Las orejas del lobo
- Editorial -
Este verano que comienza a agonizar nos ha traído dos noticias
aparentemente inconexas pero igual de inquietantes y de premonitorias. De
una parte, los dramáticos sucesos de Génova. De otra, la temible operación
«Olympia», es decir, el plan de saneamiento económico de la todopoderosa
multinacional General Motors, de cuya filial Opel España dependen en Aragón
15.000 puestos de trabajo, entre directos e indirectos.
Lo sucedido en julio durante la reunión del olimpo económico mundial (más
conocido por el neutro alias de G-8) revela, cuando menos, la vigencia del
axioma científico de que a toda acción le corresponde una reacción: a la
globalización de la economía, la
globalización de la protesta; a la interconexión electrónica de acti-
vos bursátiles entre continentes a tiempo real, la convocatoria a la
rebeldía vía Internet; a la internacionalización del dinero, el progresivo
ecumenismo de la pobreza. Así de sencillo, así de trágicoS ¿así de
irreversible?
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JOSÉ
RAMÓN
MARCUELLO |
La crisis por la que atraviesa la mastodóntica multinacional del automóvil
debe ser leída, necesariamente, a la luz de la llamada
globalización, ese nuevo decálogo económico mundial en cuyo diccionario
«excedentes» equivale a «pérdidas» o cualquier ganancia por debajo de lo
estimado a bancarrota. Todo ello, claro está, para el cada vez más rico y
reducido círculo del llamado Primer Mundo, mientras las fronteras del
Tercer Mundo se agrandan cada día a pasos agigantados.
Pero ese foso progresivo no sólo aísla cada vez más a los países ricos de
los pobres sino que debe hacer reflexionar seriamente a
países desarrollados en los que operan -y no precisamente por altruísmo-
las grandes y gigantescas multinacionales. Y, en este campo, los temores
que han ido aflorando en torno a la factoría de Opel España en Figueruelas
(para la que trabajan 8.500 aragone-
ses en planta, más otros 6.000 repartidos en casi un centenar de industrias
auxiliares) no han hecho más que poner en evidencia el fundado temor de que
detrás de los monocultivos suele anidar la más tremenda de las hecatombes.
Desde hace más de 20 años, la industria aragonesa se ha ido agarrando
progresivamente a la tabla de salvación de la Opel
conforme agonizaba el sector electroquímico de Sabiñánigo y de
Monzón, entre otros. Así las cosas, la dependencia económica
de Aragón respecto de la factoría de Figueruelas se ha ido haciendo cada
vez más decisiva. Al día de la fecha, las noticias que llegan de Alemania
parecen tranquilizadoras. Pero, ¿hasta cuándo y en qué medida real?
En los campos del Bajo Jalón, cuando cae el precio del maíz, siembran
alfalce o leguminosas. Las cadenas de montaje no saben de cultivos
alternativos, ni siquiera en invernadero.
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De Bruselas a Fayón
Así, a primera vista, podría parecer el título de un libro de viajes, obra
de uno de los innumerables europeos que visitaron España a lo largo del XIX
empujados por el vendaval del Romanticismo o atraídos por el señuelo
heroico de la Guerra de la Independencia. Pero nada más lejos de la
realidad: es un vuelo imaginario entre la meta de la llamada «marcha azul»
y un pueblo aragonés acostumbrado, desde antiguo, a perder todas las
guerras del agua.
Con un poco de suerte, tras la marcha sobre
Bruselas, algo más se sabrá en Europa de un río y
de una cuenca en el corredor de la muerte a manos de una especie de
«mini-globalización» al hispánico modo, una versión atenuada del viejo
principio que sostiene que alguien tiene que ser un poco más pobre para que
alguien sea un poco más rico. Y, además, de forma imparable e irreversible.
Así las cosas, que los dioses nos sean propicios, leve la tierra y ojalá
los señores europarlamentarios se lo piensen dos veces antes de abrir el
cajero de Europa para financiar el mayor despropósito hidráulico de la
historia de este país.
