| Artículos del mes. Noviembre de 1999 |
| Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura. |
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El siglo XVI fue el siglo de oro aragonés en lo que respecta al arte en
general y a la arquitectura en particular. En esa centuria se edificaron
los más suntuosos palacios aragoneses, las mejores iglesias y los más
primorosos retablos, junto con algunas de las mejores torres que podemos
ver en Aragón. Pero no sólo eso: la mayor parte de las fuentes anteriores
al siglo XX se levantaron en el XVI, al igual que los puentes más atrevidos
y las no menos ambiciosas acequias.
Todos los estamentos sociales, en función de su capacidad económica, se
embarcaron en proyectos de mayor o menor envergadura: la Diputación del
Reino se ocupaba especialmente de los puentes, en tanto que la Iglesia, la
aristocracia, la pequeña burguesía y las hermandades de regantes se
ocupaban de construir azudes y de abrir acequias tan importantes como la
Imperial, y las de Tauste o Civán 1.
En esos años, los concejos desarrollaron una actividad febril en el ámbito
de las obras públicas en general. Para abaratar el precio del pan,
levantaban los molinos más potentes que se habían construido nunca,
aplicando, en el caso de los más ricos (Daroca, Calatayud, Tauste y
Zaragoza), la novedosa tecnología del regolfo. Fue entonces cuando los
concejos de toda condición, incluso soportando onerosos impuestos, se
ocuparon de llevar el agua hasta las poblaciones, donde la hacían surgir
mediante fuentes más o menos ostentosas, de las cuales aún queda un extenso
muestrario a lo largo y ancho de Aragón. También se ocuparon de la
construcción de puentes que, por hallarse más apartados de las vías
principales de comunicación, no tenían otra financiación.
La burguesía y la aristocracia también edificaban puentes para mejorar la
vida de los habitantes de los lugares que señoreaban, y a la vez que
levantaban sus magníficos palacios y casas de campo, construían jardines a
los que dotaban de «pesqueras» y «burladores». Las primeras eran, en este
caso, de exclusivo uso ornamental: allí donde los más ricos disfrutaban
observando los peces, como en las casas de Miguel Velázquez Climent y Juan
de Torrellas en Zaragoza, o las de Guillén Cleriguet o el infanzón Arnedo
en Huesca.
Los burladores consistían en un conjunto de conducciones enterradas que se
accionaban a voluntad de sus dueños, para bromear mojando a sus invitados,
damas especialmente, con finos chorros de agua que partían desde el suelo.
El único que hemos podido documentar fue el encargado por el conde de
Aranda para su palacio zaragozano.
Los maestros
La mayor parte de los artífices que llegaron a maestros de obras, ocuparon
un lugar de relativa importancia en la escala económico-social de la época;
algunos incluso tuvieron un lugar destacado en el Aragón renacentista, como
el bearnés (nacido en Castetbon) Guillén de Tuxarón, autor de las rejas de
los más importantes templos de la época (iglesias del monasterio de El
Escorial y de San Jerónimo el Real de Madrid, así como las dos mejores que
alberga la Seo zaragozana, para las capilllas de Zaporta y D. Hernando de
Aragón). También construyó molinos e ingenios diversos y colaboró en la
construcción de puentes, dejando a su hijo como maestro Mayor de la Casa de
la Moneda de Zaragoza. Otros no fueron tan afortunados e incluso tuvieron
que huir o soportar la cárcel por no hacer frente a una fianza, al calcular
mal el coste de un trabajo y no poder acabarlo. Los hubo que murieron sin
apenas recursos o en la ruina, como Jaime Fanegas, una de las personas con
mejor historial y reputación profesional, que, tras ganar mucho dinero en
algunas obras, lo arriesgó en otras, con la mala fortuna de que sus dos
últimos negocios (los puentes sobre el Ebro y Gállego) le dejaron
arruinado.
Hubo otros, como Juan de Landerri, que cambiaron su trayectoria
profesional, puesto que, tras comenzar como aprendiz en la talla de las
sillas del coro de la iglesia del Pilar, continuó su carrera como cantero,
donde llegó a ser uno de los más cualificados maestros de obras hidráulicas
de la época.
