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![]() 14. El medio natural y el hombre. El ecosistema agrícola en AragónUn proceso largoAlmendro Dolmen de Aguas Tuertas. Creación de pastos en la Edad del Bronce Lobo (Lupus lupus). Macho utilizado para transportar carga. Figo de albar, Figo de secar, Figón Cabra hispánica (Capra pyrenaica). Ovejas en pastos de otoño. Caballos pastando en el puerto de Gabín. Cuadro que representa los diferentes tipos de marcas para el ganado ovino. La casa de la Pez (Yésero). Castaño (Castanea sativa). Gamos (Dama dama). Burro (Equus Asinus). Granada, fruto del granado (Punica granatum), originario de Asia, con origen en el área del este de Irán y el norte de la India. Manzano. Campos en San Feliu de Veri. Vacas pastando en el valle de Castanesa. Bellotas esculpidas en San Juan de la Peña. Bodega tradicional en la montaña altoaragonesa. Campos sobre carrascal en la Hoya de Huesca. Hace 12.000 años, el clima frío del Pleistoceno, el responsable de que 50.000 años atrás los valles pirenaicos estuvieran cubiertos de grandes glaciares, cedió a una época de bonanza que todavía vivimos y que se conoce como Holoceno. Hasta entonces se habían sucedido periodos glaciares con otros interglaciares y, dentro de éstos, pulsaciones más cálidas o frías, como el Dryas II, que duró los 1.800 últimos años del Pleistoceno. Coincidiendo con este cambio climático, los cazadores-recolectores del Próximo Oriente (Oriente Fértil) comenzaron a cambiar sus hábitos: de la recolección de vegetales pasaron a la siembra y de ésta a la siembra con preparación de la tierra, naciendo la agricultura. Lo hicieron con las especies que tenían a mano: dos especies de trigo, la escaña (Triticum boeoticum) y la escanda (Triticum dicoccoides), una de ordio o cebada (Hordeum spontaneum) y tres géneros de leguminosas, antecedentes de guisantes, judías y lentejas. Formaban también parte importante de su dieta los pistachos y las bellotas y en sus bosques, abundaban los almendros. La combinación de gramíneas y leguminosas permitía pasar de un agotamiento del suelo con las primeras a una recuperación de la fertilidad con las segundas, pues las leguminosas fijan el nitrógeno en la tierra. Parece ser que, al mismo tiempo, se pasó también del control de las especies de caza a su domesticación, dando lugar a la ganadería. Se había domesticado ya al lobo, convirtiéndolo en perro, al menos hace 14.000 años; servía para la caza y fue pastor antes de que hubiera ganado en el sentido actual de la palabra. Ayudó a domesticar a cabras, ovejas, caballos y vacas, y lo intentaron al menos con la gacela, sin mucho éxito. La domesticación de los cereales pasó por seleccionar especies a las que no se les cayeran las semillas antes de la cosecha, consiguiendo un raquis duro, y con las semillas «desnudas» que facilitaran la separación del grano. La primera consecuencia fue que las plantas debían sembrarse, pues ya no se producía la siembra natural con eficacia, y por lo tanto que se perfeccionara la técnica agrícola: la primera jada o azada se fabricó hace unos 9.000 años. La producción de las semillas de trigo, ordio y avena, fáciles de conservar, nutritivas y, en el primer caso, capaces de producir una pasta que «subía» (pan), tenía como subproducto la paja que a su vez alimentaba a la ganadería recién nacida. Una de las funciones del ganado fue pues optimizar los recursos sobrantes de la agricultura. El cultivo trajo también consigo la sedentarización, y el nacimiento de la albañilería, con el uso de la cal y el yeso, por ejemplo. Esto llevó a la consolidación del sentido de territorio y más adelante, al nacimiento de las ciudades. Otro asunto cultural importante que nació en aquel tiempo y lugar, fue el desarrollo del nomadismo pastoril, esto es, de la trashumancia, como modo de vida alternativo a la agricultura sedentaria con ganadería también sedentaria. Toda una revolución denominada Neolítico que desde entonces hasta hoy ha tenido una importancia fundamental sobre el mundo que conocemos. Por aquél entonces, en lo que llamamos Aragón, la cosa estaba mucho más verde. El paisaje dominante había sido algo parecido a una tundra, con dominio de herbáceas y bosques de coníferas, pinos y especies de Juniperus como la sabina, que ya tenía bosques abiertos en el Sistema Ibérico y Monegros. En zonas más favorables, un bosque mediterráneo de hojas duras y brillantes, «esclerófilo», y en las más altas montañas del Pirineo, nieves perpetuas por encima de los 1.600 metros aproximadamente (1.100-2.100). La entrada del Holoceno, hace 10.000 años, trajo un clima más húmedo y templado, que propició la expansión del bosque y la aparición de algunas especies importantes para la vida