Ahora bien, la «marcha azul» sobre la capital de la Unión Europea debería
tener, aunque sólo fuera por cortesía, su oportuna réplica, su justo
partido de vuelta consistente en un viaje de una comisión europarlamentaria
por tierras de Aragón. Invitados a cuerpo
de rey por el Gobierno de Aragón -tan falto de ideas el probrecico a este
respecto-, sus euroseñorías podrían visitar, nada más cruzar la frontera,
la agonizante Canal de Berdún, el desierto valle del Ara, los rápidos de la
Galliguera a los pies de lo que queda de Riglos o la moribunda Ribagorza
que pretenden amortajar en Santaliestra.
Para rehacerse del susto, los viajeros podrían hacer cola ante las
cisternas que abastecen cada día de agua de boca a decenas de pueblos de la
mismísima ribera del Ebro. Recuperado el aliento y tras un refrescante
periplo a través de los Monegros, los expedicionarios deberían callejear
por las calles del viejo Mequinenza, al pie del montaraz castillo,
primorosamente restaurado, para su particular uso y disfrute, por la misma
empresa hidroeléctrica que mató el pueblo con premeditación, nocturnidad y
alevosía.
Y ya a tiro de piedra, a través de una carretera digna del París-Dakar, los
padres de la patria Europa, deberían recalar en Fayón, una pequeña villa de
diseño -y todos sabemos cómo diseñaba el franquismo- de menos de 500
habitantes, asentada en un culo de saco que no lleva a ninguna parte.
Bueno, sí: directamente al pantano del que emerge, patética y acusadora, la
torre del viejo pueblo. Un pueblo desalojado de madrugada a punta de
mosquetón y tricornio, bajo la terrible mentira de que la presa de
Mequinenza se estaba viniendo abajo.
Aquella madrugada -17 de noviembre del año 1967-, Fayón tenía 1.800
vecinos, campos, huertas en el Matarraña, minas de carbón y decenas de
laúdes cuyos patrones vivían del transporte por el Ebro. Hoy, casi cuatro
décadas después, Fayón tiene menos de 500 habitantes, los campos al otro
lado del río -lo que obliga a sus cultivadores a un rodeo de unos 40
kilómetros-, una huerta sin agua, una memoria documental sepultada en el
fondo del pantano de Ribarroja (tanto el archivo parroquial como el
municipal se ahogaron para siempre aquel fatídico amanecer) y una piscina
que, como un insulto a la institución provincial que la proyectó y
financió, pierde casi una cisterna diaria por una grieta que nadie acierta
a reparar.
Con su proverbial sentido de la hospitalidad, el alcalde de Fayón, José
Arbonés, les invitaría a comer
y a subir a la ermita del Pilar. Luego, a la bajada,
quizás se atreviera a sugerirles, tímidamente, una rápida visita a su
empresa asentada en el pueblo. Allí, decenas de chicas de Fayón
confeccionan, con esmero y tenacidad, las piezas que diseña el hijo del
alcalde. ¿Y qué hacen en el taller textil fayonense?
Pues ni más ni menos que bañadores para
atletas de alta competición. ¿Entenderían fácilmente sus euroseñorías
tamaña paradoja? A lo mejor, el guía destacado por la DGA para el even-
to tendría que hacer un difícil esfuerzo para salir de tan contradictorio
embrollo.
José Ramón Marcuello. Director de Trébede
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Industrioso Cinca Medio
Situada al sur del Somontano de Barbastro, la comarca del Cinca Medio está
compuesta por nueve municipios repartidos en una superficie poco mayor de
570 km 2, con un predominio de los núcleos urbanos frente a municipios
pequeños y con la máxima densidad de población de toda la provincia de
Huesca. La comarca del Cinca Medio posee una de las mejores articulaciones
en el entorno que conforma la ribera del río Cinca con un rápido acceso
entre los municipios y la cabecera de la comarca. A ello hay que sumar el
hecho de que existe un equilibrio entre los sectores agrícola, ganadero e
industrial, de forma que la zona se perfila como una de las comarcas más
armónicas en el campo económico dentro del nuevo mapa administrativo de la
Comunidad Aragonesa.
Trébede
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El barro de la vida.
Alfareros y tejeros en Santa Cruz de Moncayo
Casi 40 años después de que el último alfarero, Escolástico de Val, dejase
de trabajar y de que cerraran los tejares, Santa Cruz de Moncayo ha
recuperado los dos oficios tradicionales que fueron el motor de su economía
durante siglos. Todo comenzó con la puesta en marcha, por iniciativa
popular, de un pequeño museo en el que mostrar este rico pasado lleno de
barro y un pequeño taller de cerámica. La iniciativa privada hizo el resto:
hoy una alfarera, Gema Muñoz, vuelve a dar vueltas al torno en ese taller y
otro vecino del pueblo, Alfredo Val, ha recuperado la industria tejera.
