Punto final
- Editorial -
El sencillo, sentido y merecido homenaje que aquí y ahora tributa esta revista al altoaragonés Ramón Acín, debe ser ine-quívocamente intrepretado como recuerdo y dignificación de los miles de españoles demócratas que perdieron la vida por defender su ideario a manos de los enemigos de la libertad y de la justicia social a raíz del golpe militar de julio de 1936.
Corre de un tiempo a esta parte el interesado e insostenible alegato del núcleo más duro de la derecha hispana en contra del legítimo derecho de los familiares de las víctimas a recobrar, cuando menos, la dignidad de sus muertos en aquella inconcebible hecatombe. Interesado en cuanto buena parte de la fauna que puebla el paisaje más ultramontano y reaccionario del conservadurismo nacional desearía una que obviase para siempre la responsablidad de sus ancestros, mentores, ideólogos y ejecutores en aquella incomensu-rable masacre. E insostenible porque de lo que se trata, descaradamente, es de intentar pasar página antes de que todos la hayamos leído.
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JOSÉ
RAMÓN
MARCUELLO |
Sea como fuere, no es fácil entender la roqueña resistencia de la mayoría de la derecha española a reconocer, cuando menos, que las cosas fueron como fueron a partir de 1936. No es fácil entender que la jerarquía de la Iglesia Católica española, lejos de entonar un sincero y más que necesario por su colaboración, por activa y por pasiva, en tan execrable pasaje de nuestra propia Historia, se empecine, una y otra vez, en elevar a los altares a las víctimas -injustificables y dolorosas, sin duda alguna- de una guerra fratricida desatada precisamente por los sectores más antidemocráticos de la España montaraz. No es fácil entender, en suma, que se falsee la historia como actualmente se está haciendo tanto por activa -y allí está el exitoso (?) libelo escrito por un tal Pío Moa- como por pasiva, interpretando y poniendo en valor la sospecha de que, antes que un legítimo derecho a la dignidad, lo que los deudos de los masacrados pretenden a estas alturas de la Historia es el amargo placer de la revancha.
En sus primeras versiones, desde que el mundo es mundo, todas las historias aparecen escritas siempre por los vencedores. En siguientes ediciones, la verdad tiende a aflorar. Y es en el volumen de la versión revisada en la que el lector, pasado el tiempo suficiente, puede y debe beber para decidir, libre, serena e inteligentemente, qué, cómo y por qué paso lo que pasó. Y llegados aquí, punto final.
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Rueda, por ejemplo
La reciente inauguración de la hospedería del monasterio cisterciense de Nuestra Señora de Rueda, a orillas del Bajo Ebro aragonés, es una magnífica prueba de que cuando existe una clara y firme voluntad política de hacer las cosas -y, además, en este caso, de hacerlas bien-, nada puede impedir el objetivo fijado.
Han tenido que pasar trece largos años para que el bellísimo cenobio, arruinado y expoliado tras la tan bienintencionada como nefasta desamortización de Mendizábal, pudiera recuperar buena parte de su impresionante majestuosidad. En todo ese tiempo, se han invertido considerables cantidades de dinero del erario público, un desigual derroche de tenacidad y de credulidad política y un viejo y legítimo anhelo de los habitante de la Ribera Baja por salir de un injusto abandono por parte de las distintas administraciones.
La puesta en valor de Rueda a partir de una magnífica y costosa hospedería concebida como locomotora que tire, poco a poco, de la rehabilitación integral del recinto es, además de cara, indudablemente arriesgada. El Gobierno de Aragón y la empresa concesionaria de su explotación deberán hacer, sin duda alguna, un considerable esfuerzo económico y de imaginación para rentabilizar, poco a poco, un espacio inigualable pero de muy costosa promoción y amortización. La concreta ubicación del cenobio, el desconocimiento generalizado de su existencia y de su altísimo interés histórico-artístico y la carencia -por el momento- de centros de demostrado atractivo complementario, hacen aún más arriesgada una apuesta que, en todo caso, no ofrecía muchas más alternativas.