humana, como el castaño, el olivo silvestre, el nogal o el almendro, que en el cortés idioma aragonés son castañera, olibera, noguera y almendrera (si dan fruto, serán hembras, nos dice la lógica). Digresiones aparte, la paramera turolense y los Monegros seguían como zonas de estepa y bosque abierto de sabina. La desaparición del reno, importante fuente de alimento, fue una consecuencia no deseada para nuestros antepasados, de este cambio climático. La venida de los adelantos neolíticos tardó unos 3.000 años. El perro llega o se domestica sobre el 7000 BP (Before Present, hace 7.000 años), aunque su tamaño y forma no se diversificará hasta los años 3000-2000 BP. La cabra llega por las mismas fechas, 1.000 años antes que la oveja. Ésta era más parecida al muflón, que no es sino una oveja cimarrona de pelo largo, propia de sus comienzos asiáticos. Para tener ovejas con lana hubo que esperar a los 5000 BP, en Sumer (Mesopotamia), y para tener lana blanca, a 3000 BP. Para entones no sólo se habían conseguido las especies domésticas, también se había adquirido la técnica; de hecho, hay autores que sostienen que la domesticación del caballo (Equus caballus) en Europa data de finales del Paleolítico, miles de años antes que en Asia. El cerdo, tozino o cochín, derivado del jabalí autóctono, se domestica sobre el 6600 BP (1.200 años antes en Oriente Próximo). Otro animalillo que llega con la cultura neolítica, aunque más tarde, fue el ratón casero (Mus domesticus), que se considera comensal del hombre desde el comienzo de la agricultura. Se localiza en nuestra área en 5000 BP. El clima del Holoceno que nos ocupa ha tenido variaciones que se han dividido según periodos de unos 2.500 años (Boreal, Atlántico, Subboreal y Subatlántico). A comienzos del Subboreal, 5000 BP, los análisis polínicos evidencian el comienzo de la deforestación antrópica, de la pérdida de bosques para la creación de pastos y campos. En un principio la agricultura era de artigueo, se creaban articas, trozos de monte que se desbrozaban para cultivar mientras dieran de sí, para luego abandonarlos y articar o xarticar en otra zona. Se trata de una técnica que ha perdurado en el Pirineo hasta el siglo xx. El abonado se realiza quemando los restos vegetales en montones (forniguers), que luego se esparcen por el campo. Como se ve, la alternancia de gramíneas y leguminosas no había llegado todavía. El abandono de los campos traía la recolonización con matas espinosas, en el Pirineo artos o majuelos (Crataegus monogyna) y allagas pretas o tojos (Ulex), que daban paso a bosques de abedul y fresno, y éstos a bosques mixtos (esta evolución se vuelve a dar en el siglo xx con la despoblación de buena parte del medio rural aragonés). Se van creando praderas y brezales a costa del bosque. También se detecta el manejo de especies útiles, como el castaño, el nogal, el peral o la vid. Hace unos 2.600 años aparecen en escena unos comerciantes venidos del este del Mediterráneo que aceleran las innovaciones que tan lentamente habían ido llegando a la Península; los fenicios. Entre otras cosas, traen las gallinas (Gallus bankiva), el burro, el gamo (extinguido de la Península hace 30.000 años) o la gineta (Genetta genetta). Se dan ya campos de cultivo permanentes, y comienza el desmochado de fresnos y tilos para dar de comer al ganado, costumbre que también ha pervivido: en las eras pirenaicas, un cubierto llamado fraxinadero guardaba las ramas de fraxino o fresno que se iban dando de comer a los animales durante el invierno. Se suceden las «visitas»: griegos, romanos, germanos... Los romanos nos dejan a los gatos domésticos y algo más importante, el olivo de cultivo y el melocotonero, éste traído desde Persia, por lo que lo llamaban pérsico, de donde viene uno de sus nombres aragoneses: presiego. Los romanos «eligieron» una buena época para crear su imperio, conocida como «Episodio Cálido Romano», que duró desde 2100 a 1600 BP, una temporada de bonanza climática que permitió multiplicar la actividad deforestadora. Hay autores que calculan que, entre los naturales de la Península, los fenicios, griegos, cartagineses y romanos, acabaron con la mitad de la superficie forestal de Iberia, bien para cultivos, para leña, para acabar con los refugios del enemigo o arrasar su territorio. Es curioso que durante el siglo xix esta misma excusa sirviera para quemar una buena parte de los bosques pirenaicos. También en tiempo de los romanos encontramos la primera extinción de un animal a causa de su caza indiscriminada: el castor, cuyos últimos restos se localizaron en Calatayud. El caso fue que, sobre el año 400 de nuestra era y hasta el año 1000 se dio otro revés climático, un Episodio Frío Altomedieval: coincidiendo