Santa Cruz vuelve a enarbolar banderas de humo con olor a tierra cocida.
Juan Carlos Garza. Periodista
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La agitada vida de Torres Escartín. «Tuyo y de la anarquía»
La existencia de Rafael Liberato Torres Escartín, «un sentimental rayando
en lo infantil1», un hombre que en la mayoría de fotografías que de él
conocemos aparece encadenado, que pasó prácticamente la mitad de su vida
entre cárceles y manicomios, y que murió fusilado por las tropas de Franco,
comenzó en la casa cuartel de la Guardia Civil de Bailo (Huesca), el 20 de
diciembre de 1901.
Su padre, Pedro Torres Marco, allí destinado, era natural de Bolea, y su
madre, Orencia Escartín Villacampa, de Biescas. Un hermano de Torres
Escartín, Benito, fue encausado con motivo de la huelga que en 1932
paralizó las fábricas de Sabiñánigo en demanda de mejores condiciones
laborales. Las acusaciones contra él y nueve trabajadores más fueron por
los delitos de incendio, explosión y tenencia ilegal de armas y explosivos,
con petición fiscal de una pena de 34 años de cárcel para cada uno.
Defendidos por el famoso abogado Eduardo Barriobero, salieron en libertad.
Otro hermano, Fidel, que residía con sus padres en Ayerbe fue fusilado en
Huesca el 23 de agosto de 1936; bastó que tuviera los mismos apellidos que
el conocido militante anarquista para ser condenado por los militarres
sublevados.
En cuanto a Rafael, marchó a estudiar a Huesca, donde Ramón Acín lo inició
en los principios del anarquismo2. Pronto abandonó los libros para trabajar
como pastelero; atraído por el agitado ambiente social de Zaragoza, se
desplaza a la capital, donde ya en 1919 milita en el Sindicato de la
Alimentación y sigue con su oficio en casa Zorraquino y otras pastelerías
de la ciudad. No descuida Rafael su formación libertaria ni la propaganda
activa, como muestra el siguiente testimonio, que a pesar de la ausencia de
referencias cronológicas, hay que situar en esta época:
«Máximo empezó a leer los grandes pensadores franceses, rusos y otros. El
primero fue Los Miserables de Víctor Hugo, que le prestó el conocido
militante Escartín, éste que conocía a su tutor y a la demás familia, toda
de derechas fanáticas le dijo:
-¿No serás tú como tu familia?
Máximo le contestó: Jamás
-¡Pues toma, lee!. Y le dio a leer
Los Miserables3».
Las actividades de los militantes zaragozanos se basaban en acciones
llevadas a cabo en el seno de "grupos de afinidad", dos de los cuales
"Voluntad" y "Los Justicieros", que reunían a los más activos sindicalistas
(Manuel Sancho, Clemente Mangado, Cristóbal Albadetrecu, Francisco
Ascaso...) se unieron para crear un nuevo grupo que conservó el nombre de
"Los Justicieros". El objetivo era crear una organización fuerte para
enfrentarse al pujante pistolerismo patronal, organizado a imagen y
semejanza del barcelonés. Es muy probable que en esta época, a finales de
1920, Torres Escartín viviese a caballo entre Zaragoza y Barcelona, donde
entró a trabajar como repostero en el Hotel Ritz el 20 de octubre.
Mariano Pujalá. Historiador
Ilustraciones: Archivo del autor
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Luis Buñuel en México. Los olvidados, entre la condena y la redención
A Buñuel, la fidelidad a sí mismo le forzó a una existencia más bien
nomádica; en ese sentido, su trayectoria vital no se distingue demasiado de
las de sus compañeros republicanos exiliados. Aún así, de toda su
generación fue quizá el más aficionado a las transgresiones, y el menos
dispuesto a adaptar su integridad artística a las exigencias de su medio.