Sin duda, el dato hallado en el transcurso de la investigación que puede
resultar más significativo, es el hecho de que los maestros que realizaron
las obras hidráulicas de mayor envergadura, se habían formado en trabajos
de arquitectura. Las obras de Aracil, Landerri, Monter, Zumista y un largo
etcétera que podemos ampliar a casi todos los maestros seguidos en la
investigación, así lo demuestran: primero hicieron casas y templos, pero
sólo cuando alcanzaron la cumbre en su carrera se dedicaron a las obras
hidráulicas.
Esta madurez profesional, en los pocos casos que se había detectado, se
achacó a la «vida bohemia» de los artífices y a su necesidad de ejecutar
trabajos de inferior categoría para subsistir: se venía interpretando
erroneamente la construcción de azudes como una tarea menor.
Avalistas
Los grandes maestros fueron personajes muy solicitados en su época, puesto
que las obras hidráulicas más importantes, que requerían la inversión de
cantidades ingentes de dinero, únicamente estaban al alcance de unos pocos.
Esto era debido a que en aquella época no bastaba con ser buen técnico,
sino que también resultaba imprescindible contar con avalistas que
confiasen en el buen hacer del maestro.
Durante el siglo XVI, para contratar una obra era un requisito
imprescindible depositar una fianza por el mismo valor del contrato. Por
esta causa, tan sólo los más afamados constructores podían gozar de la
confianza de unas personas (generalmente colegas, artesanos y comerciantes)
que arriesgaban su patrimonio al avalar la obra.
La contrapartida a estos fiadores es algo que no hemos logrado descubrir,
pero presumimos que sería importante, puesto que, en caso de fracasar la
obra por deficiente ejecución, no acabarla, o si la impericia del maestro
provocaba su ruina prematura, le sería reclamada al maestro la cantidad
percibida, más una indemnización.
El riesgo para los fiadores estribaba en que, generalmente, cuando un
maestro contrataba una obra no disponía de bienes propios, puesto que los
ocultaban en forma de ventas falsas, o trasladaban los títulos de propiedad
a otro reino hasta concluir la obra y su periodo de garantía, o bien
cualquier otro artificio legal. Por ello, en los escasos ejemplos hallados
al respecto, casi siempre eran sus fiadores los que tenían que aportar la
cantidad avalada. En caso de no disponer de ella, que era también lo
habitual, se les enviaba a la cárcel hasta que, mediante donativos y
limosnas, era saldada la deuda.
En este trabajo hemos localizado cerca de dos centenares de artífices que
realizaron trabajos en el ámbito de las construcciones hidráulicas, desde
pequeñas fuentes ornamentales a grandes puentes, azudes o molinos, siendo
francamente escasos los problemas derivados del incumplimiento de algún
contrato.
Los puentes
Los avances en las técnicas de edificación respecto a los siglos
anteriores, junto con una situación económica especialmente brillante,
motivaron la construcción de numerosos puentes. Muchos de ellos, al
contrario de como se había hecho hasta entonces, no se realizaron donde la
anchura del río o las características del terreno eran propicias, sino que,
además de tener en cuenta lo anterior, se prestó especial atención a otras
circunstancias como la seguridad y comodidad de paso, o la proximidad a
poblaciones y caminos principales. Posiblemente ésta sea una de las razones
por las que un gran número de ellos no haya sobrevivido al paso del tiempo
y especialmente a las grandes avenidas, puesto que la buena marcha de la
economía hizo que se arriesgara mucho más en su construcción.
Es interesante señalar cómo a pesar de ser varios los maestros cualificados
para construir grandes puentes de piedra de nueva planta (al menos una
decena), para reparar los dañados el asunto se complicaba bastante. Entre
las personas con probada capacitación para estas tareas, sobresale Domingo
Bachiller, maestro gascón que trabajó en las reconstrucciones de los
puentes sobre el Gállego y el Ebro en Zaragoza: fue necesario irlo a buscar
a Francia y entablar arduas negociaciones con él, puesto que ni en Aragón
ni en Castilla encontró especialistas el concejo zaragozano.