con el fin del poder romano, en el año 410, tribus germánicas desplazadas al sur por el nuevo clima (unido a otros factores como la superpoblación) toman y saquean Roma. Llegamos así al siglo x, durante el cual se produce el mayor fenómeno deforestador que se ha conocido en Aragón: la tierra llana es cultivada con las nuevas técnicas que traen los musulmanes y en la montaña se quema el bosque en busca de praderas, coincidiendo con la organización del régimen de pastoreo trashumante en la Edad Media. La organización de la sociedad ganadera pirenaica en aquellos años es uno de los pilares del nacimiento de condados y reinos y, de hecho, la cultura aragonesa no se expandió hacia el sur de la mano de reyes y monjes, sino de pastores trashumantes que desde antiguo habían creado corredores económico-culturales entre el valle del Ebro y las montañas. Con el desarrollo del Reino coincide otro cambio en el clima, el Episodio Cálido Bajomedieval, que permite, por ejemplo, el cultivo de la vid en los valles más fríos del norte. Así, encontramos topónimos que nos hablan de viñas en los más remotos rincones del Pirineo, como el pueblo de Vinyals, en el valle de Barrabés. Ignacio de Asso dice: «Que la cosecha de vino haya sido muy considerada antiguamente en la montaña de Jaca, no permite dudarlo las muchas Escrituras de vendiciones de viñas, que se conservan de los siglos xii, xiii y posteriores (...). El cultivo de las viñas continuó sin interrupción asta [sic] fines de la centuria pasada; pues en un capítulo de las Ordinaciones de Jaca del año 1695 se previene, que para ser insaculado en la bolsa de oficios del Gobierno, era condición precisa el tener plantadas mil cepas. El vino más afamado era el que se cogía en la Serreta de Novés, y en Caniás, que están al nordoeste de Jaca, y á corta distancia». La Edad Media supuso el desarrollo de la agricultura y la ganadería, y el comienzo de un goteo de extinciones animales que todavía sufrimos. Sobre el siglo xii desaparece el zierbo masclo o cebro, una especie de caballo silvestre que pertenecía a la especie Equus hydruntinus o Equus przewalskii, y cuya caza estaba regulada por las leyes del Reino (antes desaparecieron el uro o auroch, una especie de toro salvaje y el bisonte). También son tiempos de reintroducciones, los árabes volvieron a traer a la gineta, se aclimata el francolín, extinguido en el Reino sobre los siglos xvii o xviii, y los faisanes. Entre los siglos xiv y xviii vuelve el frío, viene una «...desapacibilidad del clima, que ha ido sucesivamente en aumento, y ha determinado la calidad del fruto [uva], en términos de ser inútil para el vino, y esto se evidencia con lo que experimentamos en tierra llana, donde hace muchos años, que los inviernos se observan ser más largos, y las primaveras frías, tempestuosas, y destempladas». En el siglo xviii entra el cultivo de patatas en el Pirineo: «...los alemanes que cultivaron la Mina de Cobalto introdujeron en Benasque y Plan [sobre 1875] el uso de las tru[m]fas o criadillas, que han sacado el hambre en esta Montaña». «[Bielsa] Hace 26 años [1778] que Mateo Zuera introdujo en este territorio la plantación de criadillas que han socorrido mucho el país». «Necesitan de la tierra baja [valle de Vio] como los otros valles, y de Francia traen judías, panizo y cebada... No crían tru[m]fas, y el cura de Ceresuela ha empezado a introducirlas». Y siguen las deforestaciones: «Además de los pinos, que abundan en el Tremedal, en Bezas y en la muela de S. Juan, había buenos montes de Robles, Rebollos, Tejos, y Rodenos en las cercanías de Frías, y Guadalaviar; mas éstos han venido mui á menos por el excesivo consumo de las herrerias, y por las roturas de valdíos, que se han hecho en estos últimos años». «Zuera [...] antiguamente fue de los más poblados de pinos, carrascas, y altas sabinas; pero ha venido muy a menos, porque no se ha cuidado de reponer lo que se corta sin discreción para hacer carbón». «Añon [...] los Censalistas, que como nada interesados en la conservación de los montes, destruirán en breve, si se les dexa, todos los adyacentes del Moncayo, que van unidos á la herrería». El siglo xix supone una vuelta de tuerca más a la pérdida de bosques en favor del cultivo y de los pastos. Braulio Foz, en su novela Pedro Saputo, describe la Plana de Uesca (Hoya de Huesca), como un denso carrascal que llegaba a las faldas de las sierras prepirenaicas, pero las crónicas de la época ya se quejan de que ese bosque sufre «...grande menoscabo con los cortes de leña, no obstante estar severamente prohibido el hacerla, y aún el cazar no siendo el arrendador». En la actualidad poco queda de aquel famoso carrascal.
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