Porque es precisamente en ese punto en el que hay que situar el viejo y nunca bien resuelto debate de la redención del riquísimo -y, en la mayoría de los casos, único e irrepetible- patrimonio histórico-artístico aragonés. Por su concreta situación en el tiempo y en el espacio, Aragón es, sin duda alguna, el territorio histórico que más y mejores huellas conserva de su propio pasado en el contexto de eso que algunos aún llamamos -y aspiramos sin disimulo a seguir llamando- España. Sin embargo, los tiempos (nunca excesivamente generosos para con esta tierra nuestra, bien es cierto) fueron abocándonos a una situación en la que, como en el pasaje bíblico, mucha es la mies y pocos los segadores.
Así las cosas, además de al expolio de buena parte de su mejor patriminio por parte de rapaces de muy diverso plumaje, Aragón ha tenido que hacer frente a la inabarcable tarea de rehabilitar y poner en pie un vastísimo patrimonio monumental contando con escasísimos recursos propios y más bien pocas ayudas exteriores. De allí la necesidad objetiva de idear un sistema inversor orientado a la amortización de un patrimonio que la incultura po-lítica (de la que las desamortizaciones del siglo XIX serían su más claro paradigma), la incuria social y la debilidad político-económica de una sociedad, acabaron por desamortizar y poner el borde del colapso irreversible.
Rueda, como San Juan de la Peña, Veruela o Piedra, se salvarán felizmente para siempre en función de su propia capacidad de atracción y de satisfacción de las expectativas del visitante. Unas expectativas que, en pleno siglo XXI, van más allá de los apuntes a carboncillo de Parcerisa o del resto de la esforzada pléyade romántica. De pasado y de historia en Aragón andamos más que sobrados. Vamos a ver si somos capaces, entre todos, de vender, además, un poco de presente y, sobre todo, un mucho de futuro. Y, en ese sentido, Rueda es un excelente barrunto.
José Ramón Marcuello. Director de Trébede
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Turrones, grageados
y chocolates. Lacasa
Desde el verano, la factoría de Lacasa en Zaragoza muestra una actividad frenética: a la elaboración de los productos habituales durante todo el año, se suma la campaña del turrón. hay un producto estacional, es éste, afirma Javier Pascual, director de fábrica, .
Texto: Mari Sancho Menjón
Documentación: Isabel Soria
Fotos: Evolución (Centro Aragonés
de Diseño Industrial)
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A través de la Prensa
En la faceta de dibujante y escritor en prensa de Ramón Acín Aquilué, destaca su talento artístico y su compromiso ideológico. Esta actividad dura tan sólo veinticinco años y no siempre será de forma continua. Dibuja y escribe entre 1911 y 1936, en distintos periódicos peninsulares siendo el Diario de Huesca el único lugar donde siempre encontrará un espacio abierto.
Miguel Bandrés Nivela. Licenciado en Bellas Artes
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La cultura de la memoria republicana
Jaca, julio de 1936. Pocos días después de producirse el fallido golpe
de Estado que daría comienzo a la guerra civil, un grupo de falangistas destroza a martillazos, en un zaguán del Ayuntamiento de la ciudad, unos relieves en escayola que, listos para ser fundidos en bronce, estaban destinados a completar el monumento que la ciudad había decidido levantar a la memoria de los capitanes Fermín Galán
y Ángel García Hernández. Finalizaba así la historia del proyecto diseñado por el artista oscense Ramón Acín, quien, apenas un mes después, el 6 de agosto de aquel sangriento verano, moriría ejecutado por las autoridades del nuevo orden nacionalista.
Nicolás Sesma Landrin. Residencia de Estudiantes
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Nuestro Maestro
Qué tendrá la palabra Maestro
que nos gusta tanto. Ciertamente, cuando hablamos de alguien
que nos ha dado clases, que nos ha enseñado alguna materia o actividad en la vida,
sea en la escuela, en el instituto, en la universidad o en algún oficio, podemos referirnos
a él o a ella con un gran respeto, incluso con cariño, a veces. Pero cuando esa persona ha influido en nuestra vida, no sólo técnica o profesionalmente, cuando ha dejado una profunda huella en nosotros por su forma de ser, por su comportamiento ejemplar, por la relación
afectiva que ha establecido con nosotros, entonces utilizamos la palabra Maestro para definirla. Querer a los alumnos, desear con toda el alma que salgan airosos de los
aprendizajes sin renunciar a ser ellos mismos, respetando su personalidad y
ayudándoles a desarrollar toda su creatividad, eso es ser Maestro.
Sebastián Gertrúdix Romero de Ávila Maestro. Investigador y escritor
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