Son muchos los puentes que se hicieron en la época, pero pocos los que han
llegado hasta nosotros: de más de treinta puentes en que hemos documentado
trabajos, tan sólo quedan cinco en relativo buen estado. Son: sobre el
Flumen en Huesca, junto a la Escuela de Capacitación Agraria; en Villanúa
sobre el río Aragón; en Alagón sobre el Jalón, bajo la autovía; San Lázaro
de Calatayud, sobre el Jalón; Puente de Fanlo en Ipiés, sobre el Gállego y
Arguis sobre el Isuela.
Entre los puentes desaparecidos, destaca el de Montearagón en Quicena,
pero, sobre todo, los levantados sobre el Cinca en Monzón y sobre el
Gállego en Zaragoza, en los que se invirtieron ingentes sumas de dinero. El
primero fue destruido en el siglo siguiente a causa de la guerra de
secesión catalana. En cuanto al puente del Gállego de Santa Isabel, éste no
llegó a ponerse en servicio, puesto que instalando ya los pretiles una
enorme avenida del río se llevó varios de sus arcos, dañó otros y dejó en
seco buena parte de los restantes al cambiar el río su curso
Cubos
Sorprendentemente, no son muchos los molinos construidos de nueva planta
durante el siglo XVI. Las obras localizadas se refieren, en su gran
mayoría, a modificaciones en molinos ya existentes destinadas a instalar
cubos en lugar de canales. (Los cubos son recipientes de cantería, a modo
de pozo, que sirven para ampliar la presión del agua y por lo tanto el
rendimiento del molino).
Obras de este tipo se han localizado en Zaragoza (molinos del Mosnillo, de
la Sal y Talavera), Ricla (molino de Canaba o Cánova), Villanueva de Huerva
(molino Viejo), Botorrita (las Herrerías), La Puebla de Alfindén, Tosos y
Alagón en la provincia de Zaragoza, Castillazuelo y Puyazuelo en la de
Huesca y del Cubo en la de Teruel.
Entre los molinos que se levantaron de nueva planta, hemos localizado los
siguientes: Suelves, Pozán de Vero y Jaca (molino de Las Caridades) en
Huesca, Cosuenda, Abanto, Blesa y Gallur en la de Zaragoza y La Fresneda en
Teruel.
Molinos de regolfo
Una de las sorpresas que ha deparado el trabajo realizado, ha sido la
constatación documental de la existencia de unas turbinas rudimentarias,
pero turbinas en definitiva, que gozaron de gran popularidad en el Aragón
de la segunda mitad del siglo XVI. De la existencia de este accionamiento
tan sólo se tenían noticias por su descripción en el famoso manuscrito
llamado Los veintiún Libros de los Ingenios y las Máquinas 2, pero incluso
se había llegado a dudar acerca de si llegaron a existir o fueron tan sólo
una invención del anónimo escritor.
En el trabajo de referencia, no sólo hemos documentado minuciosamente la
construcción de uno de ellos, ni más ni menos que el molino municipal de
Zaragoza, sino que hemos hallado pruebas de su existencia en otras
poblaciones como Calatayud, Daroca, Huerto, Pina de Ebro, Tauste y Tudela.
Los molinos de regolfo permitieron aprovechar la energía disponible en los
considerables caudales de algunas acequias, pero que debido a la escasa
altura de salto que podían conseguir, no tenían opción alguna de instalar
otro accionamiento. Por lo tanto, la aparición del sistema de regolfo hizo
posible extraer la, hasta entonces, inútil energía contenida en los saltos
menores de tres metros con grandes caudales.
El Canal Imperial
La historia del Canal Imperial es sobradamente conocida, sin embargo, la
fuente de la que se ha partido en la práctica totalidad de los escritos, es
la obra del Conde de Sástago y los informes de Badín. En el primero de
ellos, la apología que se hace de Pignatelli oculta las obras realizadas en
el siglo XVI, y las afirmaciones de Badín contienen inexactitudes que
probablemente pretendían aumentar el volumen de las obras a realizar.
