Trébede   Artículos del mes.
   Septiembre de 2002

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Mensual Aragonés de Análisis, Opinión y Cultura.

 
Una visión personal
Artículo Completo!!

Una vida, dos existencias. Treinta y ocho años vivió en España José Ignacio Mantecón. Cuarenta y un años vivió exiliado en México. Una vida partida en dos por la guerra civil, herida que tardó en cicatrizar, pues la esperanza de regresar a España y de recuperar la vida truncada, se desvaneció lentamente. El 8 de diciembre de 1943, al regalarle a su hija Conchita por su onomástico un volumen con las obras completas de Antonio Machado de la editorial Séneca, le escribió esta dedicatoria: «Con todo mi cariño. 8-XII-1943. El próximo en España». Nunca hubo ese próximo año en España. Murió en México, sin haber regresado nunca a su patria.

En el año 1939, perdida la guerra, salió de España, y lo dejó todo allí, sus padres -su madre muere en Alza, San Sebastián, en octubre de 1939 y su padre moriría en Zaragoza en febrero del año 1949-, sus hermanos, su familia, muchos amigos, su biblioteca, sus posesiones materiales, todo, todo menos sus ideales, para reanudar su vida en México; país al que siempre le estuvo agradecido porque fue uno de los pocos que, sin condiciones, aceptó recibir a ese éxodo masivo de españoles derrotados que se produjo al final de la guerra.

El exilio supone para Mantecón un cambio radical en su vida que, sin embargo, le permite dedicarse a desarrollar su verdadera vocación. Así, deja la abogacía y la política activa, y orienta su esfuerzo a la investigación y la docencia. Actividades en las que destaca y se convierte en uno de los pilares de la biblioteconomía en México.

Las vicisitudes de la Guerra Civil y el exilio no amargaron a Mantecón y su familia. Nada más alejado de la realidad, pues tanto él como su esposa, Concha de la Torre y Bayona, mantuvieron siempre un espíritu bullicioso y alegre, con la vista puesta no en el pasado sino en el futuro que México les ofreció y que ambos conquistaron con entusiasmo.

Los primeros años en México son los de la esperanza del inminente regreso a España, pero poco a poco se da cuenta de que el regreso a la patria no será inmediato y que el exilio sería más largo de lo previsto. La ilusión de volver a una España democrática se fue desvaneciendo en el tiempo. La vida en México adquirió ritmo, sentido y trascendencia. Se involucra en las tareas que más le interesaban, la investigación y la docencia. Ya para 1943 aparece publicada su primera obra, escrita en colaboración con Millares Carlo, Ensayo de una bibliografía de bibliografías mexicanas, y que es el inicio de una vasta producción editorial que alcanza 114 títulos, entre libros, artículos, prólogos y publicaciones que dirigió.

En 1944 contribuye a la fundación de la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas de la Secretaría de Educación Pública, de la cual será su principal catedrático durante casi veinte años. En 1955 se incorpora a la Universidad Nacional Autónoma de México, primero en el Instituto de Investigaciones Estéticas, en el que permanece hasta 1958, y a partir de esta fecha y hasta su muerte en 1982, laboró en la Biblioteca Nacional, en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Sin ningún problema, la Universidad mexicana le reconoce sus títulos españoles y le permite dedicarse a la investigación y a la cátedra, pues desde el año 1963 es, además, profesor titular en la Facultad de Filosofía y Letras.

Pasión por los libros

José Ignacio Mantecón vivía con especial pasión el mundo de los libros y las bibliotecas. Muchas veces llegué a pensar que a él le hubiera gustado haber nacido en otra época y ser el monje guardián de una importante biblioteca, repleta de manuscritos iluminados, incunables, obras prohibidas recluidas tras los libreros enrejados -conocidos como el purgatorio. Claro que le hubiera gustado eso, siempre y cuando para ser monje no se requiriese creer en Dios.

Los domingos se iba a la caza de libros antiguos al mercado de La Lagunilla, en el centro de la ciudad de México. A veces en compañía de Pablo Neruda, de Wenceslao Roces o de Rafael Sánchez Ventura. De esas cacerías bibliográficas en-riqueció su biblioteca con libros como: las Obras de Lorenzo Gracián (Amberes, Juan Bautista Verdussen, 1702); Fray Luis de León, De los nombres de Cristo (Valencia, Imprenta de Benito Monfort, 1770); los Anales de Aragón de Francisco Diego de Sayas (1666), y un Virgilio intonso, Geórgicas y su décima égloga (Madrid, Imprenta de Francisco Xavier García, 1768).

En otra ocasión, como recuerdo de su único viaje al extranjero en 1960 para asistir a un congreso del Partido Comunista de España, trajo de Praga un ejemplar de la Historia de las guerras civiles de los romanos de Apiano Alejandrino (Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1592).

Entre sus tesoros, además de las primeras ediciones de las obras de Rafael Alberti, especial cariño le tenía a la primera edición del Libro de poemas de Federico García Lorca, que en el año 1924 le dedicó el autor en la Residencia de Estudiantes. En la dedicatoria, García Lorca le dibujó una pequeña concha amarilla, simpático gesto hacia la novia de Mantecón y que luego sería su esposa, Concha de la Torre.

