se distingue por el número de sus usuarios es Japón), pero no así la identidad ni los méritos de su autora, ni tampoco su empeño en la difusión de la lectura como vehículo cultural para el enriquecimiento interior de las personas. Nuestro homenaje debe nacer, pues, con voluntad de lograr resultados que permanezcan y que puedan difundirse más allá de nuestros límites.

Para lograr estos objetivos, se precisa un compromiso sincero para materializar resultados por parte de las instituciones aragonesas, sobre las que pesa, insisto, un imperativo de responsabilidad; pero también es preciso el apoyo de las instituciones estatales, y sobre todo, el de la sociedad civil: las asociaciones culturales, los medios de comunicación, y las iniciativas de entidades privadas y de particulares. Creo sinceramente que la mejor menera de rendirle un homenaje a la figura de Dª. María Moliner es conseguir que sus proyectos no sean parte del pasado, sino que seamos capaces de convertir en un presente y en un futuro próximo los fines que ella persiguió a lo largo de su vida y, más concretamente, aquello por lo que tanto luchó desde sus cargos de responsabilidad: el enriquecimiento personal y colectivo mediante la promoción y la organización pública de la lectura.

María Antonia Martín Zorraquino. Comisaria del Centenario María Moliner

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