En el trabajo citado, hemos obtenido importantes datos acerca de la
construcción de la Acequia Imperial, aunque la documentación encontrada ha
sido menor de lo esperado.
Una de las más importantes constataciones, es que, contrariamente a lo que
se daba por cierto hasta ahora, el agua de la Acequia Imperial llegaba a
Zaragoza en 1560, puesto que tras echarse en el Jalón frente a Grisen, era
recogida por la acequia de la Almozara y conducida hasta las puertas de la
capital. Así ha quedado registrado en documentos tan fiables como varias
actas notariales en las que se expresa claramente el caudal aportado por la
Acequia Imperial al Jalón.
A juzgar por los documentos manejados, la llegada a Zaragoza en 1568 de
Juan Francisco Sitón, el ingeniero de Felipe II, estuvo ligada a la
continuación de la acequia a partir del río Jalón. Sitón, junto a Guillén
Bertox (maestro mayor de la acequia) se ocupó de su continuación hasta
Zaragoza, mediante la construcción del sifón y su discurso por los llanos
de Pinseque, en un tramo de unos cinco kilómetros a partir del citado
punto. Esta acequia, conocida en Pinseque con el nombre de «Revieja», no
llegó nunca a transportar agua y tampoco fue aprovechada posteriormente.
Azudes
Hace más de dos milenios que la construcción de azudes está documentada en
Aragón. Desde entonces la técnica ha progresado notablemente, sin embargo,
los azudes más simples continúan realizándose del mismo modo, apartando la
grava del curso del río y dirigiendo la corriente hacia la toma de la
acequia.
Los azudes de escollera, tampoco han sufrido cambios apreciables y,
curiosamente, los más recientes azudes presentan un perfil cuyos orígenes
se remontan al siglo XVI; es el azud de triple curva que podemos ver en los
Veintiún Libros... y en el contrato que firmó Miguel de Betania con los
monjes de Montearagón y el concejo de Huesca.
Cuando los azudes contaban con una buena cimentación y una esmerada
ejecución, comprobamos que su longevidad es más que notable, como aún se
puede constatar en el azud que construyeron sobre el río Aguasvivas tres de
los más grandes canteros de la época: los hermanos Zumista y Sancho García
de la Cueva. Estos afamados canteros fueron llamados porque las frecuentes
avenidas del pequeño río desbarataban continuamente el azud. Hicieron honor
a su fama y construyeron una obra tan perfecta que aún hoy podemos
apreciarla en muy buen estado.
También se construyeron azudes con una técnica tan eficaz, que no sólo han
llegado hasta nuestros días casi en perfectas condiciones, sino que habían
sido tomados por romanos, como es el caso del azud del Pueyé en el río
Vero, obra del maestro Juan de Aracil en 1576.
Esta forma de construir, al estilo de los romanos, también se manifiesta a
la hora de levantar presas para riego, puesto que no parece ser que en la
época estudiada tuviesen demasiado interés en cerrar directamente el paso a
los pequeños o grandes ríos; sin embargo, hicieron embalses cerrando
pequeñas vaguadas, y los llenaron derivando caudales desde ríos y
barrancos. Así se construyeron embalses en Chimillas, Loreto y Castiliscar,
con obras de importancia que se alimentaban del agua proveniente de
acequias y llegaban a contener capacidades cercanas a los quinientos mil
metros cúbicos. Las dos primeras (Chimillas y Loreto) están muy cerca de
Huesca y almacenaban el agua que, procedente del Isuela, se tomaba mediante
un azud en Nueno. La estanca de Castiliscar, en la provincia de Zaragoza,
lo hacía del pequeño río de su nombre, cuyas aguas son conducidas a través
de una acequia con complicada toma.