Con la guerra civil pierde su biblioteca, confiscada al inicio del conflicto por la Guardia Civil y embodegada quién sabe donde. Así actuó la represión, encarcelando a su esposa por tres años, manteniendo bajo arresto domiciliario por más de un año a sus dos pequeñas hijas, y secuestrando su biblioteca. Cuando su esposa llegó a México en el año 1941 para reunirse con él, tras cinco largo años de separación forzada, le trajo algunos de los libros más valiosos que había podido rescatar del desastre, el García Lorca entre ellos, pero muchos más se perdieron. Después de varios años, allá por los sesenta, por mediación en España de su sobrino Mariano Baselga, diplomático, y en México, de su yerno Marco Aurelio Torres H, se recuperó una parte de la biblioteca, lo que le produjo gran alegría.

Su pasión por los libros, aún en las dramáticas situaciones que vivió durante la guerra civil española, queda de manifiesto en la siguiente anécdota, en la que Mantecón mismo refiere las singulares condiciones en las que como Comisario del Ejército del Este, autorizó en pleno frente de batalla la edición de una obra de su amigo Pablo Neruda:

«Editada por primera vez en Chile, España en el Corazón2 llegó a España y Manuel Altolaguirre, que amaba tanto la poesía como los tórculos de las prensas trajo al Comisariado del Ejército del Este un ejemplar. Altolaguirre, con Sánchez Barbudo, Ramón Gaya, Gil Albert, Dieste, Emilio Prados y Concha Méndez, formaban parte de la unidad encargada de la propaganda en ese Ejército. Estaban sometidos a la tarea de redactar, imprimir y repartir los periódicos de las unidades y del Ejército, así como proclamas y a elaborar determinados programas de radio. La entusiasta autorización que recibieron de hacer la edición de tal libro, movilizó la imaginación de Altolaguirre y demás compañeros. Encontraron en un pueblo minúsculo, entonces tenía poco más de 300 habitantes, llamado Orpi, aldea del municipio de Igualada, en la provincia de Barcelona, un viejo molino de papel estilo artesanal, con sus martillos de madera, donde se hacía de tiempo inmemorial un evocador papel con trapos y telas, sin que la química ensuciara la noble prosapia de ese producto. Yo creo que algo tenía que ver esta maravilla artesanal con el escriptorium del monasterio de Benedictinos de Santas Creus, lleno de historia catalana, en cuyas inmediaciones está. Lo cierto es que soldados del ejército, juntamente con viejos que habían trabajado en el molino, hicieron una colección de hojas de un papel que no desmerece del que sirvió para la impresión de aldos y plantinos. La impresión se hizo en otro monasterio de benedictinos que sin coacción entregaron su imprenta: el de Montserrat, uno de los lugares que primero tuvo imprenta en España, pues fue establecida en 1498. La obra resultó una maravilla tipográfica. Quiebros de la suerte quizá del destino, hicieron que este libro se terminara a principios de 1939 y se perdieran casi todos los ejemplares que pasaron, muy pocos, a Francia, en las mochilas de los soldados. Sé que uno de ellos se encuentra en la Biblioteca del Congreso de Washington3.»

Retratos de un carácter

Hombre sabio, de gran erudición, con enorme sentido del humor, de recio carácter, determinado y sobre todo, fiel a sus ideales y a sus compromisos, así era José Ignacio Mantecón. Algunos de los que lo conocieron durante la época de la Guerra Civil lo describen como un «hombre muy enérgico» que «hace cara a todo» (Manuel Azaña, Presidente de la República); «inteligente e íntegro, de bien probados sentimientos republicanos» (Antonio Cordón, Subsecretario de Defensa); «dinámico, enérgico y valiente» (Enrique Líster) y que como Gobernador General de Aragón, desempeñó un «encargo difícil que cumplió satisfactoriamente» (Julián Zugazagoitia, Ministro de la Gobernación). Su amigo Max Aub, basó uno de los personajes de su novela Campo de Sangre4 en José Ignacio Mantecón. Así, leemos que Pedro Guillén, gobernador republicano de Teruel, «Stiene la voz recia bañada en cierto tono irónico (S). Cuando dice: "eso, sí", es "eso, sí", y cuando dice que no, es que no. Y no hay que darle vueltas. (S) no tiene el cuerpo que merece. Carece de los resabios de los menudos: sóbranle facultades. Dicen de él que corta y recorta: esto último con su poquita de mala intención, porque quiso ser torero en sus juventudes. De ahí, y por otras razones fáciles de comprender, le viene el apodo de "Mano izquierda". Aragonés, latinista, abogado (¿cómo no?) y andaluz por gusto. El gobierno de la República lo emplea en lo peor de lo más difícil; tiénelo todo por bueno.»