En 1939, Luis Buñuel se exilia de España; en 1946 decide abandonar Estados
Unidos donde, tachado de rojo, se le trunca la carrera profesional; y
cuatro años después, casi le expulsan de México por Los olvidados, una
película sobre la delincuencia juvenil en la capital mexicana que
escandaliza a la elite cultural del país anfitrión. En este último caso,
sin embargo, le salva la entusiasta recepción de la obra en el festival de
Cannes en 1951, donde recibe el premio a la mejor dirección y, sobre todo,
el apoyo de un sector pequeño pero importante de la joven intelectualidad
mexicana, liderado por Octavio Paz. La expulsión nunca se llega a
materializar y Buñuel seguirá trabajando en México para convertirse en una
de las figuras mayores del cine nacional.
Sebastiaan Faber. Oberlin College (EE.UU.)
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La vida y las gentes de Saviñán en tiempos de Gracián
En el décimo tomo de la reciente Gran Enciclopedia Aragonesa 2000, aún
persiste el error de hacer a Francisco Gracián Garcés, padre del jesuita y
escritor Baltasar Gracián, natural de Sariñena, provincia de Huesca. Sin
embargo Francisco
Gracián Garcés nació en Saviñán (Zaragoza) en 1564, siendo hijo de Antonio
Gracián y de Isabel Garcés, ambos de linaje de infanzones. El error es
relativamente moderno pues en el Ensayo para la descripción geográfica,
física y civil del Corregimiento de Calatayud, de 1788, debido a Miguel
Monterde, prior del Santo Sepulcro de Calatayud, se dice que en Saviñán
«está el solar de la familia Gracián que ilustró el autor del Criticón». La
profesora Belén Boloqui, que achaca este error al padre Batllori, ya aireó
estas y otras circunstancias en su estudio "Baltasar Gracián: datos
familiares inéditos (1563-1667)", publicado en las actas del II Encuentro
de Estudios Bilbilitanos, celebrados en 1986, que completó con "Niñez y
adolescencia
de Baltasar Gracián", Suplementos Anthropos, Barcelona, 1993. En ellos
también demostraba la existencia real de Lorenzo Gracián, hermano de
Baltasar, nacido en Ateca en 1614.
Texto y fotos: Francisco Tobajas Gallego. Historiador y Escritor
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Manuel Pinillos. Del amor,
la muerte y la consagración a la poesía.
La vida de Manuel Pinillos fue una vida por y para la poesía. Y como
elementos configuradores de una
y otra, amor y desarraigo, muerte y búsqueda de lo absoluto, ejes que
encierran toda una cosmovisión y engloban, a su vez, todos y cada uno de
los aspectos que de alguna forma inquietan y conmueven al ser humano.
Comenzaré por unas breves calas en la biografía del poeta, para centrarme
en el estudio del amor y la muerte a lo largo de su vasta obra.
María Pilar Martínez Barca. Filóloga y escritora
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«He dedicado mi vida a las hablas populares» Entrevista con Manuel Alvar
La reciente muerte de Manuel Alvar, del que admiré tanto su galana
escritura como su inmensa obra erudita, me hizo recordar que hace dieciséis
años le había entrevistado y, por causas
que no recuerdo, aquella charla no salió nunca de la cinta grabada. Di en
buscarla y la suerte
dio en que apareciera, aun con sonido más bien rasposo. En 1985 Alvar aún
no había sido
nombrado presidente de la Real Academia, puesto que ocupó entre 1988 y
1991, pero ya tenía
a sus lomos una obra inmensa que las necrologías se han encargado de
reavivar. Lo recuerdo como un hombre extremadamente sensato que, a veces,
parecía querer controlar una
indignación a punto de arrollar ignorantes. Y la controlaba. Llevaba fama
de serio, pero mediada nuestra charla apareció de pronto (debíamos andar
por alguna de las dependencias del Palacio Provincial) Ángel Canellas, uno
de los mejores oradores que me ha sido dado escuchar.
Entre los tres surgió una conversación propia de cine mudo -si vale el
oxímoron- o del dadaísmo más desaforado que, al recordarla escuchando la
grabación, me ha demostrado cómo
pueden surgir pautas de comunicación entre personas del más distinto pelaje.
Sólo, que la índole de los temas no aconseja reproducirla en un medio de
comunicación.
Se fue Canellas y continuamos con los temas serios.
Javier Barreiro. Escritor
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