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8. El ecosistema del río. Ríos, sotos, y galachos

El ecosistema del río

Río Pancrudo en Torre los Negros
Cascada en el río Huerva en el parque de Muel
Azud en el río Grío en las cercanías de La Almunia
Río Aragón en la Foz Verde
Cabecera del río Aragón
Detalle de algas en el río Jiloca
Imagen del río Matarrana cuando se incorpora al Ebro en el embalse de Ribarroja
Río Ebro a su paso por Gelsa
Ejemplar de nutria en uno de los ríos aragoneses
Cauce del Río Martín
En los ecosistemas fluviales se distinguen dos grandes unidades ecológicas; una formada por el propio cauce del río y el agua que corre por él y otra formada por el entorno inmediato existente en las orillas, que en un río con buen estado de conservación estará formado por un soto o bosque de ribera.
Los ríos son sistemas naturales que han sido profusamente aprovechados por el ser humano a lo largo de la historia, siendo en el principio usos tradicionales sostenibles como el transporte, tanto de personas como de mercancías, el regadío de pequeños cultivos o la extracción de alimentos a pequeña escala.
Los aprovechamientos intensos acontecidos en las últimas décadas en el mundo desarrollado de los que Aragón no se ha librado, como los planes de regadío, producción de energía, extracción de áridos y la utilización masiva de productos fitosanitarios en la agricultura han transformado y alterado los ecosistemas fluviales en todo el planeta mediante la regulación y el encauzamiento de algunos ríos.
A pesar de todo encontramos en nuestra geografía una amplia red fluvial con algunos sotos bien conservados y una importante cuenca hidrográfica del río Ebro.
En la corriente del agua que conforma el río como tal, viven numerosos organismos, como las algas y los invertebrados que forman el bentos que supone el caldo de cultivo para que peces, aves y mamíferos puedan sobrevivir. Los invertebrados bentónicos componen la base de la cadena trófica en el río y sirven de alimentos a especies superiores, además son indicadores biológicos de la calidad del agua. Algas, moluscos, crustáceos, efímeras y algunas larvas de insectos son indicadores naturales del estado de salud de un río, así mediante un estudio detallado de los invertebrados de un tramo del río podremos evaluar el nivel de contaminación.
En las orillas de un río bien conservado, encontramos los bosques de ribera que cuando se deja que se desarrollen a su ritmo natural se pueden convertir en los interesantes "bosque galería". Estos magníficos sotos se caracterizan por poseer una densa vegetación que forma una bóveda sobre el cauce, de forma que éste es prácticamente invisible. A veces sólo podremos saber que existe un río por la cartografía y por un cordón verde que serpentea mientras atraviesa llanuras y estepas. La vegetación actúa en diferentes vertientes: por un lado, evita la insolación excesiva del agua, que aumentaría la temperatura del agua lo que conllevaría un descenso peligroso del contenido de oxígeno. Además, retiene y filtra gran cantidad de desperdicios y contaminantes, y finalmente, protege las riberas de la erosión, manteniendo un agua limpia de lodos y tierra en suspensión. Con la vegetación llega la fauna. Desde los que se alimentan de ella hasta los depredadores. Incluso animales como el zorro, se aprovechan de las cosechas de mora y escaramujo silvestre, tan abundante en estos sotos. Además, este corredor biológico, se comporta como una auténtica autopista natural de los intercambios genéticos de las especies.
Gatos monteses, zorros, turones, galápagos, o comadrejas, aprovechan el anonimato que brinda su espesura para colonizar nuevos territorios. Y buena parte de las pequeñas aves migratorias no serían capaces de desplazarse a sus cuarteles de invierno si no fuera por estos sotos, que les permiten recorrer, de salto en salto y rama en rama distancias que de un solo tirón serían incapaces de atravesar.
Y con la riqueza botánica y biológica llegan los grandes vertebrados: el búho real, el gato montés, la nutria (sólo en algunos ríos) e incluso el lince ibérico ha podido en tiempos no muy lejanos utilizar los bosques de ribera para desplazarse a otros lugares y fijar nuevos territorios linceros.

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