José Ignacio Modesto, pues tal era su nombre completo, poseía una fina ironía y su conversación siempre estaba plagada de humor. Una vez, siendo joven y ante la insistencia de su padre para que dejara de dedicarse a la política y «sentara cabeza», le envió a éste una fotografía en la que, con la complicidad de su amigo el fotógrafo Coyne, aparece de pie, con su mano derecha apoyada en el respaldo de una silla en la que plácidamente descansa su cabeza. De su puño y letra escribió: «Por fin he sentado la cabeza».

En 1925, cuando vivía en Sevilla y estaba en el Archivo de Indias, a la muerte de la reina Cristina, madre de Alfonso XIII, Primo de Rivera acordó que todos los funcionarios del Gobierno aportaran un día de haber para el monumento que la recordaría. Igual que a todos, a Mantecón le descontaron el dinero cosa que le molestó bastante, pues él era republicano y estaba en contra de la dictadura, y entonces le envió una carta al Director General de Bellas Artes, del que dependía el Cuerpo de Archiveros, diciéndole que no estaba de acuerdo y que le devolvieran el dinero. El Gobierno no tuvo más remedio que reintegrarle la cantidad descontada, pero simultáneamente recibió una real orden que decía solemnemente «Su Majestad, el Rey, ha visto con disgustoS».

En otra ocasión, le encargaron que revisara y tasara el archivo del duque de Veragua, descendiente de Cristóbal Colón, puesto que una universidad norteamericana estaba interesada en comprarlo y el Gobierno español quería ejercer su derecho de preferencia. Se enteró que tanto el rey Alfonso XIII como Primo de Rivera tenían mucho interés en que ese archivo lo comprara el Estado español y como además decía que él no era valuador o tasador de documentos, sino que su oficio era leer e interpretar documentos antiguos, entonces, con la divertida complicidad del duque que era su amigo, redactó un informe en el que decía que si bien el contenido del archivo era importante, no tenía demasiada trascendencia el adquirirlo, porque ya todos los documentos estaban publicados en inglés y daba las referencias de una bibliografía inventada, aunque concluía que sería conveniente que el archivo no saliera de España. Cuando el Ministro de Instrucción Pública, Cañero, leyó el informe montó en cólera y le puso a Mantecón un oficio que decía: «Su Majestad, el Rey, ha visto con disgusto el informe tan arbitrario que ha hecho ustedS». Así, Mantecón fue engrosando una carpeta que tituló "Disgustos de Su Majestad".

Banco de Honras

En otra ocasión, como su padre era gobernador de los Rotarios, se vio obligado a dar una conferencia a un grupo de ellos. Y la dio, sobre la conveniencia de fundar en España un Banco de Honras. Porque, según decía, no hay derecho a que por casi nada pierdan la suya tantas muchachas. El Banco las protegería, las haría estudiar las primeras letras en Sevilla, en Madrid el bachillerato y el doctorado en París. Luego, ellas reembolsarían los gastos con sus respectivos intereses y el Banco les devolvería la honra casándolas con tenientes de carabineros, burócratas, etcétera.

Su existencia como transterrado en México fue una mezcla de una vida plena, dedicado a su vocación intelectual, y a compartir con los amigos muchos momentos felices, teñida de la nostalgia de lo perdido.

Como nieto de Mantecón pronto comprendí la trascendencia de la guerra civil y sus consecuencias en nuestra familia. De pequeño, acaso algo maravillado por el hecho, descubrí que era el único de mis amigos que sí tenía, a diferencia de como dijera León Felipe, «el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla».

Tengo que agradecerle a mi abuelo el cariño que siempre me profesó y el haber compartido momentos entrañables, pero sobre todo el habernos dado el ejemplo de una vida fiel a sus ideales y sus convicciones, que lo llevaron, incluso, a pasar tres años en el frente de batalla, algo muy alejado de su temperamento y de sus habilidades físicas. La imagen que tengo de él es la de un hombre que, en todas las circunstancias, siempre supo cumplir con su deber y con los dictados de su conciencia.

Cien años se cumplen del nacimiento de José Ignacio Mantecón Navasal en Zaragoza, el 26 de septiembre de 2002. Veinte años de su muerte en la ciudad de México, se cumplieron el 20 de junio de 2002. Setenta y nueve años de una vida intensa, plena y fecunda.

Su amigo, Pedro Garfías escribió a bordo del Sinaia el poema Entre España y México en el que, con el corazón desgarrado, expresa un deseo:

    España que perdimos, no nos pierdas; guárdanos en tu frente derrumbada, conserva a tu costado el hueco vivo de nuestra ausencia amarga que un día volveremos, más veloces, sobre la densa y poderosa espalda de este mar, con los brazos ondeantes y el latido del mar en la garganta.
Esa esperanza de volver, que Mantecón compartió y no vio realizada, hoy se cristaliza gracias a la revista Trébede, que al acoger en sus páginas esta semblanza y varios artículos más dedicados a José Ignacio Mantecón, le ha permitido regresar a España, sobre la densa y poderosa espalda de la letra impresa que tanto amó.

Marco Aurelio Torres H. Mantecón. Licenciado en Ciencias Políticas.

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