Abastecimientos de agua potable
El siglo XVI se caracterizó por el interés de los poderes públicos en hacer
más cómodas y bellas las poblaciones, conduciendo el agua desde los
manantiales tradicionales, o haciendo nuevas captaciones hasta llevarla a
los vecinos mediante largas y costosas conducciones. De la popularidad de
las fuentes renacentistas, baste decir que la mayor parte de las fuentes
anteriores al siglo XX que existen en Aragón, posiblemente se deban a tan
generosa centuria. El modelo que siguen, salvo en fuentes ornamentales como
la del Vivero en Barbastro y la de Fonz, en Huesca, o la de Bañón en
Teruel, es siempre el mismo: primero, una construcción de sillería con un
arco en su frente, bajo el que brotan dos o más caños; a continuación
estaba el abrevadero y, por último, las aguas llegaban al lavadero. Esta
misma disposición se repite en decenas de fuentes repartidas por todo
Aragón y cabe la posibilidad de que fuesen «importadas» desde Cuenca por
dos maestros fonteros formados en dicha ciudad y artífices de su
abastecimiento de aguas: Juan Velez de Hontanilla y Juan del Camino.
Fuentes renacentistas encontramos en Barbastro, Berbegal (frente a la
ermita de San Gregorio), Hoz, Morilla, Barbuñales, Casbas (la fecha grabada
es la de su reconstrucción), Loarre, Aguas, Alquézar, Gistain, Bolea,
Labata, Huerto, Sesa, Adahuesca, Sabayés, Lascellas, Radiquero, Biscarrués
y Ayerbe.
En Teruel encontramos las de Celadas, Camarillas, Cedrillas y Javaloyas. Y
por último, en la provincia de Zaragoza tenemos las de Calatayud, Longares,
Encinacorba, Sos, Paracuellos de la Ribera, Villarroya de la Sierra, Moros,
Daroca, Miedes, Romanos, Cariñena y Ejea de los Caballeros.
De entre todas las obras destinadas a conducir el agua potable a las
poblaciones, destaca el abastecimiento de Teruel, obra del que quizá fuese
el más completo de los constructores del siglo XVI: Pierres Vedel.
Al igual que en Cuenca, las conducciones de Teruel han permanecido en
servicio hasta después de mediados de nuestro siglo, aunque no así las
fuentes públicas de la época, de las que únicamente perdura la existente en
la fachada de la catedral. Sin embargo, se mantiene en perfecto estado el
que posiblemente sea el mejor acueducto español de dicha época, el
acueducto de «Los Arcos».
Otras obras
Una obra muy importante realizada en aquel tiempo, fueron los muros de
contención de la localidad altoaragonesa de Biescas, que aún ahora protegen
a la población de las avenidas del Gállego.
Para finalizar este apresurado y superficial repaso al trabajo publicado,
hablaremos de una de las obras públicas más notables y curiosas del siglo
XVI: la mina de Daroca.
Se trata de un enorme túnel que sirve para evitar que en época de grandes
lluvias o trombas de agua, las avenidas de un barranco discurran por la
calle Mayor de la localidad zaragozana, que hasta entonces sufría
periódicamente graves inundaciones.
El único remedio posible a estos cíclicos desastres, era la titánica obra
de hacer pasar las riadas a través de la ladera de uno de los montes que
circundan la ciudad, después de ser conducidas mediante un largo muro. Este
trabajo también le fue encomendado al maestro Vedel.
En 1585 el rey Felipe II visitó la mina y la atravesó completa junto con
toda la corte, puesto que a pesar de su actual abandono y del
desconocimiento general, ésta fue una de las mayores obras públicas
europeas de su época.
La mina continúa siendo hoy día una obra sorprendente, tanto por el trabajo
que supuso, como por lo espectacular del paisaje, especialmente en su
salida. Pero en tanto que la ciudad de Daroca tiene un monumento al ruejo
(muela de moler olivas) que, según la tradición, evitó una gran inundación,
la visita de la obra resulta difícil para el viajero ocasional.
Carlos Blázquez Herrero. Investigador de Obras Hidráulicas. Severino Pallaruelo Campo. Catedrático de Geografía e Historia
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